A veces tengo la sensación de que quienes vivimos en ciudades estamos habitando, sin saberlo, un desierto al que no le vemos la salida.
En este desierto nos invade la sed. A menudo no sabemos qué la motiva, y por eso buscamos saciarla con lo que tenemos a mano, como náufragos desesperados en medio de la arena. Con frecuencia la sociedad nos envía espejismos para que los sigamos. Esos espejismos nos dicen que estaremos mejor si seguimos ciertas modas, si poseemos más cosas, si confiamos en tal o cual receta ideológica, o si hacemos caso a lo que los medios nos dicen a diario. Entre unos y otros nos envían mensajes sobre cómo ser más actuales, despreciando el pasado, la tradición y los valores de nuestros padres y abuelos, como si deshacernos de esos vínculos nos fuese a abrir un mundo lleno de posibilidades y de libertad. Y entonces seguimos teniendo sed.
El corazón del ser humano tiene una sed inagotable de amor, de bien, de verdad y de justicia, y es incapaz de verse complacidos por los sucedáneos que la sociedad nos ofrece en su lugar, porque la plenitud del amor, del bien, de la verdad y de la justicia no puede estar en un mundo lleno de odio, maldad, falsedad e injusticias, un mundo que se degrada a sí mismo cada vez que olvida que el hombre es algo más que carne y hueso: tenemos sed de eternidad.
España ha sido durante siglos un país mayoritariamente católico, un país que tuvo en la fe en Cristo una de sus razones para navegar por el mundo y entregarse a empresas que parecían imposibles. Aún hoy en España late un fuerte impulso religioso. Contra todo pronóstico, cada vez más jóvenes españoles vuelven al abrigo de la fe, esa fe que guió a sus antepasados en tiempos de dificultad.
Ayer, el Papa Leóm XIV se reunió con miles de jóvenes en Madrid. Pocas convocatorias mundanas podrían atraer a tanta gente, pero lo más inexplicable para muchos es que ese anciano les habló ayer de Dios, de la fe, de la vocación sacerdotal, del matrimimonio, de la familia, de todo eso, en fin, que los apóstoles del materialismo creían haber desterrado, de todo eso que muchos medios llevan tratando con desdén como cosas propias de retrógrados.
Estamos contemplando el fracaso de un espejismo y la razón por la que la Iglesia supone un problema para muchos políticos: porque dos mil años después las modas siguen fracasando ante la palabra de Cristo, el hijo de Dios hecho hombre, que aceptó ser crucificado para librarnos del pecado, de ese lastre que hace que nuestra sed sea insoportable. Tememos políticos, periodistas e interelectuales que nos ofrecían una nueva religión a cambio de renunciar a ese deseo de eternidad, que aspiraban a desterrar a Dios de nuestra sociedad para ponerse ellos en su lugar. Es una buena noticia ver que ese espejismo se desvanece y que España recupera un camino que parecía perdido. Hay esperanza.
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Foto: Vatican Media.
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