Cuando llueve, muchas personas suelen decir que hace mal tiempo. En realidad, la lluvia tiene muchos efectos beneficiosos.
Sin ser exhasutivo, la lluvia riega nuestros campos, haciendo creces las cosechas. También llena nuestros embalses, haciendo que abrir el grifo en tu hogar deje de ser un problema debido a la sequía. En el caso de algunas ciudades, como Vigo (en la que ya hay más perros que niños y jóvenes, algo ciertamente triste para cualquier población), la lluvia ayuda a limpiar las calles y consiguen que algunas dejen de oler a orines.
Ayer los españoles pudimos descubrir un nuevo efecto beneficioso de ese regalo que las nubes nos dejan de vez en cuando: las primeras lluvias del otoño han empezado a hacer que muchos inmigrantes ilegales se vayan de Ceuta y vuelvan a Marruecos. Hasta ahora, el gobierno de Pedro Sánchez se ha atribuido la vuelta de muchos intrusos de los que entraron ilegalmente en España en la invasión migratoria marroquí iniciada el 30 de julio. Sin embargo, las devoluciones forzosas han sido escasas. Hace dos semanas conocíamos el dato de que el gobierno sólo había expulsado a 307 de ellos, una cifra ridícula, si tenemos en cuenta que el ministro del Interior aseguró que entraron 72.000.
Por el momento, podemos decir algo muy en favor de esa parte de nuestro líquido elemento que nos llega desde arriba en los días grises: la lluvia no cobra un sueldo público, no vive en un lujoso palacio, ni siquiera vuela en un avión Falcon, y tampoco dispone del amplio ejército de asesores (todos ellos secretos, ya que el gobierno sigue sin hacer públicos sus nombres) que La Moncloa tiene fichados a costa de nuestro dinero, pero de momento "la hermana lluvia", como la llamaba San Francisco, ya ha hecho más que Pedro Sánchez por Ceuta.
Yo no suelo pedirle cosas a la lluvia, pero ahora mismo estaría genial que además de incentivar el retorno de los intrusos que asaltaron Ceuta, también consiguiese despejar la Puerta del Sol de Madrid de vagos de extrema izquierda, ésos que se creen con derecho a saltarse las normas que se aplican con rigor a los demás por el mero hecho de que cuentan con un trato de favor por parte del gobierno. Con todo, aunque no se vayan de allí, habrá que agradecer a la lluvia que al menos esa gente pueda tener por fin un contacto con el más higiénico de los elementos. En días así lo que deberíamos echar de menos es que las nubes no arrojen su transparente fruto añadiéndole un poco de jabón.
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Foto: Elentir.
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