Una, dos, tres, cuatro…

Cuando cae la noche al cabo de cada jornada de nuestra vida, en los días despejados se descubre sobre nuestras cabezas un espectáculo maravilloso que no deja de sorprendernos nunca. Un manto negro salpicado de lágrimas de plata hace que nuestra mirada se dirija a lo infinito, a lo insondable, a un límite en que nuestra curiosidad entra en el terreno de la trascendencia a través de los sentidos, haciéndonos directamente conscientes de nuestra relación con la creación y con la eternidad.

Bajo ese techo de estrellas pasan muchas cosas. Algunas, muy variadas, son el fin por el que echa a andar esta modesta publicación, que tiene como objetivo no dejar de atender lo que pasa en el suelo, sin perder de vista el cielo.

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