Hechos que rara vez aparecen en medios y en textos escolares fuera de Polonia

Los aspectos menos conocidos de la vida en Polonia tras la ocupación germano-soviética

Si le preguntamos a cualquier persona por las consecuencias de la ocupación de Polonia en 1939, muchos hablarán de la brutal represión de los judíos a manos de los alemanes.

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El socorro de los polacos a los judíos durante la ocupación

Ciertamente, las consecuencias de la ocupación para la población judía polaca fueron terribles y hoy son mundialmente conocidas: de los 6 millones de judíos asesinados por los nazis, en torno a la mitad eran judíos polacos. Antes de la guerra había en Polonia 3,3 millones de judíos, más que en ningún otro país. Y es que Polonia había sido durante siglos un país con una gran tolerancia religiosa, de ahí que los judíos expulsados de otros países de Europa buscasen allí refugio. Tal vez conociendo ese hecho, los nazis dispusieron que Polonia fuese el único país ocupado en el que esconder a judíos se castigaba con la ejecución inmediata de todos los habitantes de la casa. A pesar de ello, muchos católicos polacos escondieron a judíos, incluso ocultando a niños judíos entre sus propios hijos, arriesgando las vidas de sus familias.

La ayuda polaca a los judíos no fue marginal. En 300 pueblos los polacos consiguieron salvar a todos sus vecinos judíos; 450.000 polacos prestaron sus hogares para ello, según el historiador estadounidense Richard C. Lukas, y 1,2 millones de polacos participaron en acciones para esconder o rescatar a judíos, según el profesor Hans G. Furth. De hecho, el 1942 se formó en la clandestinidad el Żegota, fundado por la escritora católica Zofia Kossak-Szczucka dentro del Armia Krajowa (Ejército Interior): la única sección de un movimiento de resistencia dedicada específicamente a socorrer a los judíos. Las represalias empezaron en Limanowa, cerca de Cracovia, pocos días después de la invasión, el 7 de septiembre de 1939, cuando los nazis ejecutaron a nueve judíos junto a un cartero católico polaco, Jan Semik, que intentó protegerles. Como consecuencia del heroísmo mostrado por los polacos, a día de hoy de los 26.513 “Justos entre las Naciones” declarados por Israel, el grupo más numeroso -6.706- es el de los polacos.


Soldados alemanes y soviéticos confraternizando en Brest, donde sus fuerzas se encontraron durante la invasión conjunta de Polonia en 1939 (Foto coloreada por Mirek Szponar).

La matanza de polacos a manos de los alemanes y los soviéticos

Un dato poco conocido en el marco del horror del genocidio nazi es que los alemanes también mataron a 2,7 millones de polacos católicos, entre ellos numerosos sacerdotes. Además, los efectos de la ocupación de Polonia no sólo se dejaron sentir en la parte occidental que estaba en manos del Tercer Reich: recordemos que Stalin había invadido la parte oriental del país en septiembre de 1939, como consecuencia del protocolo secreto del Pacto Ribbentrop-Mólotov firmado por la URSS y Alemania unas semanas antes. En la zona ocupada por los soviéticos, más de 320.000 polacos fueron deportados a Siberia, los Urales, el norte de Rusia y otros lugares de la URSS. De ellos, 150.000 fueron ejecutados o murieron durante la deportación.


Soldados alemanes expulsando a familias polacas de sus hogares en el condado de Zamość en 1942.

En la zona ocupada por Alemania se ordenadon desalojos completos de cientos de aldeas, como el ocurrido el el condado de Zamość en 1942, que los alemanes rebautizaron como Pflugstadt, deportando a 116.000 polacos que residían en él. El objetivo de los invasores era crear una gran colonia para asentar a alemanes en ese territorio. Muchos de los polacos de ese condado fueron enviados a los campos de concentración de Zwierzyniec, Auschwitz, Majdanek y otros, y 50.000 fueron llevados a Alemania para trabajar como mano de obra esclava. En muchas aldeas hubo ejecuciones masivas de polacos, quedando las poblaciones totalmente destruidas.


Un joven seriamente desnutrido en el guetto de Varsovia en 1941.

Intentaron matar de hambre a todo un pueblo

Por otra parte, los alemanes intentaron provocar hambrunas entre los polacos reduciendo drásticamente sus suministros alimentarios. Si la minoría alemana durante la ocupación recibía el equivalente a 2.613 calorías diarias, los polacos sobrevivían a duras penas con 699 calorías. En el caso de los judíos esta cantidad se reducía a tan sólo 184 calorías. Actualmente la OMS considera que una persona adulta y saludable consume unas 2.000 calorías diarias.


Soldados alemanes secuestrando a un niño polaco en el condado de Zamość, Polonia, en 1942.

El secuestro de 200.000 niños polacos

Además, entre 1939 y 1945 los alemanes arrancaron de sus familias a 400.000 niños en todos los países que ocuparon: 200.000 de ellos eran polacos. En el caso de los más pequeños, si tenían buena salud y los nazis les consideraban racialmente aptos, fueron entregados a familias alemanas y germanizados. Muchos de los pequeños secuestrados para ser adoptados por familias alemanas fueron rescatados tras la guerra, pero la mayoría no volvió. En el caso de los niños mayores y de aquellos que estaban enfermos o no eran considerados racialmente deseables, fueron utilizados en trabajo forzado o enviados a campos de concentración. En enero os hablé aquí del caso de Czesława Kwoka, una niña del condado de Zamość que fue enviada a Auschwitz en diciembre de 1942, encontrando la muerte allí el 12 de marzo de 1943. Como ella, entre 200 y 300 niños polacos de ese condado fueron asesinados en Auschwitz mediante inyecciones letales de fenol. A menudo ni siquiera esperaban a que el niño muriese y le arrojaban, moribundo, a una pila de cadáveres. Otros fueron usados en experimentos médicos, que se perpetraron con bebés de 8 meses y niños y adolescentes de hasta 18 años, el 94% de los cuales fallecieron como consecuencia de las horrendas prácticas a las que fueron sometidos.

Alemanes y soviéticos quisieron liquidar la cultura polaca

Uno de los aspectos más desconocidos fuera de Polonia sobre la ocupación fue su dimensión cultural. Tanto alemanes como soviéticos se emplearon a fondo en destruir sistemáticamente todo vestigio de la cultura polaca, asesinando a intelectuales, artistas, médicos, abogados, profesores, técnicos, clérigos y periodistas, en una campaña dirigida a liquidar a la élite cultural de Polonia. El mismo nombre del país fue prohibido tanto en la zona ocupada por los alemanes como en la ocupada por los soviéticos. Además, ambos ocupantes robaron y destruyeron obras de arte, cerraron la mayor parte de las escuelas, universidades, librerías, museos, cines y teatros -reservando para los alemanes los que permanecieron abiertos en la zona ocupada por el Tercer Reich-, y prohibieron la impresión de libros en polaco y la enseñanza en esa lengua (a un lado se impuso el alemán, y al otro el ruso). Muchos libros en lengua polaca fueron quemados en ambas zonas, y en la ocupada por Alemania llegó a prohibirse hablar en polaco en lugares públicos. De los 175 museos que tenía Polonia, 70 fueron destruidos, y desapareció la mitad de las 603 instituciones científicas que tenía el país. Heinrich Himmler, jefe de las SS, llegó a ordenar que los pueblos eslavos ocupados, entre ellos los polacos, no tenían que aprender más que a escribir su nombre, a contar (no más de 500) y a asumir como un mandamiento de Dios que debían obediencia a los alemanes, para lo cual ni siquiera tenían que aprender a leer.

Para hacer frente a este genocidio cultural, la resistencia polaca creó la Tajna Organizacja Nauczycielska (Organización Secreta de Educación), que creó escuelas clandestinas en las que llegaron a educarse un millón y medio de niños polacos en la etapa de primaria, 100.000 alumnos de secundaria y 10.000 universitarios (3.500 de ellos en la zona de Varsovia). Los estudios universitarios clandestinos incluyeron estudios de Humanidades, Teología, Medicina, Matemáticas y Biología, incluyendo seminarios y exámenes. Este Estado clandestino siguió emitiendo muchos títulos académicos con impresos de antes de la guerra, que al finalizar la contienda sirvieron a sus titulares para continuar sus estudios en las universidades polacas. Además, la resistencia polaca organizó conciertos y obras de teatro y elaboró publicaciones clandestinas para mantener viva su cultura y su lengua. La principal organización de la resistencia, el Armia Krajowa (Ejército Interior) organizó incluso academias militares para sus cuadros de mandos.


Soldados de la 1ª Compañía “Wigry” del Batallón “Kilinski” del AK en un funeral en la calle Zgoda, durante el Levantamiento de Varsovia.

La mayor organización de resistencia de la Segunda Guerra Mundial

La resistencia polaca no se limitó a velar por la cultura. Los polacos formaron diversas organizaciones clandestinas con el fin de llevar a cabo diversas acciones de guerra contra los ocupantes, desde sabotajes a ataques contra instalaciones y personal militar alemán. Fue una resistencia muy activa ya desde las primeras semanas de la guerra. De hecho, el 43% del total de informaciones recibidas por la inteligencia británica desde la Europa continental durante la guerra procedió de la resistencia polaca, incluyendo valiosa información sobre las bombas volantes V-1 y los misiles V-2. Uno de los oficiales de la resistencia polaca, Witold Pilecki, fue el único preso voluntario en Auschwitz, en donde se infiltró en septiembre de 1940 para informar al exterior sobre lo que allí estaba ocurriendo; su información sobre el Holocausto, lamentablemente, fue considerada “exagerada” por los aliados, que descartaron atacar los campos para liberar a los prisioneros.


Ficha de Witold Pilecki como prisionero de Auschwitz.

Las dimensiones de este ejército clandestino fueron considerables: ya sólo el Armia Krajowa (AK) llegó a contar con 400.000 miembros, el tamaño total de la resistencia francesa -fue, de hecho, la mayor organización de resistencia de la Segunda Guerra Mundial-, y no fue la única organización polaca creada para combatir a los ocupantes. El AK llegó a formar incluso un grupo de operaciones especiales, los Cichociemni, y en agosto de 1944 encabezó el mayor alzamiento armado contra los alemanes en un país ocupado: el Levantamiento de Varsovia, que se mantuvo activo durante dos meses, fracasando al no obtener la esperada ayuda de los rusos. Tras la guerra, unos 60.000 miembros AK fueron detenidos por los soviéticos; muchos de ellos fueron torturados, y 50.000 acabaron siendo enviados a Gulags en Siberia, pues Stalin recelaba de ellos al ser fieles al Gobierno de Polonia en el exilio. Esto llevó a muchos miembros de la resistencia polaca a continuar la lucha contra la ocupación soviética. Uno de ellos, Witold Pilecki, el héroe que se había infiltrado en Auschwitz, fue ejecutado por los comunistas polacos el 25 de mayo de 1948.


Sacerdotes y laicos polacos momentos antes de ser asesinados por los nazis en la Plaza del Mercado de Bydgoszcz, el 9 de septiembre de 1939. Los alemanes asesinaron a 20.000 mujeres, hombres y niños polacos en esta localidad al comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

La persecución anticatólica desatada por alemanes y soviéticos

Los ocupantes alemanes y soviéticos también buscaron destruir las raíces cristianas de Polonia. Los alemanes detuvieron y torturaron a miles de sacerdotes y religiosos polacos y les enviaron a cárceles y campos de concentración, asesinando a 1.811 de los 14.000 sacerdotes que había en Polonia al comienzo de la guerra (la Iglesia ya ha declarado mártires a 108). Además, los alemanes cerraron seminarios, deteniendo a los seminaristas (a causa de ello, la Iglesia organizó seminarios clandestinos; en uno de ellos, el de Cracovia, empezó sus estudios Karol Wojtyla, el futuro Papa San Juan Pablo II). También confiscaron las propiedades de la Iglesia, ilegalizaron todas las organizaciones católicas e incluso prohibieron los cantos religiosos y la lectura de la Biblia en público. En la zona ocupada por la URSS los sacerdotes y las organizaciones católicas fueron duramente perseguidas.

Entre la espada y la pared

Aunque la persecución nazi contra los judíos y los polacos no tuvo parangón en cuanto a brutalidad y número de víctimas, la situación en la zona soviética no fue mucho mejor. El historiador polaco-canadiense Piotr Wróbel señaló que “en la zona de ocupación soviética, las condiciones fueron sólo marginalmente menos duras que bajo los alemanes”. De hecho, algunos judíos que habían huido en septiembre de 1939 a la zona soviética para escapar de los alemanes, meses después quisieron regresar a la zona alemana al observar las penurias que seguían sufriendo, sin saber, seguramente, el terrible destino que les aguardaba a su regreso. Al final de la guerra la situación para muchos polacos no mejoraró sustancialmente con la llegada de los soviéticos: más de 100.000 niñas y mujeres polacas, desde los 4 a los 80 años, fueron violadas por los soldados del Ejército de Stalin, que teóricamente llegaba para “liberar” el país. Los daños provocados por los soviéticos fueron tales que aún a día de hoy se les conoce como la “czerwona zaraza” (plaga roja) en Polonia.

(Foto principal: Tres jóvenes del Armia Krajowa, la principal organización de la resistencia polaca contra el nazismo, durante el Levantamiento de Varsovia de 1944. Foto coloreada por Mikołaj Kaczmarek – Kolor Historii)

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