Galicia, mal conectada

EngGal Sáb 29·8·2026 · 17:35 1

Por Álvaro J. Díaz-Mella

No faltan aeropuertos, puertos, carreteras ni ferrocarril. Falta una red pensada como sistema.

Cuando prometer sale gratis
Vigo se muere. La ciudad de las luces que se apaga

El sábado pasado Aurelio, un viejo amigo de mi época universitaria en Madrid, celebraba su 60 cumpleaños en Pedreña, frente a Santander. La invitación tenía para mí algo especial: suponía volver a encontrarme con amigos de aquella época con los que hacía muchos años que no coincidía en persona, algunos desde hacía alrededor de treinta años. Mi mujer no podía acompañarme por motivos laborales, pero yo tenía claro que quería estar allí.

Y mereció la pena. Treinta años dan para muchos cambios. A algunos les queda menos pelo, otros tenemos más canas, unos han ganado algún kilo y otros lo han perdido, y hubo incluso amigos a los que, durante unos segundos, no reconocí hasta que sonrieron. Entonces volvían a ser los mismos. Muchos acudieron con hijos que ya rondan los veinte años, una forma bastante eficaz de recordarnos cuánto tiempo había pasado. Recuperamos anécdotas que creíamos olvidadas y también recordamos a quienes ya no estaban, algunos fallecidos demasiado jóvenes, dejando mujer e hijos pequeños. Fue uno de esos reencuentros en los que la alegría y la nostalgia terminan sentándose a la misma mesa.

Pero antes de poder sentarme a aquella mesa tenía que resolver algo mucho más práctico: cómo llegar desde Vigo hasta Santander. En coche eran 574 kilómetros y algo más de cinco horas por trayecto. El autobús directo rondaba las diez horas, a veces más. El tren tampoco resolvía demasiado: no existe conexión directa y las combinaciones disponibles suponían alrededor de diez horas y al menos un transbordo. Al final tuve suerte. Encontré un vuelo directo por 200 euros ida y vuelta. No era precisamente una ganga, pero frente a más de 1.100 kilómetros de coche entre ida y vuelta, diez horas de autobús por trayecto o una complicada combinación ferroviaria, la decisión resultó bastante sencilla.

Mientras buscaba aquellas alternativas me di cuenta de algo que a veces olvidamos cuando discutimos sobre infraestructuras. Yo no tenía ningún interés especial en viajar en avión, tren, autobús o coche. Quería simplemente llegar a Santander de una forma razonable.

Los ciudadanos no necesitamos un determinado medio de transporte. Necesitamos estar bien conectados.

Una semana después abro el periódico y me encuentro con varias noticias que parecían dar continuidad a aquella experiencia. Una explicaba que el nuevo mapa concesional por carretera del Ministerio de Transportes prevé reducir las frecuencias de autobús entre Vigo y Madrid a partir de 2028, confiando en que el desarrollo ferroviario absorba buena parte de esos desplazamientos. En la misma página descubro que dos de las tres rutas de autobús más largas de España hacen parada en Vigo. Enfrente, otra noticia cuenta que Argelia, Marruecos y Estados Unidos se encuentran entre los principales destinos de las exportaciones que salen del Puerto de Vigo. Quizá aquellas páginas estaban contando, sin proponérselo, una misma historia: Vigo está lejos de casi todo por tierra y cerca de medio mundo por mar. Pero sería demasiado fácil echarle toda la culpa a la geografía. Nuestro problema no es simplemente que Galicia esté lejos. Es que demasiadas veces está mal conectada con lo que tiene cerca.

Basta mirar hacia dentro. Vigo y Lugo están separadas por apenas 189 kilómetros por carretera y, sin embargo, ni siquiera existe un tren directo entre ambas ciudades. Para viajar en ferrocarril entre la mayor ciudad de Galicia y una de sus cuatro capitales provinciales hay que hacer transbordo, normalmente en Orense, y dedicar alrededor de cuatro horas al trayecto. Pese a las importantes inversiones en marcha para modernizar la conexión de Lugo a través de Orense y Monforte, tampoco parece contemplarse entre los proyectos anunciados un servicio directo entre Vigo y Lugo. Podemos hablar mucho de alta velocidad y de grandes corredores, pero una red ferroviaria gallega debería empezar por algo bastante elemental: permitir que nuestras principales ciudades estén razonablemente conectadas entre sí.

Si miramos hacia el sur encontramos otra paradoja. A menos de 160 kilómetros de Vigo tenemos Oporto, una de las grandes áreas metropolitanas de la península y un aeropuerto que mueve muchos más pasajeros que los tres aeropuertos gallegos juntos. Sin embargo, nuestra conexión ferroviaria con Portugal continúa muy lejos de lo que cabría esperar entre dos territorios con semejantes relaciones económicas, industriales y humanas. También resulta llamativo que desde Vigo exista una amplia oferta diaria de autobuses directos al aeropuerto de Sá Carneiro mientras que para llegar en transporte público a Lavacolla, nuestro principal aeropuerto gallego, la oferta directa sea sensiblemente menor y muchas veces la alternativa pase por viajar primero hasta Santiago y enlazar allí con otro autobús. El mercado parece haber entendido antes que nuestras administraciones que proximidad y conectividad no son la misma cosa.

La frontera administrativa de Tuy no debería determinar nuestra manera de entender el mapa. El eje atlántico gallego y el norte de Portugal forman un espacio económico que necesita mejores conexiones norte-sur. Acercar Vigo a Oporto puede ser, en determinados ámbitos, tan importante como acercarlo a Madrid. Y por mar sucede casi lo contrario: desde el Puerto de Vigo salen mercancías hacia Marruecos, Argelia o Estados Unidos. Aquello que nos aleja por tierra del centro de Europa nos sitúa al mismo tiempo frente a algunas de las grandes rutas marítimas internacionales. Nuestra geografía no es buena ni mala. Depende de lo que hagamos con ella.

Durante décadas hemos intentado compensar nuestra situación invirtiendo en transportes. Galicia tiene tres aeropuertos, cinco puertos de interés general, autopistas y autovías, una extensa red de carreteras y una conexión de alta velocidad que llega hasta Orense. No partimos precisamente de cero. Pero quizá nos ha faltado algo más importante: pensar cómo debería moverse Galicia en el siglo XXI. Las concesiones de autobús dependen unas veces del Estado y otras de la Xunta; las carreteras se reparten entre distintas administraciones; el ferrocarril tiene sus propios responsables y los aeropuertos los suyos. Cada uno puede explicar perfectamente hasta dónde llega su competencia.

El problema aparece cuando nadie parece responsable del viaje completo.

El nuevo mapa concesional por carretera ofrece un buen ejemplo. Si dentro de unos años existe una conexión ferroviaria suficientemente rápida, frecuente y competitiva entre Vigo y Madrid, es lógico que muchos viajeros prefieran el tren y disminuya la demanda del autobús. Pero el orden debería ser otro: primero debe funcionar correctamente la alternativa y después adaptar los servicios a la nueva realidad, no al revés. Si el Ministerio reduce un servicio, la Xunta considera que esa decisión perjudica a Galicia y ambas administraciones son incapaces de acordar una alternativa, quien pierde la conexión es el ciudadano. Quien necesita desplazarse no viaja entre competencias administrativas: viaja entre lugares. Estado y Xunta deberían coordinar sus redes y buscar soluciones conjuntas. ¿Qué culpa tiene el ciudadano de que las administraciones no sean capaces de gestionar el conjunto de forma coordinada?

Lo más frustrante es que una mala planificación puede condicionarnos durante generaciones. Una conexión ferroviaria que nunca se hizo, una carretera mal planteada o unos medios de transporte que no se pensaron de forma conjunta lastran el territorio durante décadas. Los gobiernos cambian, los responsables políticos se marchan y la factura permanece. La seguimos pagando los ciudadanos con nuestros impuestos, nuestro tiempo y nuestras oportunidades perdidas. No se trata de exigir que un gobernante responda personalmente por cada decisión que con el tiempo resulte equivocada, sino de exigir responsabilidad política por los resultados. Porque gastar mucho no significa necesariamente invertir bien.

La alternativa tampoco consiste simplemente en construir más. Los puertos necesitan buenas conexiones ferroviarias y viarias para mover mercancías; los aeropuertos, accesos rápidos que amplíen su área de influencia; el ferrocarril debe comunicar nuestras ciudades entre sí y conectarnos eficazmente con Portugal y con el resto de España; el autobús debe complementar esa red allí donde el tren no resulte competitivo, y las carreteras seguirán siendo imprescindibles en un territorio tan disperso como el nuestro. Se trata de utilizar mejor lo que tenemos y decidir las nuevas inversiones pensando en cómo encajan unas con otras. Una política de transportes no debería empezar preguntándose cuántos kilómetros de AVE, cuántos vuelos o cuántas autovías podemos inaugurar, sino dónde necesitan desplazarse las personas y las mercancías y cuál es la manera más eficiente de conseguirlo.

Yo conseguí llegar al cumpleaños de Aurelio y regresé a Vigo con la sensación de que el viaje había merecido mucho la pena. Volver a encontrarnos tantos años después, conocer a los hijos ya mayores de algunos amigos y recordar juntos a quienes se quedaron por el camino me recordó que detrás de cualquier discusión sobre transportes hay algo bastante sencillo: personas que necesitan llegar a algún sitio.

Galicia no puede desplazarse unos cientos de kilómetros hacia el centro de Europa, pero tampoco lo necesita. Tenemos puertos, aeropuertos, carreteras y ferrocarril; tenemos industria, una extraordinaria fachada atlántica y Portugal a nuestro lado. Buena parte de las piezas ya están sobre el tablero. Quizá haya llegado el momento de dejar de discutir quién se queda con cada una y empezar a pensar cómo encajarlas.

Álvaro J. Díaz-Mella
Vigo, agosto de 2026

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Foto: Elentir.

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Comentarios:

  1. Alvaro Diaz-Mella Lopez

    Gracias, Elentir, por la publicación.💪🏻🇪🇸

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