Su monasterio ocultó a 17 judíos, entre ellos el famoso poeta Abba Kovner

Cecylia Maria Roszak: adiós a una monja polaca de 110 años que ayudó a salvar vidas de judíos

Me acabo de enterar, vía Infocatólica, del fallecimiento de la segunda monja de mayor edad del mundo, la dominica polaca Cecylia Maria Roszak, que se ha ido a la Casa del Padre con 110 años.

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Una mujer católica nacida en la Polonia ocupada por los prusianos

He estado buscando en webs polacas más información sobre la vida de esta monja. Hija de Jan Roszak y de Maria Hofmann, Maria Roszak nació en 1908 en Kiełczewo, un pueblecito del Voivodato de a Gran Polonia, en la parte del país que quedó bajo dominio prusiano tras la Tercera Partición en 1795. En 1926 se graduó en la Escuela Estatal de Comercio e Industrias de Mujeres en Poznań. En 1929, con 21 años, ingresó en el monasterio dominico de Gródek, en Cracovia. Hizo sus primeros votos el 7 de febrero de 1931, tomando el nombre monástico de Cecylia, y los votos perpetuos en 1934.

Maria Roszak en una foto de su infancia (Foto: Siostry Dominikanki)

En 1938, junto a un grupo de monjas dominicas, llegó a Vilna, actual capital de Lituania y entonces parte de Polonia, con el fin de establecer allí un nuevo monasterio, con el apoyo del arzobispo de la ciudad, Monseñor Romuald Jałbrzykowski, que había sido nombrado ese mismo año. Allí las condiciones de vida fueron muy difíciles, ya que las monjas trabajaban en una granja de cinco hectáreas situada a 17 kilómetros de la ciudad. A la espera de la construcción del monasterio, vivían en una casa de madera con una pequeña capilla.

Las monjas ocultaron a 17 judíos a costa de sus propias vidas

La hermana Cecylia se vio sorprendida en Vilna por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Conforme a lo acordado en el Pacto Ribbentrop-Molotov, con los que Alemania y la URSS, se repartieron Polonia, Vilna fue ocupada por el Ejército Rojo el 19 de septiembre de 1939. En octubre de ese año los soviéticos cedieron el control de la ciudad a Lituania. La situación se tornó difícil pues el protector del convento, Monseñor Jałbrzykowski, era polaco y los lituanos le rechazaban (incluso pidieron al Vaticano que le retirase del cargo). En junio de 1940 la URSS invadió Lituania y volvió a ocupar Vilna, arrestando a decenas de miles de personas y enviándolas al Gulag. Un año más tarde Alemania invadió la URSS.

La hermana Cecylia tras su llegada a Vilna en 1938 (Foto: Gerontology Wikia)

Las fuerzas del Tercer Reich ocuparon Vilna el 25 de junio de 1941. Antes de la guerra unos 60.000 judíos vivían en esa ciudad. En las semanas siguientes a la ocupación alemana se desató una brutal persecución contra los judíos, con miles de asesinados. Cecylia y sus hermanas, a riesgo de sus propias vidas, escondieron a un grupo de 17 judíos, entre los que se encontraban Abba Kovner, Arie Wilner, Chaja Grosman, Edek Boraks, Chuma Godot y Izrael Nagel, que más tarde formarían parte de la resistencia judía de los Guetos de Vilna y Varsovia. El plan para esconder a estos judíos fue una idea de la superiora, Sor Bertranda Anna Borkowska, y su desarrollo no estuvo exento de dificultades, empezando por las grandes diferencias entre ambos grupos: un grupo de monjas católicas contemplativas y un grupo de judíos seculares, pero finalmente se formaron entre ellos vínculos muy estrechos. Los judíos ayudaban a las monjas a trabajar en el campo e incluso se referían a la superiora como «Ima», que significa «madre» en hebreo.

En aquel monasterio se encendió la chispa de la rebelión judía contra los nazis

Uno de los judíos escondidos por aquellas monjas, el famoso poeta Abba Kovner, tuvo un papel muy relevante en la guerra, al ser uno de los primeros líderes judíos que advirtieron que la intención de los nazis era exterminar al pueblo hebreo. En diciembre de 1941 Kovner leyó a unos amigos un manifiesto titulado «¡No vayamos como los corderos al matadero!», que serviría para animar a los judíos a la resistencia y advertirles de lo que se avecinaba. El manifiesto fue impreso en el monasterio en el que le habían refugiado Cecylia y sus hermanas, y fue la chispa que encendió la rebelión judía contra los nazis. Ese mismo mes los judíos ocultos en el monasterio dominico decidieron abandonarlo y entrar en el gueto de Vilna para formar allí un movimiento de resistencia judío. La hermana Bertranda intentó convencerles de que desistieran de que no se fueran, sin éxito. Unas semanas más tarde Abba Kovner fue llamado a las puertas del gueto. Para su sorpresa se encontró con que la hermana Bertranda había ido a visitarle, y al verle le dijo que quería unirse a los judíos del gueto: «Dios está en el gueto», le dijo la monja. Kovner rechazó que se quedase, convenciéndola de que las hermanas dominicas podrían ayudarles mejor desde el monasterio, proporcionándoles armas y municiones.

Miembros de la resistencia judía de Vilna. Abba Kovner es el joven que aparece en el centro en la segunda fila (Foto: Wiki of Israel / Wikimedia)

El arresto de la hermana Bertranda y la clausura del monasterio de Vilna

Entre agosto y septiembre de 1943 los alemanes empezaron a liquidar a los supervivientes del gueto de Vilna, que sumaban unas 12.000 personas entre hombres, mujeres y niños. El 1 de septiembre la resistencia judía inició un levantamiento armado en el gueto, que fue rápidamente aplastado por los nazis. Ese mismo mes la Gestapo arrestó a la hermana Bertranda. La enviaron al campo de concentración de Kaunas, donde fue torturada. «Pagó un alto precio por sus actividades», recordaba la hermana Cecylia. Los alemanes clausuraron el monasterio y las hermanas se dispersaron. Unas se escondieron y otras volvieron al monasterio de Gródek, en Cracovia. Después de la guerra, la hermana Bertranda abandonó la vida monástica y recuperó su nombre civil de Anna Borkowska, manteniéndose como una fiel y devota católica. En 1984 el Yad Vashem de Israel le concedió el título de Justa entre las Naciones. El poeta Abba Kovner, que aún vivía, se lo entregó personalmente en Varsovia. Al recibir el galardón, que Anna aceptó en nombre de las hermanas que formaban parte de su comunidad en Vilna, ella preguntó: «¿Por qué merezco esta distinción?» Kowner contestó: «Tú eres Anna de los ángeles», y añadió: «En los días en que los ángeles nos ocultaron sus rostros, esta mujer fue para nosotros Anna de los ángeles. No de los ángeles que inventamos en nuestros corazones, sino de los ángeles que crean nuestras vidas para siempre».

El regreso a Cracovia, una llamada de teléfono y una cruz

En 1944 la hermana Cecylia fue nombrada priora, y tras la guerra regresó a Cracovia, donde las dominicas se alojaban en el monasterio de las clarisas, al haber sido expulsadas del monasterio de Gródek durante la contienda. En 1946 Cecylia se convirtió en la superiora de su comunidad y un año más tarde volvieron al monasterio de Gródek. Un día sonó el teléfono del monasterio. La hermana Cecylia fue la que contestó. Un hombre empezó a hacerle preguntas sobre «las hermanas que vívían en Vilnius en la década de 1930». Por entonces Polonia se encontraba bajo una dictadura comunista y Cecylia se mostró muy cautelosa, pero llegado un momento, la monja, movida por la curiosidad, dijo: «Disculpe, ¿podría darme su nombre?» Tras algunas dudas, el hombre contestó: «Mi nombre es Abba Kovner». Era el poeta judío al que Cecylia y sus hermanas habían salvado en Vilna. Cuando la monja le dijo que ella era una de las monjas de Vilna, Kovner, conmovido, contestó: «Hermana, he estado buscando contactar con alguien de su comunidad durante mucho tiempo. ¡Gracias por salvarme la vida!» Kovner le dijo que le llamaba desde Israel, a donde consiguió huir tras el fracaso del Levantamiento del gueto de Vilna. Hablaron un rato, el poeta le pidió la dirección del monasterio y se despidieron. Unas semanas más tarde llegó al monasterio un pequeño paquete dirigido a la hermana Cecylia y enviado desde Israel. En él había un pequeño crucifijo de bronce con la palabra «Jerusalén» en su base. Una curiosidad: antes de la guerra, y debido a su numerosa población judía, Vilna era conocida como «la Jerusalén de Lituania».

Las hermanas del monasterio dominico de Gródek, en Cracovia, mostrando el reconocimiento del Yad Vashem a las hermanas del monasterio de Vilna como «Justas entre las Naciones». La hermana Cecylia aparece a la derecha, sosteniendo la medalla que la reconoce a ella por salvar a judíos en la Lituania ocupada por los alemanes (Foto: Siostry Dominikanki)

«La vida es bella pero corta»

Cecylia pasó el resto de su vida entregada a la vida religiosa. En el monasterio dominico de Cracovia hizo trabajos de portera, de organista y cantora. Durante muchos años también se encargó de la correspondencia internacional del monasterio, ya que además de polaco dominaba bastante bien el inglés, el alemán, el francés y el latín. Estuvo participando en la oración comunitaria hasta que la salud se lo impidió, hace unos años, y a pesar de su edad y mientras tuvo fuerzas siguió visitando a sus hermanas enfermas, ayudada por un andador. Era conocida por su buen humor y estaba muy interesada en los asuntos de actualidad. Paradójicamente, hace unos años le dijo a sus hermanas: «Życie jest piękne, ale krótkie» (la vida es bella pero corta). Hasta el final de sus días, la hermana Cecylia conservó consigo dos objetos como sus tesoros personales: una medalla de Israel, reconociéndola como «Justa entre las Naciones», y el pequeño crucifijo que le había enviado Kovner. Dios se la llevó a Su lado el pasado viernes 16 de noviembre.

Descanse en paz.

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  1. Luna

    Al leer esta entrada he sentido una mezcla de sentimientos: Tristeza al recordar algunos hechos, asombro al conocer otros nuevos, preocupación, al considerar que los males causados por las guerras mundiales fueron la rampa que nos llevó a una deshumanización actual, consecuencia del traspaso de algunos límites.

    Y claro, he pensado a dónde llegarían estas consecuencias, pero me reconforta saber que siempre habrá personas como la Madre Cecylia o el Padre Kolbe. Siento en ellas la Gloria que aún nos viene de la Redención, una gran esperanza y enorme gratitud.

    Descansa en paz, Madre Santa. Aun mejor en la Casa de Dios que en el convento al que siempre serviste y fuiste fiel. Queden aquí tus Hermanas, felices de haberte conocido, siguiendo tu ejemplo como todos nosotros.

  2. Luis Recinos

    Gracias por esta entrada. Interesantísima y profundamente conmovedora historia.

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