Por Álvaro J. Díaz-Mella
Al mar no le importa en qué puerto atraca un barco. Sin embargo, durante demasiado tiempo se ha instalado la idea de que nuestros puertos competían entre sí, cuando sus verdaderos rivales han estado siempre fuera de Galicia.
He tenido la suerte de nacer frente al mar, a escasos setecientos metros de la ría de Vigo. El puerto forma parte de mis primeros recuerdos: las clases de vaurien, ir a pescar panchitos con mi padre y, ya de adolescente, mis primeros ingresos descargando cajas de plátanos que llegaban de Canarias o vigilando de noche que la descarga de cereales desde los barcos se hiciera correctamente y pasara por la tolva al camión que esperaba en el muelle. Conozco ese puerto desde antes de entender lo que era. Por eso me resulta especialmente difícil aceptar que Galicia, con todo lo que tiene, no haya sabido pensar sus puertos como un sistema de forma sostenida.
Galicia posee uno de los litorales más extensos y complejos de España. Pocos territorios reúnen una red portuaria tan amplia, tanta tradición marítima y una posición geográfica tan favorable. Vigo es referencia internacional en pesca, automoción y logística de mercancía refrigerada; La Coruña desempeña un papel relevante en determinados tráficos energéticos; Ferrol conserva una posición estratégica ligada a la construcción y la reparación naval; y Marín y Villagarcía son piezas necesarias en el movimiento de graneles y mercancía general. Los puertos no son intercambiables y precisamente por eso no hace falta uniformarlos ni convertir unos en sucursales de otros. Cada uno debe desarrollar aquello que hace mejor dentro de una estrategia compartida.
Sin embargo, esa estrategia común nunca llegó a consolidarse en una política sostenida y comprobable. Hubo planes sectoriales, inversiones puntuales y reuniones de coordinación, pero no una dirección capaz de convertir esas iniciativas en prioridades compartidas, resultados medibles y una defensa conjunta de Galicia ante Madrid y Bruselas. La Xunta no decide por sí sola la política portuaria estatal, la red europea ni las inversiones ferroviarias. Pero durante treinta y ocho de los cuarenta y cinco años de autonomía ha tenido capacidad de sobra para ordenar el territorio, impulsar plataformas logísticas, coordinar prioridades e intervenir ante el Gobierno central con una posición gallega común. El PPdeG, antes Alianza Popular, ha tenido tiempo de sobra para hacerlo. No lo hizo con la continuidad que Galicia necesitaba. A esa responsabilidad autonómica se añaden las decisiones de los distintos gobiernos de España, las diputaciones y numerosos ayuntamientos, donde PP, PSOE y BNG han compartido responsabilidades de gobierno según el ámbito y el periodo. Pero repartir la culpa no debe servir para diluirla: quien más tiempo ha gobernado Galicia es quien más tiene que explicar por qué seguimos sin una política portuaria común.
El coste de esa falta de coordinación se ve, por ejemplo, en Vigo. El puerto concentra una parte importante de los tráficos gallegos de mayor valor añadido, como la automoción, los contenedores, la pesca fresca y la mercancía refrigerada. En 2025 movió 5,5 millones de toneladas, más de 674.000 vehículos y alrededor de 309.000 TEU. Sin embargo, Vigo continúa fuera de la red básica transeuropea como puerto, la categoría prioritaria de la Red TEN-T para el horizonte de 2030. La Coruña sí forma parte de esa red. No se trata de enfrentar una ciudad con otra, sino de preguntarse si Galicia puede permitirse mantener fuera de esa categoría a un puerto con el perfil logístico e industrial de Vigo.
El problema no es si Vigo tiene o no ferrocarril. El problema es que sus conexiones de mercancías todavía no ofrecen una alternativa suficientemente competitiva a la carretera para una parte relevante de los tráficos portuarios. Mejorar los accesos ferroviarios y las plataformas logísticas vinculadas al puerto no es una reivindicación simbólica, sino una condición para reducir costes, atraer actividad industrial y conectar de verdad Galicia con los grandes corredores europeos. Ferrol, cuya actividad naval e industrial exigiría igualmente una integración ferroviaria moderna y competitiva, arrastra problemas similares. Cuando dos puertos con funciones tan diferentes padecen limitaciones de accesibilidad, el fallo deja de parecer una demanda local. Revela una deficiencia territorial.
Leixões es el espejo en el que Galicia debería mirarse con incomodidad. El principal puerto del norte de Portugal combina tráficos energéticos y graneles con una posición mucho más fuerte en contenedores y mercancía general, mientras impulsa nuevas inversiones para elevar su capacidad logística. En 2025 movió más de 708.000 TEU, frente a los algo más de 309.000 de Vigo, y su planificación prevé alcanzar una capacidad próxima al millón de TEU. El conjunto de las Autoridades Portuarias gallegas mueve más toneladas, pero no basta con sumar tonelaje si una parte relevante no se traduce en mayor presencia en los tráficos que articulan cadenas logísticas internacionales. La competencia nunca estuvo en la ría de al lado, sino en Leixões, Sines, Róterdam o Amberes. Llevamos demasiado tiempo mirando hacia el ombligo cuando deberíamos estar mirando hacia el Atlántico. La frontera del Miño no detiene las mercancías ni los barcos. Pero durante demasiado tiempo ha limitado nuestra capacidad de pensar en grande.
No se trata de eliminar las Autoridades Portuarias ni de crear otra estructura burocrática que añada cargos y reuniones a las ya existentes. Se trata de coordinar objetivos, especializar tráficos, evitar inversiones duplicadas y eliminar trabas que retrasan proyectos necesarios. Las instituciones deben escuchar mucho más a quienes conocen el sector desde dentro y han acumulado una experiencia que no siempre llega a los despachos, pero también explicar con transparencia qué inversiones se priorizan, por qué se hace y qué resultados se esperan obtener. Cuando el dinero es de todos, nadie debería pedir fe. Debería presentar cuentas.
Ya cometimos un error parecido con los aeropuertos. Confundimos la defensa de cada infraestructura con la competencia entre ciudades y esa rivalidad benefició a los de fuera. Los puertos no son iguales a los aeropuertos, pero el riesgo de repetir la misma lógica existe. Defender Vigo no debería significar perjudicar a La Coruña, Ferrol, Marín o Villagarcía. Defender Galicia consiste precisamente en conseguir que cada uno aporte más al conjunto de lo que le resta la rivalidad interna.
Los puertos gallegos no pertenecen a una ciudad ni a otra: son un patrimonio común. Cuando era niño y miraba los barcos desde el muelle, no pensaba en estrategias ni en corredores logísticos. Pensaba en lo grande que era el mundo y en todo lo que entraba y salía por aquella ría. Esa sensación sigue siendo verdad: para mí, el mundo entra y sale por Vigo cada día. Lo que ha faltado, durante demasiado tiempo, no es mar, ni actividad, ni capacidad empresarial. Ha faltado una voluntad política dispuesta a aprovecharlo en serio, a defender fuera lo que Galicia tiene dentro y a hacer que nuestros puertos sumen en lugar de restar.
Álvaro J. Díaz-Mella
Vigo, octubre de 2026
Fuentes:
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Foto: Elentir. Puerto de mercancías de Guixar, en Vigo.
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