Replicando a una nueva réplica de Rallo sobre gestación subrogada

Por Javier Hernández-Pacheco, catedrático de Filosofía en la Universidad de Sevilla

En su blog personal el Prof. Rallo me hace el importante honor de continuar la viva polémica que nos ocupa, refiriéndose ahora a mi anterior escrito en Actuall. Estoy más a gusto con esa nueva réplica. Y le agradezco el esfuerzo de renunciar esta vez a tachar mi posición de “conservadora” ―lo que para él resulta derogatory, y para mí también si ese calificativo se opone a “liberal”―. Sin detenerme en la exhaustiva discusión, por no alargarla en exceso me centro en responder a algunos puntos que me interesan especialmente.

Reconozco que reclamar “preferencia” e incluso “exclusividad” para la institución matrimonial con vistas a la integración social del proceso reproductivo, es fuerte. La legislación de cualquier país civilizado lo hace sin embargo, en un sentido análogo al que yo empleo, para los procesos de adopción (¡todavía y a duras penas, porque el matrimonio homosexual vacía de sentido la exigencia!). Por eso, interpretar esa reivindicación como “exclusión legal” de la concepción extra¬matrimonial, es un golpe bajo que no está a la altura de las capacidades dialógicas del Prof. Rallo. Algo así como si yo contra-argumentase diciendo que comparar el matrimonio con la esclavitud, es más fuerte todavía. Mejor jugamos limpio, ¿no? Es más divertido.

La procreación, en el sentido en que la estamos tratando aquí tiene, a mi entender, tres dimensiones relevantes: La biológica, en virtud de la cual los hombres se reproducen más o menos como los monos; buscan satisfacer sus instintos y la naturaleza se encarga del resto. La, digamos, libertaria, en la que un individuo (no es necesario que sean dos), recurriendo a los medios necesarios para ello (óvulos, esperma y medio gestante), decide, de forma controlada, producir un nuevo ser humano, que, ya puestos a elegir, satisfaga sus necesidades y preferencias. Pues bien, lo esencial de la discusión que mantenemos creo que afecta, no tanto a los extremos, cuanto a las tendencias que conducen a ellos. Ni yo defiendo la brutalidad reproductiva, ni Rallo, pienso, asume las últimas consecuencias de convertir esa reproducción en “producción” artificial. Si bien él argumenta a favor de una tendencia que yo pienso que conduce a ello; y yo, en contra de una a mi entender descarnada idea de libertad, defiendo una naturaleza que si es cierto que ha de ser libre y reflexivamente asumida, tiene derechos propios.

Porque ―y esto lo considero esencial― los niños, Rallo, sí vienen de Paris, en una medida muy importante. A mí lo que me gustó de mis hijos fue su madre, y el resto ha sido una continua, a veces agradable, sorpresa. Es aquí donde aparece la tercera dimensión del proceso reproductivo, que es el marco institucional en el que dicho proceso encaja y se hace viable, especialmente para una madre sobre la que recae de forma muy asimétrica todo el peso de la tarea biológica. Desde el paleolítico han sido las instituciones las que más allá del parto asumían la responsabilidad sobre el resultado: como horda, como tribu, como linaje patriarcal o familia avuncular; y sólo antes de ayer, de forma progresiva y progresista, en Roma primero y con el cristianismo después, como familia-pareja (no me gusta “celular”). En ella la mujer, a cambio del fruto de su vientre, recibía asistencia, cariño y sobre todo igualitario respeto. Por ello, descomponer ahora esa dinámica de integración institucional, dejando óvulos por un lado, vientre por otro, a favor de una libertad desnaturalizada ejercida mediante un artificio tecnológico, desintegra también el papel que la mujer ejerce en la generación de nueva vida. Interesan si acaso los óvulos de que son portadoras, que molestamente liberan cada luna, que pueden quizás incluso vender (son mucho más valiosos que los siempre sobrantes espermatozoides); y si todavía son necesarias como soporte gestante, ahora decidimos que pueden también alquilar esa función. Todo ello con absoluto desprecio de la infraestructura hormonal que la caracteriza como hembra (la del macho es bien fácil, y más barata, de satisfacer), y que esperamos compensar, ¿con cuánto?

Junto a París, de dónde indudablemente vienen los niños, me quedo con Manolo Escobar: el cariño verdadero, que mucho tiene que ver con el peso de nueve meses y que no nace de una abstracta (significa “separada”) decisión sino de eso que el vulgo llama “s’entrañas mías”, ni se compra ni se vende, y menos se alquila.

Creemos que en esta tendencia hacia la artificiosidad, ganamos en libertad frente a una naturaleza incontrolable, molesta y sustituible. Lo dudo mucho. Pensamos que vamos a querer más a los hijos que “no vienen” sino que “decidimos”. ¿De verdad?, ¿sin hormonas, sin instintos; sin poder decir: a ti te he parido yo? Lo siento, Rallo, creo que no somos así; el peso de nuestra evolución como mamíferos del pleistoceno (el reciente holoceno nada añade biológicamente) no se echa tan fácilmente por la borda de nuestras conveniencias. No somos voluntades desembragadas, o desembarazadas, de la naturaleza, sino que estamos llamados a hacernos responsables de ella. En eso consiste la libertad.

¿No tiene que ver con todo esto, con el desprecio de su natural función, paralelo a hacer de ellas objeto de sexo gratuito, el que las mujeres se nieguen a asumir la penosa carga que la naturaleza les impone, y que sencillamente hayan “decidido” dejar de ser madres? Todavía les puede el instinto, y producen en España 1,32 hijos por mujer, y bajando. ¿Cuánto va a durar que también eso lo hagan gratis? Si queremos mantenernos como población, ya que no las respetamos, tendremos efectivamente que pagarles por ello. O si no, nos queda la verdadera producción industrial de material humano, de vuelta a la brutalidad ganadera, ya no de la naturaleza paleolítica, sino de la granja high tech. ¿Libertad, Rallo? Otro día hablamos de ello.

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