Más allá de las luces de la Ría


Más allá de las luces de la Ría, donde la noche es negra como el manto de Elbereth y la única luz es la que regalan sus estrellas, se alza una montaña, desafiante al rumor de las olas que se baten sin cesar contra sus pies de roca. Hace tiempo que mis pasos no se pierden por su cima ni mis ojos escrutan las constelaciones desde el camino que la cruza, pero allí, constantemente, acuden mis pensamientos en busca de recuerdos, quizá para cosechar una sonrisa en los días en que recojo buenos momentos para confiárselos, de por vida, a la Grova.

En las noches despejadas, mirando el negro telón, esperaba verla pasar, allí, como una estrella fugaz a la que pides un deseo que jamás se cumplirá. Pero esta noche el cielo estaba cubierto. La lluvia ha regado los pinos, los tojos, la tierra. La oscuridad ha sido agujereada por mil cuchillos de agua que han querido usurpar su trono en las alturas, en vano. Sentado en la oscuridad, lejos del observatorio de estrellas, he estado -sin embargo- intentando alcanzar la capa de Varda con una mano, creyendo por un momento que conseguiría tocarla, soplando al fuego de la esperanza para que no muera de hambre su llama.

Hay en la ciudad rincones donde la oscuridad cede paso a un rayo de luz que emana de una pared para bañar nuestras caras. Mientras la lluvia cae fuera, resguardados, centramos nuestra mirada en el lienzo que nos habla de recuerdos que jamás tuvimos, que se cosen a los nuestros como una manta que, por un momento, nos resulta acogedora como una canción de cuna. Escuchamos su canto y vimos su evolución en la pared cuando declinaba el verano, y cuando el otoño ya había avanzado su paso, volvimos a presentarnos ante él. Y ayer, ya muriéndose en su lecho el invierno, mientras los filos de agua intentaban, de nuevo, rasgar la capa de la hacedora de estrellas sobre las cumbres de la Ría, nos encontramos otra vez.

Lejos quedarán las luces de la Ría, y quizá jamás se vuelva a encender el lienzo ni la llama, pero arriba, donde las nubes acarician las copas de los árboles, mirando hacia el mar tempestuoso seguirán fijos nuestros ojos en un recuerdo del lluvioso pasado, inmortal, para siempre, incluso cuando ya no estemos, tal vez llevado por una suave brisa entre las ramas y las piedras, hasta las profundidades del bosque y los confines de todo lo que conocemos. Y seremos, bajo las estrellas, un destello inagotable y una sonrisa fugaz… más allá de las luces de la Ría.

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