Desde hace muchos años, la extrema izquierda viene aplicando una serie de recetas que siempre conducen a un final muy previsible.
En el siglo pasado lo vimos en el caso de Cuba, un país sometido a una dictadura comunista desde 1959, después de un levantamiento armado encabezado por unos demagogos que supuestamente iban a liberar el país. A comienzos de este siglo Venezuela cayó en ese agujero negro del totalitarismo, de la mano de dos grandes charlatanes socialistas: Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Desde 2007, Nicaragua lleva el mismo camino, con una dictadura comunista encabezada por Daniel Ortega y su mujer, Rosario Murillo, un régimen antidemocrático que ha emprendido una feroz persecución contra la Iglesia Católica.
México está emprendiendo la misma deriva antidemocrática, un camino que empezó a recorrer de la mano del presidente Andrés Manuel López Obrador, fundador del llamado Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), un partido populista de izquierda bajo el cual en 2021 México abandonó el club de las democracias imperfectas para ingresar en el club de los regímenes híbrids, la antesala de los regímenes autoritarios. Por si alguien lo ha olvidado dos décadas después, es el mismo camino que Venezuela empezó a recorrer en 2006 y Nicaragua en 2008, ambas de la mano de la extrema izquierda. Hoy esos dos países son regímenes autoritarios.
La extrema izquierda mexicana ha seguido las mismas recetas que en otras partes del continente americano, empezando por la hispanofobia, uno de los discursos de odio favoritos de la izquierda más radical y demagoga, no sólo en América, sino también en España, donde es promovida abiertamente por los comunistas y por la extrema izquierda separatista. Al otro lado del Atlántico, la ultraizquierda basa su discurso en inventarse un genocidio que no existió (de hecho, lo que hizo España fue poner fin al genocidio que los aztecas estaban perpetrando contra otros pueblos precolombinos).
Es exactamente la misma mentira que la extrema izquierda y el separatismo promueven en España, pero en México tiene una peculiaridad: mexicanos descendientes de españoles están acusando falsamente de ese genocidio a sus propios antepasados, que son los que viajaron hasta el Nuevo Mundo y se quedaron a vivir allí. Esa mentira es lo que explica las recientes polémicas en torno a Hernán Cortés en México, un debate tan absurdo como si los españoles empezásemos a demonizar a nuestros antepasados romanos.
Al final, ese debate absurdo, promovido desde el poder político, ha empezado a revelar sus intenciones. Ayer, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, tuvo que suspender su visita a México después de que la presidenta del país, la ultraizquierdista Claudia Sheinbaum, amenazase con prohibir la celebración de un evento en el que la política española tenía previsto participar. Una amenaza propia de una persona cuyo concepto de la democracia parece ser el mismo que el de Fidel Castro, Hugo Chávez, Nicolás Maduro y Daniel Ortega.
Además de ello, la extrema izquierda ha conseguido que México ingrese en la lista de 50 países que más persiguen a los cristianos en el mundo, con el puesto número 31 en la última clasificación publicada por la ONG Puertas Abiertas en enero. El gobierno de Sheinbaum viene protagonizando ataques a la independencia judicial, ataques sistemáticos a la libertad de prensa, intentos de controlar lo que se publica en las redes sociales e intentos de someter a vigilancia a los ciudadanos, todo ello en medio de un acercamiento a la dictadura de Vladimir Putin ya iniciado por López Obrador hace unos años. Los antidemócratas se atraen entre sí igual que el estiércol a las moscas.
Paralelamente a esa deriva antidemocrática, la política de tolerancia de la ultraizquierda hacia el crimen organizado en México ha llevado al país a unas marcas históricas de homicidios. Mientras Sheinbaum se dedica a promover el odio a España y a hablar mal de Hernán Cortés, un explorador español fallecido en 1547, el pueblo mexicano está siendo desangrado por una perversa entente entre el narcotráfico y la extrema izquierda, la misma entente que antes desangró un país próspero como era Venezuela, hasta convertirlo en una gran prisión.
Si México quiere hallar a los causantes de su desgracia no necesita remontarse cientos de años en el pasado (cuando el Virreinato de la Nueva España era el territorio más rico y más próspero del Imperio Español, por si alguien lo ha olvidado): lo que debe hacer es pedir cuentas a charlatanes como López Obrador y Sheinbaum, que están llevando a ese país hermano por el camino de la ruina y de la tiranía.
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Foto: aristeguinoticias.com.
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Comentarios:
isanchezgil
Que la obra civilizadora de España en América es incuestionable históricamente, debería ser suficiente para que los charlatanes que usurpan el poder a base de victimismos y mentiras no tuvieran posibilidad alguna. Sin embargo, y cada vez más, están triunfando en muchos países, entre ellos, el nuestro.
Recomiendo el libro «Cómo mueren las democracias», de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (Ariel, 2018), que se ocupa desde Pinochet a la Nicaragua actual, pasando por Erdogan, para explicar cómo, a través de elecciones generales (recuérdese Hitler 1933), se pueden ir debilitando las instituciones hasta quedar solo la cáscara de la democracia, con un sistema convertido, de hecho, en dictadura.
Eso les está pasando a muchos otros países, entre ellos Méjico y España, con una presidenta mejicana que solo por su apellido debería irse a toda velocidad a Alemania, de donde le viene el ADN. Lo más increíble es su actuación con la Sra. Díaz Ayuso y el silencio de nuestro gobierno (igualito que el de Sheinbaum), que protestó contra Milei en Argentina, pero no dice nada ahora de la aberración que esta mejicana sui generis supone para el buen nombre de nuestro país.
13:28 | 10/05/26
isanchezgil
No puedo contenerme de hacer un añadido a mi intervención, porque acabo de oir al impresentable analfabeto que nos preside decir, y cito literalmente: «..algunos dan lecciones de historia, y lo que dan es vergüenza ajena..», refiriéndose a la Sra. Díaz Ayuso. Por eso quiero responderle con unos versos del inmortal Quevedo:
«Con asco, entre las otras gentes, nombro
al que de su persona, sin decoro,
más quiere nota dar, que dar asombro».
Para quien tenga curiosidad, es uno de los tercetos de la Epístola Satírica y Censoria que comienza con el célebre: «No he de callar, por más que con el dedo…», hay que leérsela entera, que es muy jugosa.
15:12 | 10/05/26
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