La invasión migratoria sufrida por la ciudad española de Ceuta está provocando unos curiosos movimientos en la política española.
Por una parte, tenemos a un gobierno español (una coalición de socialistas y comunistas) sobre el que Marruecos ejerce una enorme influencia, hasta el extremo de que ha tenido la desvergüenza de responder a esa invasión mostrándose agradecido a Marruecos, el país del que vino ese asalto contra Ceuta. Para tapar la cobardía de Sánchez ante esa agresión marroquí, la izquierda lleva días promoviendo una descarada campaña de distracción en la que los malos son Estados Unidos, Israel e Italia, pero no el país africano que envió a decenas de miles de inmigrantes ilegales a asaltar Ceuta.
Por otra parte, tenemos a una ultraderecha (la de verdad) que comparte alguno de sus mayores prejuicios con la izquierda y con la ultraizquierda: el antiliberalismo, el odio a Estados Unidos y a Israel (esa viejo antisemitismo hoy disfrazado de "antisionismo") y también el intento de acabar con el régimen constitucional de 1978 y con la monarquía parlamentaria. A unos y otros les importa mucho menos España que sus agendas ideológicas, que es el motivo por el que Rusia e Irán llevan tiempo arrojando anzuelos en las aguas de ambos extremos: porque comunistas y fascistas no tienen reparos en perjudicar a sus propios países contribuyendo a generar una inestabilidad que favorece a los enemigos de Occidente, si con ello logran alguna ventaja que les saque de la marginalidad en la que están sumidos en condiciones normales.
A causa de ello, en lo relativo a Ceuta la auténtica ultraderecha tiene el corazón partido, como en la famosa canción de Alejandro Sanz. Por una parte no le gusta Sánchez ni sus políticas migratorias, pero al mismo tiempo esa ultraderecha ha sido incapaz de resistir la tentación de sumarse a esa campaña de distracción de la izquierda, de modo que estos días vemos a muchos de sus activistas haciendo ese gran favor a Pedro Sánchez al mismo tiempo que dicen rechazarle.
Así pues, estos días tenemos a activistas de izquierda, ultraizquierda y ultraderecha haciendo campaña contra EEUU, Israel y la monarquía, con una sintonía tan pasmosa que a veces te cuesta distinguir a unos de otros. Incluso se dan palmaditas entre ellos, como ha hecho hoy el ministro socialista Óscar Puente con uno de esos lumbreras que ve la huella de Israel detrás de cada cosa mala que le pasa a España. Un tipo que en noviembre llamaba a apoyar a Tucker Carlson mientras ese charlatán promovía activamente el antisemitismo, blanqueaba a revisionistas del Holocausto, difundía bulos prorrusos y se ofrecía como altavoz de la dictadura islamista iraní. Un tipo que ahora se pasa los días atacando a Vox por tener la decencia de apoyar a la única democracia de Oriente Medio.
Al final, toda esta situación está resultando reveladora sobre las consecuencias del chaparrón de propaganda y teorías conspirativas que algunas dictaduras han hecho caer sobre Occidente, tanto para favorecer sus posiciones entre los países aliados como para debilitar a las democracias occidentales. El resultado es que para mucha gente los hechos ya importan menos que los odios alimentados con basura ideológica durante años. No les importa que Israel sea el único país democrático de su región ni que viva acosado por el terrorismo islamista. El odio a Israel, tan fanático e irracional como el viejo antisemitismo, acaba por nublar tanto la razón que se impone a cualquier otra consideración y facilita que las víctimas de esa propaganda se acaben tragando cualquier bulo contra el único Estado judío.
Yo no sé qué pasará en 2027, si finalmente las elecciones generales en España no se adelantan, pero lo que tengo claro es que si Sánchez logra mantenerse en el poder, debería sentirse agradecido a esa ultraderecha que odia a Israel mucho más de lo que dice amar a España, y que ahora mismo está ayudando a la izquierda a destrozar nuestros vínculos de amistad con un país que tiene más experiencia que ningún otro en combatir la amenaza del terrorismo islamista. Algunos dirán que tal vez haya interseses ocultos detrás de todo eso, pero hace tiempo que tengo claro que hay una explicación más sencilla para la forma en la que algunas personas se dejan manipular: la estupidez.
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Imagen: Instituto Geográfico Nacional.
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