Ocurrió una medianoche
a mediados de verano;
lucían pálidas estrellas
tras el potente halo
de una luna clara y fría
que iluminaba las olas
rodeada de planetas,
esclavos de su señora.
Detuve mi mirada
en su sonrisa helada
-demasiado helada para mí-;
una nube le puso un velo
de lanudo terciopelo
y entonces me fijé en ti.
Lucero orgulloso,
remoto, glorioso,
yo siempre tu brillo preferí;
pues mi alma jalea
la orgullosa tarea
que cumples de la noche a
� � la mañana,
y admiro más, desde luego,
tu lejanísimo fuego
que esa otra luz, más fría,
� � más cercana.
(Edgan Allan Poe, 1827. Versión de Andrés Ehrenhaus. Pulsa aquí para ver la versión original. Fotografía: NASA / Dan Bush)
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