El Hobbit. La Desolación de Smaug

Sab 14·12·2013 · 16:05h 3

Ayer fui a ver la segunda entrega de la versión cinematográfica del famoso libro de Tolkien. Fui sabiendo que iba a ver una muy buena película -Peter Jackson es un buen director, en mi opinión-, aunque teniendo presente que iba a ver cosas que no me iban a agradar.

Mi análisis de “El Hobbit. Un viaje inesperado”

Como ya dije el año pasado cuando se estrenó “El Hobbit. Un viaje inesperado”, no me considero un fan purista de Tolkien, pero creo que algunos de esos añadidos que está haciendo Peter Jackson no son para mejor, sino todo lo contrario. En esta segunda entrega esto se hace notar aún más que en la primera. Vemos, por ejemplo, a Legolas en un papel destacado, a pesar de que su personaje ni siquiera aparecía en “El Hobbit”. Que Peter Jackson lo haga aparecer aquí es disculpable -Legolas venía del Bosque Negro, y buena parte de esta historia se desarrolla allí-, pero no puedo decir lo mismo de la elfa Tauriel, interpretada por Evangeline Lilly y que no figura en ninguna obra de Tolkien. Lejos de darle un papel secundario, Jackson la mete en un papel fundamental para el que, además, tiene que variar otros pasajes del libro. Y lo peor de todo -aviso, SPOILER- lo tenemos en la historia romántica en la que toma parte esta elfa… con un enano. Si yo me he quedado a cuadros al ver esto, me puedo imaginar el cabreo que tendrán los puristas. Sí que me ha gustado el desarrollo que hace Peter Jackson del escenario de Dol Guldur y del personaje de Sauron, aunque éste tampoco apareciese nombrado como tal en el libro (allí se le menciona como “El Nigromante”). Se trata de una historia secundaria en el libro, y creo que Peter Jackson la ha desarrollado bien.

Uno de los mejores detalles de la película es el dragón Smaug, que por fin hace su aparición. La recreación digital del gusano es formidable y las escenas dentro de Erebor están entre lo mejor de esta esta entrega. Sin embargo, aquí me encuentro con otro detalle que ha cambiado incomprensiblemente Jackson: la coraza del dragón es natural y no se debe a las joyas que se le han ido incrustando en la panza al descansar durante muchos años sobre el descomunal tesoro de los enanos, como ocurre en el libro. Nuevamente Jackson quita y poner cosas sin venir muy a cuento. Lo mismo vemos en el caso de Bardo (Luke Evans está muy bien en ese papel, dicho sea de paso) -aviso, SPOILER-: la forma que ya se nos adelanta que tendrá el arquero de matar al dragón no es con su arco, sino con una ballesta situada sobre una torre. La flecha negra que heredaba el arquero tampoco es propiamente una flecha, claro, sino un dardo metálico de grandes dimensiones, que debía ser lanzado con la ballesta. De hecho, Bardo ni siquiera ejerce como guardia de Esgaroth, sino que nos lo han tornado en contrabandista. ¿Por qué, señor Jackson? ¿Qué necesidad hay de hacer estos cambios en un libro tan famoso como “El Hobbit”?

No quiero que de estas críticas que acabo de hacer se deduzca que estamos ante una mala película. “El Hobbit. La Desolación de Smaug” me ha gustado, es una buena película con casi todos los ingredientes del cine de éxito y os recomiendo que vayáis a verla. Pero yo no puedo dejar de recordar que estas historias que tanto me han fascinado durante años -y aún me siguen fascinando- se deben al talento creativo de J.R.R. Tolkien. Muchas personas en todo el mundo hemos recreado esas historias en nuestra imaginación antes de que apareciesen en ninguna película. La historia ya es excelente de por sí, y forma parte de un valiosísimo patrimonio literario que debería ser tratado con más fidelidad a los deseos de su autor. Yo vuelvo a decir lo mismo que ya dije hace un año y que vengo diciendo sobre la trilogía de “El Señor de los Anillos”: las películas de Peter Jackson inspiradas en los libros de Tolkien son excelentes, pero los libros son aún mejores. Os animo a leerlos.

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Comentarios a esta entrada:

  1. lugo liberal

    Es importante empezar por el hobbit. Se lee mejor que el señor de los anillos y ayuda a engancharte.
    Saludos

  2. Yo iré al cine olvidándome de la obra de Tolkien por completo. Si no fuese así no dormiría en una semana.
    Las películas son geniales, pero las patadas a Tolkien son imperdonables, no tanto por el director, sino por quienes vendieron los derechos para llévar los libros al cine. O acaso alguien pensaba que esto no pasaría.

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