Discurso de dimisión de Adolfo Suárez el 29 de enero de 1981

En 1981 España vivía unos momentos muy difíciles. En plena Transición, el PSOE encabezó una de las campañas de oposición más duras y sucias que ha vivido nuestro país en democracia. El 29 de enero de ese año, hace hoy tres décadas, el entonces presidente Adolfo Suárez presentaba su dimisión tras cinco años de mandato.

Os dejo aquí el texto completo de su discurso de dimisión. Se puede estar de acuerdo o no con sus ideas, pero el gesto de grandeza que tuvo es digno de alabanza desde cualquier óptica democrática. Por otra parte, las comparaciones -por odiosas que sean- resultan obvias ante el escenario de una democracia que ha degenerado en el progresivo control de la sociedad por el Estado, en la satanización sistemática de toda oposición al poder bajo la consigna propagandística de la “crispación”, y en un detestable apego al cargo a costa incluso de llevar a España a la ruina social, política y económica. En un momento así, estas palabras de Suárez son más necesarias que nunca:

“Hay momentos en la vida de todo hombre en los que se asume un especial sentido de la responsabilidad. Yo creo haberla sabido asumir dignamente durante los casi cinco años que he sido presidente del Gobierno. Hoy, sin embargo, la responsabilidad que siento me parece infinitamente mayor.

Hoy tengo la responsabilidad de explicarles, desde la confianza y la legitimidad con la que me invistieron como presidente constitucional, las razones por las que presento, irrevocablemente, mi dimisión como presidente del Gobierno y mi decisión de dejar la presidencia de la Unión de Centro Democrático.

No es una decisión fácil. Pero hay encrucijadas tanto en nuestra propia vida personal como en la historia de los pueblos en las que uno debe preguntarse, serena y objetivamente, si presta un mejor servicio a la colectividad permaneciendo en su puesto o renunciando a él.

He llegado al convencimiento de que hoy, y, en las actuales circunstancias, mi marcha es más beneficiosa para España que mi permanencia en la Presidencia.

Me voy, pues, sin que nadie me lo haya pedido, desoyendo la petición y las presiones con las que se me ha instado a permanecer en mi puesto, con el convencimiento de que este comportamiento, por poco comprensible que pueda parecer a primera vista, es el que creo que mi patria me exige en este momento.

No me voy por cansancio. No me voy porque haya sufrido un revés superior a mi capacidad de encaje. No me voy por temor al futuro. Me voy porque ya las palabras parecen no ser suficientes y es preciso demostrar con hechos lo que somos y lo que queremos.

Nada más lejos de la realidad que la imagen que se ha querido dar de mí con la de una persona aferrada al cargo. Todo político ha de tener vocación de poder, voluntad de continuidad y de permanencia en el marco de unos principios.

Pero un político que además pretenda servir al Estado debe saber en qué momento el precio que el pueblo ha de pagar por su permanencia y su continuidad es superior al precio que siempre implica el cambio de la persona que encarna las mayores responsabilidades ejecutivas de la vida política de la nación.

Yo creo saberlo, tengo el convencimiento, de que esta es la situación en la que nos hallamos y, por eso, mi decisión es tan firme como meditada.

He sufrido un importante desgaste durante mis casi cinco años de presidente. Ninguna otra persona, a lo largo de los últimos 150 años, ha permanecido tanto tiempo gobernando democráticamente en España.

Mi desgaste personal ha permitido articular un sistema de libertades, un nuevo modelo de convivencia social y un nuevo modelo de Estado. Creo, por tanto, que ha merecido la pena. Pero, como frecuentemente ocurre en la historia, la continuidad de una obra exige un cambio de personas y yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España.

Trato de que mi decisión sea un acto de estricta lealtad.

De lealtad hacia España, cuya vida libre ha de ser el fundamento irrenunciable para superar una historia repleta de traumas y de frustaciones; de lealtad hacia la idea de un centro político que se estructure en forma de partido interclasista, reformista y progresista, y que tiene comprometido su esfuerzo en una tarea de erradicación de tantas injusticias como todavía perviven en nuestro país; de lealtad a la Corona, a cuya causa he dedicado todos mis esfuerzos, por entender que sólo en torno a ella es posible la reconciliación de los españoles y una patria de todos, y de lealtad, si me lo permiten, hacia mi propia obra.

Pero este profundo sentimiento de lealtad exige hoy también que se produzcan hechos que, como el que asumo, actúen de revulsivo moral que ayude a restablecer la credibilidad en las personas y en las instituciones.

Quizás los modos y maneras que a menudo se utilizan para juzgar a las personas no sean los más adecuados para una convivencia serena. No me he quejado en ningún momento de la crítica. Siempre la he aceptado serenamente. Pero creo que tengo fuerza moral para pedir que, en el futuro, no se recurra a la inútil descalificación global, a la visceralidad o al ataque personal porque creo que se perjudica el normal y estable funcionamiento de las instituciones democráticas. La crítica pública y profunda de los actos de Gobierno es una necesidad, por no decir una obligación, en un sistema democrático de Gobierno basado en la opinión pública. Pero el ataque irracionalmente sistemático, la permanente descalificación de las personas y de cualquier solución con que se trata de enfocar los problemas del país, no son un arma legítima porque, precisamente pueden desorientar a la opinión pública en que se apoya el propio sistema democrático de convivencia.

Querría transmitirles mi sentimiento de que sigue habiendo muchas razones para conservar la fe, para mantenerse firmes y confiar en nosotros los españoles. Lo digo con el ansia de quien quiere conservar la fuerza necesaria para fortalecer en todos sus corazones la idea de la unidad de España, la voluntad de fortalecer las instituciones democráticas y la necesidad de prestar un mayor respeto a las personas y la legitimidad de los poderes públicos.

Yo por mi parte, les prometo que como diputado y como militante de mi partido seguiré entregado en cuerpo y alma a la defensa y divulgación del compromiso ético y del rearme moral que necesita la sociedad española.

Todos podemos servir a este objetivo desde nuestro trabajo y desde la confianza de que, si todos queremos, nadie podrá apartarnos de las metas que, como nación libre y desarrollada nos hemos trazado.

Se puede prescindir de una persona en concreto. Pero no podemos prescindir del esfuerzo que todos juntos hemos de hacer para construir una España de todos y para todos.

Por eso no me puedo permitir ninguna queja ni ningún gesto de amargura. Tenemos que mantenernos en la esperanza, convencidos de que las circunstancias seguirán siendo difíciles durante algún tiempo, pero con la seguridad de que si no desfallecemos vamos a seguir adelante.

Algo muy importante tiene que cambiar en nuestras actitudes y comportamientos. Y yo quiero contribuir, con mi renuncia, a que este cambio sea realmente posible e inmediato.

Debemos hacer todo lo necesario para que se recobre la confianza, para que se disipen los descontentos y los desencantos. Y para ello es preciso convocar al país a un gran esfuerzo. Es necesario que el pueblo español se agrupe en torno a las ideas básicas, a las instituciones y las personas promovidas democráticamente a la dirección de los asuntos públicos.

Los principales problemas de España tienen hoy el tratamiento adecuado para darles solución. En UCD hay hombres capaces de continuar la labor de Gobierno con eficacia, profesionalidad y sentido del Estado y para afrontar este cambio con toda normalidad. Les pido que les apoyen y que renueven en ellos su confianza para que cuenten con el necesario margen de tiempo para poder culminar la labor emprendida.

Deseo para España, y para todos y cada uno de ustedes y de sus familias, un futuro de paz y bienestar. Esta ha sido la única justificación de mi gestión política y va a seguir siendo la razón fundamental de mi vida. Les doy las gracias por su sacrificio, por su colaboración y por las reiteradas pruebas de confianza que me han otorgado.

Quise corresponder a ellas con entrega absoluta a mi trabajo y con dedicación, abnegación y generosidad. Les prometo que donde quiera que esté me mantendré identificado con sus aspiraciones. Que estaré siempre a su lado y que trataré, en la medida de mis fuerzas, de mantenerme en la misma línea y con el mismo espíritu de trabajo.

Muchas gracias a todos y por todo.”

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Comentarios (Blog):

  1. Juana de Arco

    Solo grandes hombres son capaces de grandes decisiones.
    Por un lado en España hemos tenido al señor Adolfo Suárez, y luego asistimos a otro acto de verdadera democracia, con la retirada de Aznar después de dos legislaturas.

    Hoy ya no existen hombres en politica con esta capacidad de verdadera democracia, hoy solo tenemos en los dos partidos mayoritarios a dos líderes totalitarios.

    Uno Zapatero que por ser socialista se entiende su tiranía en todas y cada una de sus actuaciones, aunque ahora se largue porque lo echan debido a lo que ha perjudicado al aprtido.

    El otro Rajoy, que después de no haber conseguido los votos que necesitaba en dos ocasiones, se ha empecinado a costa de liquidar todos los valores habidos y por haber, asumiendo la ideología socialista y masónica del gobierno, y traicionando de mala manera a todos los españoles.

    Y nos quedan algunos/as politicos/as dentro del PP, que a estas alturas me cuestiono si tienen miedo a la prensa progre y a Rajoy, o realmente apoyan todo lo que apoya Rajoy. Esta es mi duda.

    Lo que sí tengo clarisimo, es que Cascos ha demostrado valentía y se ha lanzado al ruedo, aún sufriendo insultos por todas partes, incluso de sus anteriores compañeros del PP.

  2. El Tíol Bastón

    Es un discurso plagado de palabras hoy censuradas en el clima pseudopolítico que se hace llamar político, como “España” (por no molestar a los micronacionalistas), “lealtad” (porque es vocablo que ha quedado “desfasado”), “patria” (también desfasado, esto para los listos de hoy es “franquismo”; me pregunto si tienen idea de qué era aquello del franquismo), “compromiso ético”, “moral”, “servicio” (¡Qué va! Hoy, el servicio es el que le tiene que prestar el pueblo a los políticos y al aparato del Estado), “renuncia” (esto queda para los monjes), “futuro de paz y bienestar”, “entrega”, “dedicación”, “abnegación”…

    Aquellos políticos que tan malos nos parecían entonces (cuando Suárez dimitía no lo hacía precisamente por “bueno”), han quedado como personajes casi divinos gracias a la caterva presuntuosa que ha venido tras ellos, especialmente desde esa izquierda viciosa que nos ha tocado padecer, ansiosa de un poder que nunca reconoció haber perdido por justicia cósmica porque nunca lo había ganado en legítimo y honrado lance (lo cual siguió haciendo, aprovechándose de la ignorancia proverbial del españolito medio). Ya dice el refrán: “detrás de mí vendrá quien bueno me hará”.

  3. Marcial

    Muy bueno trarlo ahora.
    Elentir, debes leer cuando puedas el libro de Palacios sobre el 23-F. Muy sugerente.

  4. Anónimo

    Sí pero… hay una diferencia entre Suárez y Zapatero. El primero fue lo suficientemente hombre como para reconocer que no podía con la situación y dimitió. Ahora es querido y apreciado como un hombre al que le tocó lidiar con una situación difícil y una oposición de canallas y miserables.

    El segundo es simplemente un mierda; una alimaña que nos ha sumido en la miseria y el hambre mientras ha saqueado el país para cebar a los que lo llevaron al poder. No debe haber ni olvido ni perdón ni para sus compinches ni para él y no es ya exigible su dimisión, sino que sea juzgado por todo el daño que le ha hecho al país, y no hemos de ahorrar esfuerzos para que las futuras generaciones lo recuerden como lo que demostró ser: el personaje más siniestro, inútil y despreciable de los dos últimos siglos en España.

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