A menudo, sin darnos cuenta, la vida se nos pasa lamentándonos y considerándonos muy desgraciados por las cosas más variadas.
No digo que no debamos lamentarnos por nada. Hay desgracias por las que es inevitable sentirse mal. Muchas de ellas suelen ir asociadas con la muerte, algo que nos hace sentir temor no sólo porque sabemos que será el fin de nuestras vidas, sino también porque no sabemos cuándo nos llegará, y esa incertidumbre es como una sombra persistente que a veces nos impide valorar muchas cosas buenas.
Hace un año, el 7 de agosto de 2025, a las 17:46 horas, mi padre exhaló su último aliento. Murió rodeado de su familia, tras haber recibido el sacramento de la unción de enfermos un día antes. Lo más importante es que se fue en paz. Hoy podría lamentarme de ya no tener a mi padre, del hueco que ha dejado en mi casa y de las muchas conversaciones y momentos que ya no podremos vivir a su lado, pero creo que verlo así supondría no darme cuenta del gran regalo que recibimos con su vida.
Llevo un año dando gracias por todos los momentos que vivimos a su lado, hasta que Dios decidió que ya le había llegado la hora de partir hacia el cielo. Hoy doy gracias por la vida de mi padre y porque llegó a los 81 años, mientras que otros se fueron muy jóvenes.
Me siento agradecido por tener un padre (porque todavía lo tengo, pues ahora está en un sitio al que yo espero poder llegar también algún día y su presencia nos acompaña todos los días) que me supo transmitir la fe y unos principios que son para mí el mayor tesoro que me pudo dejar. Un tesoro que vale más que todo el oro del mundo y cuya tranmisión supuso para él y para mi madre toda clase de sacrificios con el fin de darme una buena educación. Me siento enormemente agradecido por ello.
Doy gracias por haberme transmitido su amor por España, país al que sirvió trabajando dura y honradamente durante toda su vida, convirtiéndose en uno de esos héroes anónimos que abundan en nuestra sociedad y que hace que la vida sea realmente bella.
Doy las gracias por todas las charlas que tuve con él, por la cantidad de veces que hablábamos de las películas que yo venía de ver (era un gran aficionado al cine, y doy gracias también porque me haya transmitido esa afición). Doy gracias porque me enseñó el significado de la palabra "empatía", una capacidad de identificarse con los sentimientos y las necesidades de los demás que él desarrolló en su vida de una forma admirable. También doy gracias por su sentido del humor, con el que atemperaba esos otros momentos en los que tenía que ponerse serio.
Doy gracias por todos los paseos, excursiones y viajes que pudimos hacer a su lado, recorriendo el paseo marítimo de Panjón, los caminos del Monte Aloya, las calles de Bayona, Pontevedra y Santiago de Compostela y visitando muchos sitios que hoy tengo asociados a buenos recuerdos junto a mi familia y a los que algún día espero volver, para poder recordar mejor los paseos por allí junto a mi padre.
Gracias por tu vida, Papá, y gracias a Dios por habernos dejado compartirla contigo hasta tu último aliento. Doy gracias también por poder seguir disfrutando de la compañía de mi madre y mis hermanos, en esta familia que es, para mí, el mayor tesoro que el Señor me ha dado y una de las cosas por las que más me siento agradecido.
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Foto: Elentir.
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