Me siento considerablemente emocionado

Josep Borrell, ese tremendo sectario y furibundo anticatólico que preside el Parlamento Europeo, ha declarado que si las caricaturas sobre Mahoma publicadas por un diario danés “se hubieran publicado haciendo referencia” al cristianismo “habrían provocado también una emoción considerable”.

Este señor parece olvidar sus propias palabras y las considerablemente distintas reacciones que provocaron entre los católicos, que siempre nos limitamos a protestar de forma pacífica, legal y democrática (ya le gustaría a don Josep y a sus correligionarios que no fuese así).

Borrell dijo el 25 de mayo de 2004 que “detrás del cristianismo se esconden la Inquisición, la tortura, la quema de libros, la aberrante enseñanza moral de la Iglesia en materia sexual”, y que en lo tocante a “democracia, derechos humanos e igualdad, Dios es un converso reciente; se acomodó durante siglos con la esclavitud, ayer todavía bendecía a Franco y no ha sido ajeno a la tragedia de los Balcanes”. Unos días después, el 9 de junio, este individuo añadía, además, que “hay una serie de consideraciones morales y religiosas de las que hay que deshacerse”. Nadie amenazó con matar a Borrell por decir esto, ni se quemaron banderas españolas en el Vaticano. Ningún católico asesinó a un afiliado del PSOE por sentirse ofendido ante declaraciones tan insultantes y ofensivas como ésas, y no ardió ninguna sede del PSOE. Y eso que por declaraciones como éstas, pero hechas sobre Mahoma o Alá, a este tío lo quemaban vivo en cualquier país musulmán. Pero como Borrell sabe que los católicos no hacemos esas cosas, no duda en insultarnos cobarde e impunemente.

He dicho que Borrell sabe que los católicos no hacemos eso. Claro que lo sabe. Lo sabe, y por eso miente al decir que los católicos reaccionamos igual que lo están haciendo los musulmanes. Que a un dirigente del PSOE no le importe mentir no es nada nuevo. Que un líder socialista tenga memoria selectiva tampoco es ninguna novedad. Pero desde luego, resulta alarmante y escandaloso que el presidente de un parlamento demócrático considere que la quema de embajadas y de banderas europeas, el asesinato de varios ciudadanos de la Unión y los ataques en países musulmanes contra intereses occidentales son una simple muestra de “emoción considerable”. ¿Qué será lo siguiente? ¿Acaso decir que la masacre del 11-M fue “un momento súbito de estrés”?

Podría quejarme, además, del insulto hacia los católicos que este impresentable lanza al poner al mismo nivel el salvajismo criminal que se está manifestando en la mayoría de los países musulmanes y la respuesta pacífica, legal y democrática de los católicos españoles a ofensas a nuestras creencias mucho peores que una caricatura, entre ellas las que lanzó el propio Borrell, como ya he citado. Pero ¿para qué quejarme? Que Borrell ofenda e insulte a los católicos tampoco es cosa nueva. Borrell es un laicista jacobino, un maleducado, un amargado y un grosero. Este personaje ha destilado su odio hacia el cristianismo siempre que ha tenido ocasión y sin retractarse jamás de una sola de sus palabras. Quejarse de Borrell es como pedir a un pez que nade en un plato de sopa caliente. Ahora bien, ¿qué hace alguien así dirigiendo el Parlamento de todos los europeos? ¿Puede permitirse Europa el tremendo lujo de tener a un personaje como éste en un cargo tan delicado? Es evidente que no.

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