El grave peligro de sustituir la fuerza de la razón por la razón de la fuerza

¿Se dirige nuestra sociedad hacia un nuevo sistema ideológico fundado en la violencia?

Cuando estudiaba en Bachillerato (lo que entonces se llamaba BUP) fui forjando dos aficiones que me han acompañado desde entonces: el estudio de la historia y la filosofía (para más señas, la lógica).

Las raíces morales de la democracia
¿Ser demócrata implica creer que aquello que vota la mayoría es siempre lo correcto?

Son dos disciplinas muy ligadas entre sí, si tenemos en cuenta que desde que la Humanidad tiene memoria, siempre ha habido un puñado de personas apasionadas por el reto de descubrir la verdad de las cosas. Es -o era- la razón de ser de la filosofía. De igual forma, es precisamente esa memoria del género humano la que nos permite darnos cuenta de los errores cometidos por nuestros antepasados para intentar que no se repitan. A eso se dedica el estudio de la historia.

Retuercen la lógica y manipulan la historia

Como se suele decir, el olvido de la historia nos hace correr el riego de repetirla. Lo que se nos olvida decir es que corremos el mismo riesgo cada vez que la historia se manipula, y la sincera búsqueda de la verdad histórica se sustituye por una sectaria tergiversación ideológica. El mismo riesgo es el que se corre cuando el afán por descubrir la verdad da paso al uso del pensamiento como una herramienta de dominación. La historia está plagada de intelectuales que pusieron su talento al servicio de intereses perversos para nada relacionados con la búsqueda de la verdad. Se trata de personas capaces de retorcer la lógica para ajustarla, a martillazos, a su particular visión del mundo, aunque eso implique dar por buena la mentira y justificar todo tipo de aberraciones.

¿El progreso material implica siempre un progreso moral?

Tendemos a creer que el progreso material va acompañado de un progreso ético y moral, y eso no siempre se cumple. Es más: a veces el progreso material va acompañado de alarmantes retrocesos éticos y morales. La historia nos enseña ejemplos tan claros como el de un país que era uno de los más avanzados del mundo, tecnológicamente hablando, hace 80 años: Alemania. Fue el mismo país en el que germinó y dio sus frutos podridos la semilla de la mentira, en la forma de una ideología espantosa como el nacional-socialismo. El ascenso al poder de esa banda de matones se hizo por medio de las urnas. El nazismo fue la demostración más clara de que tener el apoyo de la mayoría no significa tener la razón. Y no fue el último ejemplo que tuvimos de ello.

¿La democracia es el régimen de gobierno ideal?

Hoy en día en toda Europa se ha consolidado la democracia. Elegir a los gobernantes cada cuatro años mediante las urnas no es la forma ideal de gobierno: es, simplemente, la menos mala. Las formas de gobierno ideales sólo existen en el mundo de las ideas. En la polvorienta realidad, la Humanidad ha tenido que elegir entre ceder el poder a una persona con carácter vitalicio, o ir rotando gobiernos para que unos arreglen lo que otros estropean. La premisa con la que muchos justifican la democracia es que el pueblo es más sabio, en su conjunto, que una sola persona. Sin embargo, y como vimos en el caso alemán, el siglo XX demostró que no bastaba con eso para tener el sistema menos malo: era necesario reconocer una serie de derechos que protegiesen a las minorías frente a los abusos de la mayoría. Algunos de esos derechos ya habían sido formulados mucho tiempo antes. Su afirmación no se entendía como una generosa concesión del Estado a los ciudadanos, sino como algo intrínseco a nuestra condición humana.

Al prescindir de la verdad ya no aprendemos de la historia

La Humanidad llegó a esa conclusión tras una dura experiencia histórica. El mundo estaba aprendiendo del pasado. Pero las enseñanzas del pasado empiezan a desdibujarse si no van ligadas a un profundo respeto por la verdad. Si la verdad no importa, entonces el pasado ya no tiene nada que enseñarnos. Y en esto llegamos al momento actual de la Humanidad, sumergida hasta la coronilla en una ola de relativismo moral en la cual nada es verdad o es mentira: sólo importa la interpretación de cada uno. La historia se vuelve manipulable. Ya no aprendemos de ella: se tergiversa para justificar cualquier cosa. Por ejemplo, una revolución sangrienta que dio lugar a un genocidio se presenta como “hermosa”, y lejos de recibir un rotundo rechazo social que le obligue a dimitir, el político que lo ha afirmado sigue en el cargo como si nada. Es más: desde el mismo margen ideológico, alguien afirma que no ser comunista es ser “mala gente”, y ahí sigue el tipo dando lecciones sobre todo lo habido y por haber.

Sin verdad tampoco hay derechos de la persona

El desprecio de la verdad tiene riesgos aún más peligrosos. Si la verdad no importa, entonces los derechos de la persona pierden su razón de ser. ¿Qué solidez pueden tener esos derechos en un mundo que considera que no hay nada verdadero ni permanente? Lo que antes era una facultad humana queda, así, expuesta al azote de las modas ideológicas. Si una de esas modas considera que ciertos seres humanos son prescindibles por una cuestión de comodidad, pues se despenaliza -primero- y se legaliza -después- su eliminación, sometiéndonos previamente a campañas de propaganda para convencernos de que en realidad los desposeídos de esos derechos no son humanos, sino un puñado de células. La tergiversación no se detiene ahí, sino que llega al punto de acusar de “anticientíficos” a los que rechazamos la idea de que las mujeres conciben seres no humanos. Han conseguido convencer a amplias mayorías sociales de que ese disparate es lo correcto, ¿y aún nos creemos en serio que estamos en la cima moral de la historia?

Si se justifica la violencia contra los más débiles, ¿qué impedirá usarla contra los demás?

“Cualquier país que acepte el aborto, no le enseña a su gente a amar, sino a utilizar violencia para recibir lo que quieran.” Lo advirtió la Madre Teresa de Calcuta en 1994, y tenía razón. Si matar a los más débiles está justificado para tener una vida más cómoda, ¿por qué no va a estarlo amenazar y agredir al que opina distinto? El auge de la violencia de ultraizquierda en España y en otros países demuestra lo que pasa cuando una sociedad se adentra en la peligrosa senda por la que la fuerza de la razón, la sincera búsqueda de la verdad, da paso a la razón de la fuerza y a la justificación de la violencia bajo la aberrante premisa de que el fin justifica los medios. Que este nuevo imperio de la fuerza se imponga por medio de unas elecciones no lo hace mejor que las leyes racistas de Nüremberg, impuestas por los nazis tras su llegada al poder por medio de las urnas.

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Comentarios (Blog):

  1. Luis Carlos

    La gente tiene que darse cuenta que sin el respeto a la dignidad humana, la base de los derechos humanos, no hay verdadera libertad, ni justicia social ni democracia. Sin respeto a la dignidad humana, todos los discursos sobre fanatismo e intolerancia se vuelve hipocresía.

  2. Muy buen post Elentir. Qué tiempos nos ha tocado vivir…

  3. Francisco Pena Rey

    Excelente. Enhorabuena.

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