En febrero de 1938, el escritor, diseñador e historiador estadounidense Philip Van Doren Stern (1900-1984) se despertó pensando en un relato.
Después de darle muchas vueltas, empezó a escribirlo en 1939. Lo terminó cuatro años después, ya durante la Segunda Guerra Mundial, pero no encontró a ningún editor que lo quisiese publicar. El relato se titulaba "The Greatest Gift" (El mayor regalo), y se desarrollaba en un pueblo llamado Bedford Falls, un lugar inventado que estaba inspirado en la pequeña localidad de Califon, Nueva Jersey.
La historia hablaba sobre un hombre llamado George Pratt que, por las desventuras de la vida, un día decide que habría sido mejor no haber nacido. Se le aparece un hombre extraño que le concede el deseo de saber cómo sería el mundo sin él. El protagonista descubre entonces los terribles efectos de su ausencia en las vidas de sus seres queridos. George comprende entonces el mayor de los regalos que ha recibido: el don de la vida. El hombre extraño le devuelve su existencia.
A falta de editores, Philip Van Doren Stern hizo por su cuenta 200 copias de este relato que distribuyó entre sus amigos en la Navidad de 1943. Finalmente, la historia llegó al estudio RKO, que compró los derechos en abril de 1944. En 1945, el cineasta Frank Capra compró los derechos de ese relato y basó en él su fabulosa película "Qué bello es vivir" (1946), ambientada en Bedford Falls y protagonizada por James Stewart en el papel de George Bailey. En la película, un ángel que se tiene que ganar las alas ocupa el lugar del hombre extraño. Al final de la película hay un momento que siempre me emociona. George lee una nota que le dejó el ángel: "Recuerda, ningún hombre es un fracasado si tiene amigos".
Hace unos días viví el momento más doloroso de mi vida. Además de mi familia, que es el mayor tesoro que puede tener una persona (un tesoro que supera con creces a todas las riquezas del mundo, y a cuyo lado éstas no valen absolutamente nada), puedo decir que me sentí afortunado de verme rodeado por mis amigos, tanto algunos a los que veo con frecuencia como a otros a los que veo muy poco. Algunos recorrieron una gran distancia para estar con nosotros en ese día.
Cualquier observador se sentiría extrañado ante la variedad de caracteres que allí se reunieron, a escasos metros del féretro que contenía los restos de mi padre. Entre los que allí estaban había personas de distintas ideologías y creencias, algunas opuestas entre sí. Para mí, lo importante es el común denominador de todos los que vinieron: a todos les considero unas buenas personas. Eso es lo que me importa. Saben que siempre pueden contar conmigo y yo sé que puedo contar con ellos, como me demostraron la semana pasada. Poder decir esto me convierte en un hombre muy afortunado y doy gracias a Dios por ello.
Vivimos en una sociedad donde hay multitud de opiniones distintas. Por supuesto, hay personas buenas y hay personas malas, pero tener una cierta forma de pensar no siempre determina en cuál de los dos lados estás, y el gran error que cometemos muchos a veces es olvidar algo tan básico como eso. El debate político, religioso y filosófico se está sacando tanto de quicio que nos está haciendo perder uno de los mayores tesoros que puede tener una persona: la amistad, esa maravillosa y misteriosa fuerza por la que personas muy distintas se encuentran en un camino, a veces por pura casualidad, y acaban por crear lazos duraderos y más sólidos que el acero.
No deberíamos tener que vivir el trance de ver pasar la sombra de la muerte por tu hogar para recordar algo así, pero es normal que la rutina y la gran inercia de los temas de actualidad acaben arrastrándonos y haciéndonos olvidar cosas tan básicas, empujándonos a ese triste fenómeno de que la política lo invada todo y acabe degradando incluso las amistades más sólidas, llenando de odio ese valioso espacio que antes era ocupado por el afecto. Y lo más triste es que haya personas cuyo propósito en la vida parezca ser enfrentar a los demás, simplemente para medrar políticamente sobre el enfrentamiento que ellos alimentan. Personas a las que les conviene que haya tensión, que veamos enemigos en nuestros amigos, que se rompan amistades y que odiemos incluso a aquellos que nos apreciaban.
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Imagen: fotograma de la película "Qué bello es vivir" (1946).
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Comentarios:
Ramon
Lamento la pérdida de tu padre. Los que hemos pasado por ahí sabemos lo que significa ese trance. Esa sensación de desprotección y orfandad que se queda ya para siempre. Aunque no nos conozcamos personalmente, recibe también mi pésame y el agradecimiento por tu blog diario.
Lo que comentas de la politización incluso de la amistad, no es más que otro fruto de una religión totalitaria que intenta abarcar hasta lo más íntimo de la persona, segando relaciones que son contrarias a su ideología. Estamos en un cambio de confesionalidad pública del estado y eso tiene consecuencias cuando esa confesión no es católica, o al menos cristiana.
7:58 | 11/08/25
maytehuete
D.E.P. con todo mi afecto
9:28 | 11/08/25
AlbertoAG
Los amigos de verdad son para siempre.
13:02 | 11/08/25
Lunaa
Una gran historia la que se encierra en «Qué bello es vivir». Durante el transcurso de la película creemos constantemente que el protagonista no puede hacer nunca lo que quiere. Es cierto que tiene otros planes, que intenta salir del pueblo y cada vez una incidencia le mantiene en él. Pero no es así o sólo en parte, ya que siempre ha hecho el bien y evitado grandes o pequeños males, y es en el fondo lo que siempre ha querido, más importante que otros planes accesorios.
Los amigos le ayudan sin que tenga que pedirlo y este es el merecido de una buena persona que se ha desvivido siempre por ellos. Sí, hay algo de paradisíaco en este pueblo que tiene también mucho de ejemplar y que nos recuerda que quizá Utopía no existe porque queremos construir otras cosas y nunca nos saldrá un buen violín si estamos intentando hacer un salchichón.
Tal vez los amigos nos adviertan de este fenómeno y gracias a ellos podamos evitarlo
13:37 | 11/08/25
anrudibe
Simplemente te envío un fortísimo abrazo, querido Elentir. ¡Cuánta falta hace gente como tú! Muchas gracias por tus aportaciones, por tus reflexiones y por tu generosidad y grandeza. ¡Hala, otro abrazo más!
18:19 | 11/08/25
Julio Tuñón
Lo siento, con todo mi afecto, Julio.
20:10 | 11/08/25
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