Uno de mis animales favoritos es el lobo. Por eso me ha sentado mal, este viernes por la tarde, comprobar que se le dedica a tan noble e incomprendida criatura una película tan mala como la que da nombre a esta entrada. Agnes Bruckner -sobre estas líneas- es, quizás, la única razón para ir a ver esta película, aunque no sea por una cuestión interpretativa, sino por otras buenas razones que no pienso escribir aquí (podrían lanzarme tomates desde el palco femenino).
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