El 11 de noviembre de 1947, en el Parlamento británico, Winston Churchill pronunció una interesante reflexión sobre la democracia.
De esa cita del famoso primer ministro británico se suele recordar sólo una frase, pero creo que es mejor leer el párrafo entero. Lo he tomado del sitio web del Parlamento británico:
"Aceptamos en el pleno sentido de la palabra la firme y persistente voluntad del pueblo. Toda esta idea de un grupo de superhombres y superplanificadores, como el que vemos ante nosotros, "haciendo de ángel", como lo llaman los franceses, y obligando a las masas a hacer lo que creen que les conviene, sin ningún control ni corrección, es una violación de la democracia. Se han probado muchas formas de gobierno, y se probarán en este mundo de pecado y aflicción. Nadie pretende que la democracia sea perfecta ni omnisciente. De hecho, se ha dicho que la democracia es la peor forma de gobierno, con excepción de todas las demás que se han probado ocasionalmente; pero existe un sentimiento generalizado en nuestro país de que el pueblo debe gobernar, gobernar continuamente, y que la opinión pública, expresada por todos los medios constitucionales, debe moldear, guiar y controlar las acciones de los ministros, quienes son sus servidores y no sus amos".
Lo que Churchill plasmó en estas palabras es la esencia de la democracia liberal: la elección del gobierno por el pueblo, un poder limitado y la libertad individual, como diques frente a los abusos de los políticos y frente a los proyectos de ingeniería social.
Si Churchill pronunció esas palabras en 1947, tras una guerra mundial en la que el nazismo fue derrotado y la democracia liberal salió victoriosa (al menos en la parte occidental de Europa: la otra mitad se vio sometida al yugo comunista), es porque la democracia liberal nunca ha dejado de estar acechada por todo tipo de amenazas. Están las más directas, como el nazismo y el comunismo, dos movimientos totalitarios que buscaban reducir la democracia a escombros, pero también hay amenazas menos visibles, que consisten en degradar o pervertir la democracia liberal para dar lugar a otra cosa.
Hoy en día esos dos tipos de amenazas persisten en nuestra sociedad. Los nazis son afortunadamente marginales, pero los comunistas siguen teniendo una gran influencia, ya no sólo a nivel global (las dictaduras comunistas aún gobiernan a la quinta parte de la humanidad) sino también en Occidente, donde la extrema izquierda ha logrado recuperarse de su caída en 1989 para acabar dirigiendo una parte importante del discurso político actual, como podemos ver en monstruosidades intelectuales como la ideología de género.
Las amenazas indirectas también persisten y son considerablemente fuertes. Esos "superplanificadores" contra los que Churchill advertía en 1947 proliferan hoy al amparto de Estados elefantiásicos inspirados en las tesis socialistas. Las instituciones de la Unión Europea son un claro ejemplo de ello, con un ejército de burócratas intentando diseñar y controlar hasta los más nimios aspectos de nuestra existencia. Por supuesto, un Estado que invade cada vez más esferas de la sociedad no es la panacea de la democracia liberal, sino una forma de ir liquidándola poco a poco, ya que no puede haber una limitación eficaz del poder político cuando éste pretende controlarlo todo.
Curiosamente, hay personas que atribuyen a la democracia liberal los signos de deterioro provocados por quienes la están destrozando, ya sea por desconocimiento o por confusión. Esto, obviamente, genera un cierto desapego por la democracia en sí. Otros, con menos disimulo, pretenden enterrar viva la democracia porque en el fondo detestan su esencia. No quieren un poder político limitado, no creen en la libertad individual y no aceptan que el pueblo elija a sus gobernantes, porque de esta forma se arriesgan a que el resultado electoral no sea de su agrado.
Cada vez que la democracia entra en crisis (es decir, cuando sufre graves signos de deterioro o fuertes intentos de descrédito), los que detestan la esencia de la democracia liberal intentan aprovechar la oportunidad para captar a quienes se sienten confundidos al interpretar como males intrínsecos de la democracia lo que en realidad son daños provocados por quienes intentan degradarla. Todo este proceso es alimentado periódicamente por esa realidad que Churchill evidenciaba: la democracia no es perfecta, como no lo es ninguna creación humana, pues los seres humanos cometemos errores y nuestras obras son un reflejo de nuestra propensión a equivocarnos.
Cuando llega un momento así, yo siempre pregunto lo mismo: ¿cuáles son las alternativas de los enterradores de la democracia? Ya sabemos que la democracia liberal no es perfecta y que tiene defectos, y por ello quienes creemos en ella nos esforzamos por señalar esos defectos para que sean corregidos. Otros piden derribar la casa porque han visto una gotera, pero no nos quieren explicar qué es lo que van a construir cuando el solar quede vacío. Obviamente, no hace falta ser muy listo ni tener dotes de adivinación para hacerse una idea de lo que buscan.
Cuando quienes quieren enterrar viva la democracia liberal son los que apoyan a dictaduras comunistas, los que pretenden imponer la ley islámica en Occidente (reproduciendo aquí la misma falta de libertad que existe en las dictaduras islamistas), los que añoran el fascismo o quienes aplauden a criminales como Putin y Lukashenko (por citar algunos ejemplos de la variada fauna política que acude presta a este entierro), el resultado lo podemos pronosticar leyendo los libros de historia o las noticias que vienen de países sometidos a dictaduras.
Llamadme raro o quisquilloso o lo que prefiráis, pero personalmente, prefiero vivir en una democracia liberal, con todos sus defectos, que verme sumido en una dictadura, sea del tipo que sea, porque no deseo vivir en ningún régimen en el que discrepar del poder político implique el riesgo de acabar muerto o en prisión. No soy el único. Basta con ver de dónde huye la gente y hacia dónde para darse cuenta de la suerte que tenemos quienes vivimos en países democráticos, aunque algunos pretendan convencernos de que vivimos en algo parecido a Mordor. De nosotros depende que esa suerte no desaparezca y que nuestra democracia no sucumba ante quienes intentan degradarla o liquidarla, porque -repito- está muy claro lo que buscan.
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Foto: Miltiadis Fragkidis.
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Comentarios:
AlbertoAG
El problema principal que tenemos es la imposición de leyes que atentan contra nuestras costumbres y tradiciones.
Por eso,lo que urge, al menos en España, es recuperar como eje central en el derecho español el concepto de fueros, leyes que emanaban de las propias costumbres y que hicieron de los reinos cristianos peninsulares las zonas más libres de toda Europa Occidental durante la Edad Media.
Frente al absolutismo parlamentario y a la corrupción de los partidos políticos y las autonomías, la única alternativa es recuperar el espíritu de los fueros y extenderlo a todos los rincones de España.
13:23 | 23/11/25
FaramirGL
En línea con lo que dice Alberto en el comentario anterior, ocurre que el liberalismo y, por ende, la democracia liberal, no tiene la fuerza moral para evitar que la destruyan los totalitarismos. Ya sean estos ideológicos (como el socialismo y sus múltiples variantes) o religiosos (sectas diversas y el Islam, especialmente).
El liberalismo tiene la consistencia de la gelatina. Uno puede escoger el sabor, pero sigue siendo gelatina. El ser humano es, esencialmente, religioso, pero nuestra constitución, por ejemplo, elimina a Dios de su fundamento y de la vertebración de sus leyes: CUALQUIER INMORALIDAD ES VÁLIDA, si la vota una mayoría.
Ya sea el aborto, la ley de «violencia de género», el silenciamiento de los conservadores, la permisividad con la tiranía o el elogio de la degeneración sexual.
Pues, no. Este no es el régimen en el que quiero vivir.
12:33 | 24/11/25
isanchezgil
!Qué grande y magnífico era el Sr. Churchill! !Y qué bien deja, con un corto parrafito, establecida la esencia de la democracia!
Los cambios sociológicos que se han producido después de 1945: fundamentalmente la okupación de la representación parlamentaria por parte de partidos formados por gente sin escrúpulos, que a lo único que vienen a la política es a forrarse los bolsillos, produce esos rechazos que simplemente son reacciones con poca base político-social detrás.
Por mi parte me quedo con la democracia como la define el Sr. Churchill, pero es difícil mantener esta opinión hoy día en que los corruptos partidos políticos han organizado la formación-educación de los jóvenes y no tan jóvenes de forma que no sepan si están de pié o boca abajo. Y, además, desde principios del 2000 están recibiendo dinero a manos llenas de la peor autocracia que existe en el mundo: los riquisimos países islámicos que nadan en petróleo y no usan el dinero para favorecer a sus pueblos, sino para corromper a los políticos occidentales.
20:32 | 24/11/25
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