Viktor Orbán y el mal menor

Por Ángel Manuel García Carmona

El próximo domingo día 8 de abril, se celebran elecciones legislativas en Hungría, tras las cuales, se tendrá que elegir a un Primer Ministro para los próximos cuatro años.

Según los sondeos, sin sorpresa alguna desde hace años, todo apunta a que el nacionalista-conservador Viktor Orbán podría revalidar su mayoría absoluta (actualmente tiene 131 escaños su partido, FIDESZ), y alcanzar el cincuenta por ciento de los votos.

La oposición, conformada por el partido neonazi Jobbik y varias formaciones de centro-izquierda, con ideario similar al de Ciudadanos (C’s), tiene nula probabilidad de dar lugar a un cambio de gobierno, pero da lugar un argumento respecto al “mal menor”.

En España estamos muy acostumbrados a esa filosofía política, intelectual y electoralista de corte malminorista. Con la excusa de que la reedición del Frente Popular sería una catástrofe para España (cosa totalmente cierta), se nos vende que es mejor votar al Partido Popular.

Sí, a un partido que, siendo teóricamente de centro-derecha, optó por abrazar, desde el año 2012, progresivamente, todos los postulados de la izquierda, tanto en lo económico como en lo social: expolio fiscal, abortismo, promoción de la ideología de género, multiculturalismo, etc.

No obstante, el mandatario húngaro tampoco reúne un mínimo de condiciones para considerarse como un político de referencia del conservadurismo representado por intelectuales como Burke, por parte de la “praxis” trumpista y políticos como Reagan y Ted Cruz.

Orbán también es un defensor del “big government

Si bien es cierto que ha sido la única excepción del Partido Popular Europeo en cuanto al viraje a la izquierda, lo cual demuestra con su oposición al nihilismo y al multiculturalismo, y su defensa del no nacido y la familia, en cuestiones económicas es considerablemente intervencionista.

No se puede desmentir que durante su mandato, Hungría se ha convertido en el país europeo con el Impuesto de Sociedades más bajo del continente, así como tampoco que no se derogarán las exenciones en Sucesiones que se aplicaron en 2006. Orbán recela de dicho tributo.

Pero su política económica destaca también por medidas como la nacionalización de los activos de los fondos de pensiones privados y de empresas de sectores como el financiero, el energético, y el de telecomunicaciones, así como subidas de impuestos para reducir el déficit en 2011.

Es más, su programa para revertir el invierno demográfico, reforzado el año pasado, combina deducciones fiscales con un considerable recurso a un Estado de Bienestar -que perjudica a las familias y es causa del problema que quiere combatir- por medio de varios subsidios.

De hecho, según el think-tank conservador estadounidense The Heritage Foundation, la cuestión del gasto público es preocupante (estas cuantías son excesivas) y se favorecen las empresas nacionalizadas o relacionadas con el gobierno en ciertas industrias.

Nula complacencia con la “progrez”

Es España, tenemos un partido de gobierno que, aparte de tener figuras indudablemente socialistas como Cifuentes y Monago, cosa cuya asunción no debe enfurruñar, no duda en ser lo más complaciente posible con la izquierda y el nacionalismo periférico.

Pues bien, en Hungría, de nada han servido las amenazas del politburó bruselense eurócrata, porque el Estado húngaro no va a convertirse en el próximo en correr el riesgo de islamización y aplicar una sustracción en la lista de países europeos libres del totalitarismo de género.

Es más, piensa ir más lejos. Sin interés en atropellar el pluralismo político magiar, es consciente de que “la manita de Soros”, ese dizque filántropo que sirve al liberticida marxismo cultural, es una amenaza para la soberanía nacional, y que, por ende, hay que ponerle algún freno.

El malminorismo no implica ni anti-idealismo ni pro-vacuidad

Dicen que “hay que votar al PP o a C’s porque Sánchez e Iglesias son peores” mientras que otros decimos que en Hungría solo se puede elegir entre un socialdemócrata nacionalista-conservador, neonazis y alguna de las diversas formaciones progre-socialdemócratas.

El húngaro de derecha bien entendida -ya sea liberal-conservador o right-libertarian– no tiene el mismo margen de maniobra tanto a nivel electoral como de activismo cívico que sus hermanos polacos, con un potente movimiento liberal-conservador y varias opciones electorales.

Pero es que, por lo menos, Orbán cree en una serie de valores y principios, relacionados con la herencia cristiana del continente y las causas pro-vida y pro-familia. Distinto es que tenga una tendencia más iuspositivista y estatista que iusnaturalista. El PP renunció a todo su ideario.

Ahora bien, que acierte blindando el derecho a la vida en la Carta Magna, negándose a admitir inmigrantes musulmanes y haciendo frente al totalitarismo feminista-homosexualista, no implica “perdonar” sus políticas estatistas, las cuales ignoran conservadores de otros países.

Sin duda, tanto españoles como yo como no pocos vecinos europeos occidentales de ideario similar pensamos que un Orbán sería deseable en países como España, Francia y Suecia, a pesar de sus errores. Pero el socialismo no es conveniente en ninguna de sus facetas.

La institución de la familia tiene como enemigo al Estado del Bienestar, por los valores cortoplacistas y hedonistas que ha infundado. Una sociedad floreciente también necesita una política económica que le brinde libertad de oportunidades impulsando su prosperidad.

Asimismo, el principio de subsidiariedad no consiste únicamente en la oposición a las injerencias de los eurócratas en los asuntos nacionales, sino en la no interferencia desde comunidades de orden superior en otras de orden inferior.

En resumidas palabras, me gustaría que Orbán, considerado como uno de los pocos líderes europeos con altura de miras, enmendara a la totalidad las facetas socialdemócratas de su programa y librar una batalla contra el Estado, evitando emular a Trump entrando en trade wars.

Pero es necesaria una americanización de Europa (mentalidad pro responsabilidad individual y subsidiariedad), lo cual requiere una inspiración en la derecha americana (plano intelectual) y en el movimiento liberal-conservador polaco (plano activista), inspirado en la primera.

En cualquier caso, el “malminorismo” no supone renunciar a la “Europa texana” ni avalar a ningún traidor nihilista izquierdista, sino en valorar críticamente lo menos insatisfactorio.

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