Por Álvaro J. Díaz-Mella
Hace unos días me quedé parado delante de un escaparate en el centro de Vigo. En primera línea había un carrito elegante, moderno, perfectamente iluminado. Por un instante pensé que era para bebés. No lo era. Era para mascotas y, junto a él, aparecía la imagen de un chico joven completamente solo llevando en su carrito a su perro. Aquella escena se me quedó rondando durante días. Porque, sin pretenderlo, resumía bastante bien algo que empieza a respirarse en la ciudad: cada vez cuesta más construir aquí una vida normal.
Hace no tanto tiempo, las calles proyectaban otra imagen. Una pareja empujando un carrito de bebé, los tres juntos, parecía algo natural, casi automático. Hoy todo eso empieza a sentirse lejano. Hoy se ven menos niños y más perros en muchos parques de Vigo.
Muchos chavales de veinte y pocos años hablan de emanciparse como quien habla de algo casi imposible. Cuando llegan a los treinta, la realidad es peor. Parejas viviendo en pisos cada vez más pequeños porque no pueden permitirse otra cosa, gente con trabajo estable incapaz de ahorrar, padres sosteniendo económicamente a hijos adultos, abuelos jubilados haciendo de apoyo constante. Mucha gente vive permanentemente al límite.
Mientras tanto, el Ayuntamiento exhibe remanentes millonarios, superávits históricos y estabilidad financiera como grandes logros. La contradicción ya resulta evidente: el Ayuntamiento de Vigo tiene dinero. El vecino, cada vez menos.
La demografía lo confirma sin piedad. En 2024 nacieron en Vigo apenas 1.468 bebés y murieron 3.034 personas. En dieciséis años la natalidad se ha reducido prácticamente a la mitad. Vigo se sostiene gracias a la llegada de población de fuera, porque por sí sola ya no genera suficiente relevo generacional.
Todo se acumula. El precio de la vivienda, los salarios que no llegan, las tasas que suben, el coste de la compra o del alquiler y la dificultad para empezar un proyecto propio sin vivir preocupado por llegar a fin de mes. Se instala un cansancio colectivo profundo, la sensación de que consolidar un futuro con cierta tranquilidad se ha vuelto una carrera de obstáculos.
El Ayuntamiento se esfuerza más en proyectar una imagen hacia fuera que en facilitar la vida de sus vecinos. Resulta inquietante ver cómo multiplica macroparques infantiles mientras cada año nacen menos bebés.
Aun así, todavía conserva potencial: industria, puerto, barrios vivos, identidad fuerte y capacidad económica. Para revertir esta deriva haría falta una voluntad política real: más suelo y vivienda accesible para jóvenes, incentivos fiscales potentes y estables para quienes formen familias aquí, medidas de conciliación efectivas y priorizar la vida cotidiana de los vecinos frente al escaparate que disfrutan los de fuera. Dejar de tratar como un lujo lo que antes era simplemente lo habitual.
Una ciudad que deja de renovarse generacionalmente pierde algo esencial. Al final no se mide solo por sus luces o sus cuentas saneadas, sino por si sus jóvenes pueden imaginarse viviendo en ella sin renunciar a casi todo.
Las ciudades rara vez mueren de golpe. Se apagan despacio, casi sin ruido, cuando dejan de ser lugares donde merece la pena echar raíces. Y hoy, para muchos, parece más sencillo cuidar una mascota que sacar adelante una familia. Mientras esa ecuación no cambie, los números seguirán contando la misma historia.
Álvaro J. Díaz-Mella. En Vigo, junio de 2026.
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Álvaro J. Díaz-Mella es un vigués felizmente prejubilado que ya peina canas y tiene demasiadas opiniones sobre lo que ve de nuestra sociedad imperfecta.
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Foto: Elentir.
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Comentarios:
maytehuete
Un retrato exacto de lo que está ocurriendo en toda España
19:29 | 7/06/26
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