πολις

Para quien no sepa de qué va este título, tranquilidad, este blog no ha sido tomado por marcianos, ni estoy celebrando con retraso el “día del orgullo friqui” con un desbarre en letras élficas. πολις (polis) es como se dice en griego la palabra “ciudad”. Esa palabra, “polis”, se encuentra en la raíz de una palabra muy utilizada en nuestros tiempos: “política”.

El diccionario de la Real Academia Española ofrece muchas acepciones a esta hermosa palabra. Cito aquí la que más me atrae: “actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.”

Hay una cosa que me llama mucho la atención de los tiempos que vivimos y es el rechazo que despierta en muchas personas la política. Este fenómeno es más chocante en regímenes democráticos como el que tenemos en España, donde los ciudadanos tenemos el derecho de intervenir en los asuntos públicos con nuestra opinión y con nuestro voto. ¿Será que estamos dejando nuestros asuntos en manos de otros, y que nos despreocupamos de muchas cosas que nos afectan directamente a nosotros y a quienes nos rodean? Creo desde luego que sí. Este proceso es la degeneración de la democracia en “partitocracia”, esto es, el gobierno de los partidos.

Lamentablemente, la partitocracia se ha asentado de tal forma en la mentalidad de muchos ciudadanos que el hecho mismo de que un ciudadano intervenga en política es, para muchos, algo extraño y hasta propio de idealistas, de utópicos o incluso de simples soñadores, cuando no de gente con intenciones ocultas o incluso perversas, o un gesto de partidismo. Hemos cedido el control de nuestros asuntos a una nueva aristocracia -los partidos políticos-, y ya nos consideramos a nosotros mismos unos extraños en un ámbito, el de la vida pública y las relaciones entre los ciudadanos, que nos corresponde protagonizar a quienes formamos parte de ese amplísimo grupo de la gente de la calle.

Tomemos conciencia de nuestra pertenencia a la “polis”, a la ciudad, a una comunidad de personas en la que nuestra opinión y nuestro voto cuentan, más allá de lo que depositamos en una urna cada cuatro años. Si no lo hacemos, estaremos dejando que la democracia se descomponga y que sea el negocio de unas cuantas empresas dedicadas a la política (los partidos). Habremos hipotecado con ello un sistema de libertades que ha costado muchísimo establecer.

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