
Me acaba de de enviar un amigo -con el que comparto una cierta afición por la astronomía- el enlace a una noticia sobre el descubrimiento del planeta más cercano a nuestro Sistema Solar. El País lo publica hoy como si el hecho fuese reciente, pero el planeta fue localizado en agosto del año 2000. La estrella en torno a la que orbita este planeta, llamada Epsilon Eridani, es de un tamaño un poco inferior al Sol. La masa del planeta es 1,5 veces la de Júpiter, por lo que su composición será gaseosa, casi con total seguridad, lo cual lo haría inhóspito para cualquier forma de vida conocida.
No obstante, he encontrado una fuente que señala que en el mismo sistema podría estar orbitando otro planeta. La ventaja de la exploración espacial es que hay un inmenso campo para dar rienda suelta a la imaginación. En este sentido, no puedo dejar de mencionar una película que echaron por la tele este domingo: Contact, basada en la novela homónima de Carl Sagan. Jodie Foster interpreta el papel de una científica que se dedica a escuchar los sonidos que vienen del espacio (una labor que ahora desarrolla el conocido programa SETI, en el que participó el propio Sagan y en el que colabora el padre de una amiga mía), hasta que descubre una señal procedente de la estrella Vega, emitida por una civilización extraterrestre.
En un momento de la película, la protagonista plantea lo que se conoce -aunque no lo cita así- como la Fórmula de Drake. Creo recordar que Sagan partía de una estimación de cuatrocientos mil millones de estrellas que habría sólo en nuestra Galaxia, hasta llegar a la conclusión de la posible existencia de miles o incluso millones de civilizaciones tecnológicas con capacidad para comunicarse con el exterior. Al final de la película, un ser de una de esas civilizaciones dice que los seres humanos nos sentimos muy solos en el Universo, pero que no lo estamos. Ojalá Sagan tuviese razón, y estos descubrimientos nos sirvan para hacernos conscientes, al menos, de lo pequeños que somos y de lo mucho que nos queda por aprender.
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Comentarios:
Agnetem
Mira que ponerme a pensar, con lo que me cuesta…:roll:
Pero es que pienso que además del número de planetas capaces de albergar civilizaciones con la suficiente tecnología para comunicarse con el exterior, tenemos que contar con el tiempo. Y el tiempo en el universo es inimaginablemente grande.
Por ejemplo, si hace una gran cantidad de años emergió a 500 años luz de distancia una civilización con esa tecnología, no tendría ningún motivo para pensar que en la Tierra haya algo que merezca la pena. No hay ninguna señal de actividad humana, nada, que haya tenido tiempo de recorrer esos 500 años-luz. Por eso, supongo que esa civilización no incluiría a la Tierra en su lista de «exploración preferente».
E igualmente nos pasará a nosotros, si algún día tenemos la suficiente tecnología, y hacemos una selección de planetas a explorar. ¡Es tan difícil encontrase en unas circunstancias asi!
21:51 | 10/10/06
Elentir
Muy buen análisis, Agnetem. El problema de los viajes interestelares, el día que puedan llegar a hacerse, es que habrán de plantearse sobre la base de muchas generaciones.
Hace poco le comentaba a ese amigo mío que cuando vemos el cielo de noche, y las estrellas, no estamos viendo solamente el espacio, sino también el pasado. Un pasado que ocurrió incontables años antes de que el primer ser humano tomara conciencia de sí mismo.
Las magnitudes en el Universo son tan inmensas que sobrepasan con creces la limitada capacidad de la razón humana y nuestro sentido de la comprensión. De todas formas, es un campo en el que sólo hemos empezado a avanzar, ni siquiera hemos conseguido todavía que un ser humano ponga un pie en Marte. Por eso decía que somos muy pequeños…
21:59 | 10/10/06
pepelu
Muchas gracias por escribir sobre el cosmos, me apasiona el tema.
Pensando en la inmensidad del espacio, no sería descabellado pensar que existan otras formas de vida. Podríamos pensar incluso que existe vida inteligente e incluso civilizaciones avanzadas, pero siendo tan joven como es la vida, (aprox 4000 millones de años del coacervado en la Tierra), y lo que lleva evolucionar darwinianamente hasta pasar de el ser más elemental a una civilización con capacidad de emitir algo al espacio, me temo que aunque pudieran existir, aún no podríamos haber entrado en contacto con ellas debido a las grandes distancias que nos separan.
Con los viajes interestelares estoy de acuerdo contigo. De llegar a poder hacerlos, y tomando como base la relatividad, para llegar a un lugar habitado por alguna especie desarrollada tecnológicamente harían falta varias generaciones. Ello implicaría que habría que mandar a gente en cuya misión debería ir incluído que se reproducieran durante el viaje para que alguien pudiera llegar al destino, y probablemente habría mucha gente que pasaría su existencia entera dentro de una nave espacial :S
1:30 | 12/10/06
Elentir
Sobre esto último que comentas, añado yo otra reflexión: esas personas cuya existencia pasaría a bordo de una nave espacial, ¿qué horizonte vital tendrían? Uno puede sentirse partícipe de un proceso de conquista o descubrimiento de un nuevo mundo cuando participa en él libremente. Sin embargo, los hijos, nietos y bisniestos de esa persona, que nacerían, vivirían y morirían a bordo de una nave interestelar, podrían sentirse con todo el derecho como internos de una prisión con condena a perpetuidad. En fin, además de ser una existencia triste, no sé hasta qué punto se sentirían motivados a continuar una misión impuesta desde antes de nacer, y que les tomaría como simples instrumentos para seguir una vez ellos hubiesen muerto.
Es curioso, porque he leído muchas novelas de ciencia ficción, pero ninguna reflexionaba sobre este importante aspecto.
2:05 | 12/10/06
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