Tiempo de fantasmas

Con la llegada del otoño los días empiezan a perder la abundante luz del verano. Las calles adquieren más sombras, la noche gana terreno al poderoso brillo del sol. Es el momento ideal para que visiones quiméricas empiecen a cobrar vida por doquier.

De esas visiones habría que precisar su significado. Según el diccionario, una quimera es “aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo.”. Aunque existen muchas discusiones sobre ello, parece haber un común acuerdo en que los fantasmas son manifestaciones espectrales de personas que ya murieron. Tendrían, así, algo de verdadero. Pero me temo que este concepto popular de los fantasmas está equivocado, o al menos no coincide con los que veo tan a menudo. La mayoría de esos fantasmas no son de personas muertas, sino de vivos.

El romanticismo situó a esos fantasmas de los muertos en lugares ruinosos y solitarios, en caserones viejos o abandonados, cementerios y lugares encantados como bosques o estanques. Todo lugar que despertaba temor era susceptible de estar habitado por algún alma que se había quedado a medio camino de esta vida y de la otra. E igual que esos lugares, los fantasmas de los muertos se han acabado asociando al miedo. En una sociedad donde cada vez se duda más de la transcendencia, la posibilidad de que se manifieste el espíritu de un muerto resulta aterradora porque quiebra la marmórea lógica de la razón, esa razón a la que hoy confiamos la explicación de todas las cosas. Sin embargo, los fantasmas más abundantes, los de los vivos, deambulan por las calles entre nosotros. Les vemos en una esquina, detrás de una columna perfectamente iluminada, en el interior de una cafetería abarrotada de gente o en una sala de cine. Esperan junto a nosotros en la parada del autobús, y a menudo suben, aunque casi nunca bajan con nosotros. A diferencia de lo que marca el folclore sobre los fantasmas de los muertos, esos espectros de los vivos ya no nos ven ni nos oyen. No saben que estamos aquí. Si hablan y se dejan ver, si llegamos a sentir su calor o incluso percibimos su olor en algún momento, lo hacemos sin que ellos sepan que les percibimos. Se han quedado solos. Esos fantasmas no inspiran temor, aunque sólo sea por el hecho de que les conocemos. No tenemos que preguntarles sus nombres: los sabemos. Y lejos de hacernos sentir escalofríos, nos provocan alguna sonrisa, pero sobre todo nos hacen sentir nostalgia y tristeza.

En vez de frecuentar sábanas y cadenas, a esos fantasmas de vivos les he visto por Vigo, en pantalones vaqueros y con camisetas viejas, jugando eternas partidas del Monopoly o de ajedrez en el Wetteren un sábado por la noche, o en el Madison, viendo los planos de Nueva York y la vela encendida ante la foto de las Torres Gemelas un 11 de septiembre, al caer la noche. Pasean por las calles cantando groserías, creyendo que aún podrán escandalizar a alguien, ahora que ya nadie les escucha, salvo yo. Caminan por los bosques de Bretoña, pasean por el Vao y por Patos, se duermen con el rumor de las olas en Mougás y se asoman a los acantilados en Estaca de Bares. Ni siquiera tengo que estar allí para verlos. Me topo con ellos a menudo cuando atravieso las calles del casco viejo de Santiago. Aún enfrían mis guantes, y se quedan mirando en la distancia en el balcón de los jardines de la Herradura. No pocas veces, al volante, me los encuentro mirando el paisaje en el asiento del acompañante, o agitando la cabeza al compás del guitarreo de la Rapsodia Bohemia de Queen. A veces aún les veo bailando tangos en el Camaleón. Poco a poco se hacen más difusos, como si un banco de niebla nos fuese separando muy lentamente, y sus voces se convierten en ecos en los que se distinguen las palabras con cada vez más dificultad.

Muy pocos de esos fantasmas de vivos lo serán aún cuando les llegue la muerte. Por unos años, tal vez, se volverán más claros, como si un deseo de inmortalidad terrenal les quisiese anclar en las cosas que nos rodearon alguna vez, pero en cuanto nosotros pasemos el umbral del fin de la vida, la mayor parte de ellos se irá con nosotros. Porque esos fantasmas, que parecen haberse acomodado en nuestras calles y plazas, en cines o bares, incluso en discotecas, se esfumarán cuando ya no estemos aquí para recordarlos. Ese día sólo quedarán de ellos fotos y vídeos que apenas mostrarán una mínima parte de lo que fueron. Tarde o temprano les encontraremos allá a donde vayamos a parar en la otra vida, y entonces nos reiremos de la cantidad de veces que nos veíamos los unos a los otros -yo también soy uno de sus fantasmas- sin que pudiésemos vernos.

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Comentarios (Blog):

  1. Santiago

    Según leía no sabía si hablabas de mendigos, de ancianos solos, de enfermos mentales o de elfos viajando a Ultramar. Bravo, me ha encantado.

  2. Gracias. 😉

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