¿Acierta la mayoría cuando respalda liquidar los límites al poder político?

¿Ser demócrata implica creer que aquello que vota la mayoría es siempre lo correcto?

Ayer la diputada Mónica Oltra, de la formación pancatalanista valenciana Compromís, lanzaba en Twitter un argumento boomerang contra la convocatoria de unas nuevas Elecciones Generales.

Por el relativismo hacia el absolutismo
Las raíces morales de la democracia

¿En qué consiste ‘votar bien’?

Éste es el tuiteo de la señora Oltra:

Al leer este comentario, la pregunta que me surge es ésta: ¿y en qué consiste “votar bien”? Veamos el mapa político. El voto se ha repartido, principalmente, entre cuatro partidos mayoritarios. Algunos de ellos defienden cosas que se contraponen a las que defienden otros. ¿Han votado bien los que otorgaron su voto a partidos que defienden la ruptura de España y también los que votaron a quienes defienden su unidad? Afirmar ambas cosas nos lleva a la conclusión que votes lo que votes, habrás votado bien si simplemente has confiado tu apoyo a aquellos que, en tu opinión, merecen tenerlo. Pero nada dice que esa decisión tenga que ser inmutable. Muchos que votaron a un determinado partido el 20 de diciembre pueden haber cambiado de idea. Y en todo caso, una situación de parálisis política, fruto de un reparto de los escaños que impide cualquier acuerdo de gobierno con posibilidades de éxito, tiene una salida razonable: devolver la palabra al pueblo.

¿’Votar bien’ es votar lo ‘políticamente correcto’?

Otra cosa es que se considere la corrección del voto no como el mero hecho de apoyar al partido que crees que merece tu confianza -es decir, algo puramente subjetivo-, sino como la idea de apoyar al partido correcto. Quedaría, pues, por definir qué entendemos por “correcto” en política. Algunos ya lo han hecho, recurriendo sin más a la catalogación como “políticamente correcto” de aquello que a ellos se lo parece. De hecho, la corrección política se está imponiendo en los países democráticos como una nueva forma de pensamiento único que no admite discusión alguna. ¿Debemos deducir que lo correcto será votar “lo políticamente correcto”? El caso es que eso implica, por ejemplo, dar por hecho que la ideología de género -uno de los componentes de la corrección política- es una verdad absoluta e incuestionable, que ni siquiera debe ser contrastada con la realidad. Los intentos de contraste, de hecho, se topan a menudo con un rechazo visceral, en forma de descalificaciones: una forma de defender ideas que parece muy poco propia de quienes dicen defender lo que es justo, bueno, correcto y acertado. Si no tienen forma de defender lo políticamente correcto con argumentos intelectualmente serios y sostenibles, ¿en qué autoridad se basa dicha corrección?

¿’Votar bien’ es una cuestión científica que se puede dirimir en una Facultad?

Algunos estarán pensando que la solución al problema es aplicar la ciencia a la política, en la cada vez más extendida y cuasirreligiosa idea de que “lo científico” es la verdad absoluta. El caso es que el método científico implica revisar constantemente tus conclusiones para contrastarlas con la realidad. Este método es el que me hace difícil comprender que haya facultades universitarias que dicen impartir “Ciencias” Políticas, como si en ellas se cultivase la verdad política por excelencia, pero que acaban convertidas en el coto exclusivo de la izquierda totalitaria, como ocurre con la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid, de la que salieron los principales dirigentes de Podemos y en la que la ultraizquierda ni siquiera permite que se expongan ideas que la contradigan. Si el debate, entendido como contraste de ideas, es imposible en dicha Facultad, ¿con qué derecho se arroga una condición científica?

¿Por qué surgió la democracia?

A lo que nos lleva todo esto es a un hecho que se ha ido olvidando en las sociedades democráticas: la propia naturaleza de la democracia. Esta forma de gobierno surgió en un mundo dominado por las monarquías absolutistas. Era, por tanto, una reacción a la tiranía, un intento de limitar un poder del Estado que se había vuelto casi ilimitado. ¿Y cuál ha sido la evolución de esa forma de gobierno a partir de ese punto inicial? Hay ejemplos dispares. Es más desfavorable de todos para la democracia fue la Revolución Francesa. Con la excusa de derribar a una tiranía monárquica, en la Francia de finales del siglo XVIII se instauró el primer régimen totalitario de Europa. Se hizo, todo hay que decirlo, con un sistema de sufragio que permitía a los ciudadanos elegir a sus representantes. Esto no impidió la aparición del Terror jacobino, que ejecutó a más de 41.000 personas en 11 meses mediante la guillotina por motivos tales como ser aristócrata, monárquico, católico o conservador. Una experiencia democrática mucho más positiva fue la de Estados Unidos, donde la reacción a la tiranía monárquica absolutista se plasmó en la aparición de un nuevo país. En este caso, la democracia resultó ser mucho más saludable porque, a diferencia de lo ocurrido en Francia, la revolución no quiso llevarse por delante las creencias religiosas y tradiciones del pueblo americano, sino que supo acogerlas en un entorno favorable a la libertad individual. Por supuesto, la experiencia distó mucho de ser una democracia perfecta. La existencia de la esclavitud y su posible supresión acabó llevando a los americanos a una cruenta Guerra Civil en el siglo XIX. Pero la mayor crisis de la democracia estaba por llegar con el ascenso al poder del nazismo por medio de elecciones democráticas, para a continuación liquidarlas. Después de la Segunda Guerra Mundial se hizo evidente la necesidad de establecer límites al poder de las mayorías en los países democráticos, y se promulgó la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Hayek y la democracia ilimitada

La experiencia democrática en las últimas décadas demuestra que el modelo está fallando. ¿Y por qué motivo? Friedrich A. Hayek lo explicó acertadamente en 1976:

“El advenimiento de la democracia en el siglo pasado produjo un cambio decisivo en el ámbito de los poderes del gobierno. Durante siglos, los esfuerzos se habían dirigido a limitar los poderes del gobierno; y el desarrollo gradual de las constituciones no tuvo más objetivo que éste. Pero de improviso se pensó que el control del gobierno por parte de los representantes elegidos de la mayoría hacía inútil cualquier otro control sobre los poderes del gobierno, de suerte que se podía prescindir de todas las diversas tutelas constitucionales creadas a lo largo del tiempo.”

El resultado ha sido lo que Hayek denominaba la “democracia ilimitada”, que él definía de esta forma:

El acuerdo alcanzado por la mayoría sobre el reparto del botín conquistado aplastando a una minoría de conciudadanos, o decidiendo cuánto hay que saquearles, no es democracia, o por lo menos no es aquel ideal de democracia que tiene una justificación moral. La democracia en sí misma no es igualitarismo. Pero la democracia ilimitada está destinada a ser igualitaria.

La igualdad de oportunidades frente a la igualdad de resultados

La mención al igualitarismo merece un matiz, para no caer en su confusión con la igualdad. Hayek lo explicaba así: Mientras que la igualdad ante la ley, es decir, el tratamiento que el gobierno reserva a todos según las mismas normas, creo que es una condición fundamental de la libertad individual, el trato diferente que es necesario para colocar a personas que son individualmente muy distintas en la misma condición material me parece no sólo incompatible con la libertad personal, también altamente inmoral. Pero éste es el tipo de incompatibilidad hacia el que camina la democracia ilimitada.” Basta con echar un vistazo a nuestras democracias para comprobar que el llamado Estado de Bienestar ha ido acaparando cada vez más poder con la promesa de garantizar nuestra seguridad, y siempre a costa de nuestra libertad. Ya no se busca la igualdad ante la ley o la igualdad de oportunidades, que eran dos de las razones de ser de la democracia en sus inicios. Antes bien, esas ideas saludables de la igualdad se han sustituido por la igualdad de resultados o igualitarismo, un planteamiento que implica cercenar libertades y derechos -empezando por el derecho a la propiedad privada- para alcanzar una meta formulada por el marxismo y de por sí inalcanzable: que todos los seres humanos sean iguales de hecho, con independencia de su esfuerzo y de sus méritos.

Los desastrosos frutos del igualitarismo

En España ya hemos visto experimentos de ingeniería social basados en el igualitarismo. El más desastroso de todos quizá sea el educativo. Hace ya décadas, el gobierno socialista de Felipe González consideró que la educación ideal era aquella en la que todos conseguían aprobar, aunque no se esforzaran lo suficiente. Fruto de esa perniciosa idea surgió la LOGSE, primero, y la LOE ya durante el mandato de Zapatero. El resultado ha sido que España se ha convertido en la campeona europea del fracaso escolar, por un motivo evidente: si un mal estudiante ve que consigue aprobar igual sin dar un palo al agua, ¿para qué adoptar un afán de superación? Y si un buen estudiante ve que el esfuerzo que hace para lograr la excelencia es castigado por una legislación que premia la vagancia, ¿para qué seguir esforzándose? Las propuestas formuladas por Podemos y por otros partidos para que los ciudadanos tengamos un sueldo por el mero hecho de existir van en la misma línea. Se trataría de un irresponsable incentivo de la vagancia, y una penalización aún más irresponsable del esfuerzo y del riesgo que asumen muchos profesionales y empresarios. El objetivo final es que el Estado -es decir, la casta política- se apropie de nuestra existencia, reduciendo nuestra libertad con la excusa de garantizar nuestro bienestar. Basta con preguntar a muchos españoles para comprobar que lo consideran una idea genial. Muchos, de hecho, se sienten incómodos ante el riesgo que supone tomar decisiones, es decir, ejercer tu libertad. Prefieren que otros decidan por ellos, es más cómodo. ¿Se trata de un fenómeno nuevo en la historia? Para nada. Es el mismo modelo de sociedad que existió en la URSS, por ejemplo, con resultados desastrosos, no sólo en lo económico, sino también en materia de derechos indivuales, con países enteros convertidos en cárceles de las que se impedía escapar a todo el que quisiera gozar de libertad.

‘Votar mal’ es apoyar un poder político cada vez menos limitado

Es curioso observar que sin que se escandalicen más allá de unos pocos, nuestras democracias están siguiendo un derrotero peligrosamente parecido al que siguió la Alemania de la década de 1930, en el sentido de que el Estado se apropia de cada vez más parcelas de nuestras vidas, devorando nuestras libertades en aras de la idea de que la mayoría siempre tiene la razón, incluso cuando esa mayoría apoya liquidar los derechos individuales de la minoría e incluso los de todo el pueblo. En este sentido, y ya sin entrar en consideraciones éticas y morales acerca de las distintas propuestas de voto, yo sí que creo que hay una forma de votar mal porque nos perjudica a todos: aquella que respalda la liquidación parcial o total de los límites al poder político. Y lo más alarmante, viendo los programas electorales, es que esa liquidación está de moda en las filas de la mayoría de los partidos, pues casi todos ellos asumen recortes a nuestros derechos fundamentales en ámbitos como la educación, la propiedad privada, la expresión de las creencias religiosas, la libertad de información, el trabajo o la formación de empresas. Dicho sea de paso, el partido de Mónica Oltra es, precisamente, uno de esos partidos empeñados en reventar esos límites.

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Comentarios (Blog):

  1. sanabria

    Debe gobernar el partido mas votado y se acababa el circo vergonzoso que estan ofreciendo los “politicos”

  2. Que vote el partido más votado, aunque sólo tenga una mayoría simple, ¿de qué modo nos garantiza que ese partido, una vez gobierne, no abuse de su poder? Desde luego, ese circo no se va a acabar por el mero hecho de que gobierne el más votado aunque no tenga mayoría absoluta. No la tuvo ZP entre 2004 y 2011 y vivimos un circo político sin precedentes.

  3. pacococo

    Viendo las formas de gobierno de los distintos países llamados democráticos, comprobamos que no hay ninguno perfecto desde el punto de vista de sus leyes, porque a estas alturas no hay ninguno que sea medianamente democrático.

    Pero en todos los casos se establecen una serie de poderes y contrapoderes que sirven de contrapeso, que es la única forma de acercarnos al ideal de democracia y por supuesto, cosa que o se cumple en ningún sitio, es necesaria la implicación directa del ciudadano, de alguna forma, que no sabemos cual es porque en ningún sitio se pasa de emitir el voto.

    Ahora bien, en el caso de España se produce un fallo de origen ya que no hay separación efectiva de poderes ni siquiera nominal. El ejecutivo deriva directamente del legislativo y el judicial también, sin que exista la posibilidad que los ciudadanos elijan a algunos componentes de los jueces.

    Y dado que el sistema está viciado de origen, cualquier cantamañanas o cantomañanos puede soltar las deposiciones o deposicionas, llamadas más vulgarmente defecaciones o defecacionas, que le apetezca, porque cuando la cosa es una lcoaca de origen, todo lo que se haga está bien.

  4. Carlos

    Lo que vota el pueblo, la ciudadanía, es soberano. Indiscutible. Ser democrata es que el pueblo habla, manda, exige. Asi que si el pueblo vota, puedes debatir, contrapuntuar, pero JAMAS insinuar que no es lo correcto.

  5. ¿Estás seguro, Carlos? Entonces, según tu curiosa afirmación, cuando el pueblo alemán dio el poder a los nazis en elecciones democráticas hizo lo correcto, ¿no? En fin, me temo que tú confundes la democracia con una dictadura de la mayoría.

  6. Sharovarov

    La mayoría, sólo por el simple hecho de serlo, no tiene por qué llevar razón ni por qué defender ni lo bueno ni lo justo. Y la democracia absoluta…como que claramente no. Hay un post de LFPB que trata sobre ella: “No queda otra que denunciar la maldad del sistema democrático en Occidente”. Verdaderamente magistral.

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