Uno de los argumentos más habituales para justificar el aborto y la eutanasia allí donde son legales es decir, simplemente, que son legales.
Esta semana hemos vuelto a ver ese argumento en relación a la eutanasia de una chica española de 25 años que sufría depresión. Este caso, según algunos, no merece ningún reproche simplemente porque la eutanasia es legal y se aplicó tal como lo establece la norma impulsada por la izquierda y aprobada por el Congreso en 2020. Ese argumento es francamente débil: si una ley es correcta por el mero hecho de ser ley, ¿por qué razón se cambian a menudo las leyes?
Creer que algo es correcto por el mero hecho de ser legal es un error que ya salió muy caro en el siglo pasado, y el olvido de una parte terrible de nuestra historia nos somete al riesgo de repetirla. La dictadura de Hitler cometió enormes abusos al amparo de leyes y disposiciones creadas por los propios nazis, como por ejemplo la ilegalización de los demás partidos políticos, la concentración de poderes en el canciller y las leyes raciales de Nüremberg, que sirvieron para someter a una brutal discriminación a la población judía. Los nazis aprobaron esas leyes tras haber ganado las elecciones de marzo de 1933, de modo que según el argumento manejado aún hoy por algunos, las leyes injustas aprobadas por el régimen de Hitler serían irreprochables simplemente porque fueron aprobadas siguiendo un procecimiento legal.
Eso generó un gran debate jurídico al terminar la Segunda Guerra Mundial: ¿era posible condenar judicialmente a los jerarcas nazis por hacer cosas que eran monstruosas pero legales? Según la mentalidad del positivismo moral existente imperante hasta entonces, la respuesta habría sido un no rotundo. Sin embargo, se impuso el argumento de que hay derechos inherentes al ser humano que ninguna ley puede vulnerar, pues si lo hace se convierte automáticamente en una ley abusiva y que pone a una democracia en el camino de la tiranía. Fue así como se aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos en diciembre de 1946, para recordar que las leyes tienen límites.
Parece que hemos olvidado la importancia del derecho natural a la hora de aprobar las leyes, es decir, la necesidad de ajustar nuestras normas a unos límites que están derivados de la existencia de los derechos humanos. La ola de relativismo moral de las últimas décadas ha contribuido a ello, creando un cóctel letal y llevando a muchos a creer que nada está mal ni está bien, que todo depende del cristal con el que se mira algo, y a la vez estableciendo la creencia de que si la mayoría aprueba una ley, entonces esa ley es correcta y no merece ser calificada como injusta, aunque sea una ley abusiva.
La izquierda lleva muchos años aplicando ese relativismo con una doble moral que considera intolerables aquellas leyes que contradicen los dogmas progresistas, como por ejemplo las leyes que protegen la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, para después considerar intocables las leyes creadas para normalizar el aborto y la eutanasia, un proceso que el Papa San Juan Pablo II calificó muy acertadamente como la "cultura de la muerte".
Debemos romper de una vez con esa tendencia. Las leyes que permiten matar a bebés por nacer y a personas enfermas o deprimidas son leyes aberrantes que merecen ser derogadas. Que hayan sido aprobadas por una mayoría parlamentaria no hace que esas leyes sean menos injustas y atroces: simplemente revela el grado de confusión moral en el que ha caído una sociedad que ya es incapaz de distinguir el bien y el mal en lo que respecta a la protección de la vida humana, después de haber sido bombardeada durante años con la propaganda ideológica de la izquierda a través de muchos medios de comunicación.
Obviamente, decir esto hace que muchos te señalen, porque implica romper consensos perversos que han sido establecidos por una parte de la clase política para blindar leyes injustas creadas por ella misma. Los abolicionistas de la esclavitud también fueron odiados por muchos en países democráticos cuando trataban de convencer a la sociedad de lo aberrante que era tratar a seres humanos como un objeto. Los que se opusieron a las aberrantes leyes nazis afrontaron consecuencias mucho peores que el odio, siendo encarcelados, torturados y ejecutados, como ocurrió, por ejemplo, con los jóvenes opositores de La Rosa Blanca.
Hoy sigue siendo necesario denunciar aquellas leyes que violan la dignidad humana, y de hecho esta labor es una de las más importantes que tenemos por delante en muchos países democráticos. Otra cosa es que algunos hayan decidido que es mejor dejarlo estar y no hacer nada, cediendo ante la pereza, ante la cobardía y ante la propaganda mientras nuestra sociedad se precipita por una pendiente resbaladiza cada vez más escandalosa.
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Foto: Tingey Injury Law Firm.
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Comentarios:
Flanker
España es un país fallido. La mitad de la población ampara esa aberración, que si no se remedia, a partir del triste caso de Noelia, se abre la veda para que el Estado socialcomunista pueda quitarle la vida a cualquiera que esté deprimido.
El PP está incluido en ese Estado. Solamente sexsakva VOX en el infecto panorama político español, ojalá hubiera más partidos pero no es así.
Vivimos rodeados de monstruos que te dicen que es la Ley…
Por mi parte lo he comprobado en primera persona.
11:42 | 29/03/26
Flanker
Lo digo siempre. España es un país con mentalidad socialista en gran parte de la población (tanto de izquierda roja como de izquierda azul) pero que quiere vivir en una economía de mercado. La esquizofrenia más absoluta.
10:21 | 30/03/26
isanchezgil
mi marido, que era abogado, tenía un dicho: «todo lo que es legal no es siempre legítimo». Aplíquese, por ejemplo, al mantenimiento de Sánchez en el poder sin haber presentado ni un presupuesto.
Lo del aborto, por tanto, se cae por su propio peso.
12:44 | 30/03/26
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