Bjorn Lomborg y la falsa alarma climática

Por Francisco José Contreras

(Nota bene: En este artículo resumo las aportaciones de Lomborg, que no reflejan necesariamente mis propias posiciones o las de Vox).

Junto a la obra Michael Shellenberger No hay apocalipsis, el reciente libro de Bjorn Lomborg False Alarm hace una contribución muy valiosa al “debate” sobre el cambio climático, sus efectos y la estrategia más racional frente a él. Un debate casi inexistente, pues tanto la prensa como la mayoría de los Gobiernos han caído en un dogmatismo histérico que fulmina como “negacionista” a cualquiera que argumente contra las premisas clima-apocalípticas (quien lo sufrió, da testimonio). Ese catastrofismo podría costarle muy caro a la humanidad. El mundo va bien (si exceptuamos, en parte, a un Occidente lastrado por el peso del Estado y el envejecimiento de la población): en los últimos 30 años, 1.300 millones de personas han salido de la pobreza extrema. El motor de ese desarrollo ha sido la disponibilidad de energía barata y abundante. La renuncia demasiado rápida a los combustibles fósiles, la imposición autoritaria y precipitada de energías renovables, tendrá, arguye Lomborg (también Shellenberger), un coste astronómico, ralentizando el despegue de la parte del planeta aún sumida en la pobreza relativa. Y todo, para conseguir una reducción de sólo unas décimas de grado en el calentamiento global previsto para 2100.

Los clima-apocalípticos se han salido con la suya: un 20% de los niños británicos tienen pesadillas sobre el cambio climático; un 57% de los adolescentes americanos están asustados. En el Congreso, los portavoces de todos los grupos salvo VOX sueltan rutinariamente la enormidad de que “el cambio climático pone en peligro la continuidad de la vida en la Tierra”. El milenarismo conviene a los medios porque los titulares sensacionalistas consiguen más clics, y a los políticos porque el eslogan “vótame, y detendré el fin del mundo” es irresistible. El Armagedón climático acecha a la humanidad… pero los Gobiernos nos traerán una solución inclusivo-resiliente, una “transición justa” y con perspectiva de género.

Lomborg no debería ser llamado “negacionista”, pues da por buenas las conclusiones del IPCC sobre el origen antropogénico del calentamiento global y su previsible aceleración en las próximas décadas (en realidad, se llama ya “negacionista” a cualquiera que discrepe, no ya de la subida de temperatura y su probable causa humana, sino también de la interpretación catastrofista de sus efectos y la aprobación de las políticas drásticas de reducción de emisiones). Lomborg admite que las temperaturas van a seguir subiendo, y que eso es un problema. Pero no se trata, ni mucho menos, del problema más serio de la humanidad: no es una amenaza existencial. Debe ser afrontado con la cabeza fría, con análisis racionales de coste/beneficio.

Los medios están volcados en una campaña de lavado de cerebro y terror, imputando al “cambio climático” cualquier evento meteorológico inusual, sea ola de calor o de frío, sequía o aguacero. Lomborg demuestra con estadísticas que tales fenómenos no han aumentado; sí lo ha hecho el tamaño de las ciudades, lo cual explica que los daños materiales provocados por huracanes o inundaciones aumenten, aunque disminuye el número de víctimas. Hace unas décadas los tifones azotaban unas costas casi deshabitadas; hoy encuentran en su trayectoria muchas más construcciones que dañar. En el último siglo, el número de muertes en catástrofes climáticas se ha reducido en un 96%: desde casi medio millón al año en la década de 1920, a menos de 20.000 en 2019. El daño causado por fenómenos meteorológicos al PIB global pasó de un 0’26% en 1990 a un 0’18% en 2019. La imagen mediática de un mundo asolado por huracanes e incendios cada vez peores es totalmente distorsionada. En lo que llevamos de siglo XXI, la superficie planetaria quemada anualmente por incendios ha disminuido en un 25%.

Por lo demás, es asombroso cómo los medios han convencido a casi todos de algo tan contraintuitivo como que cualquier subida de temperatura -aunque sea de sólo sea uno o dos grados- resultará necesariamente desastrosa. Uno se expone a terminar en la picota si dice algo tan obvio -y avalado por The Lancet– como que hoy muere 17 veces más gente por causas relacionadas con el frío que con el calor, y que por tanto cierto calentamiento tendrá también algunos efectos positivos (sobre todo, en lugares como Rusia o Canadá), aunque el balance de conjunto pueda ser negativo. No se entiende muy bien por qué la temperatura óptima para la humanidad tendría que ser la de 1850. Como explican climatólogos como Miguel Iglesias, tendríamos mucho más que temer de un enfriamiento, pues el calor es propicio para la vida; sabemos que el planeta ha conocido etapas más calidas, y que las glaciaciones resultaron muy duras. El CO2 tiene un efecto benéfico sobre el crecimiento de la vegetación al facilitar la fotosíntesis: estudios de la NASA han mostrado que más de la mitad de la superficie del planeta está hoy más verde que hace 35 años, mientras sólo un 4% se ha vuelto más árida. La masa vegetal ganada gracias al aumento de CO2 equivaldría ya a dos veces el tamaño de Estados Unidos.

Pese a estos beneficios, el balance del calentamiento resultará perjudicial a partir de cierto umbral, y lo será más cuanto más se dispare la temperatura. ¿Cómo minimizar el coste del cambio climático? El quid estriba en encontrar el punto óptimo en que el daño económico causado por las medidas anticalentamiento no exceda al que provocará éste. Por ejemplo, una supresión acelerada de los combustibles fósiles como la que plantea ahora la UE causará graves daños a la economía sin conseguir una reducción importante del calentamiento previsto para 2100 (en parte porque la atmósfera ya ha acumulado mucho CO2 en el pasado, en parte porque la mayor parte de las emisiones hoy proceden de China, la India y el Tercer Mundo, que aspira legítimamente a desarrollarse; la UE sólo emite un 10% del total mundial, y España un 0’7%).

Ese cálculo ya ha sido hecho por William Nordhaus, el economista que recibió el Nobel (2018) por sus estudios sobre los efectos económicos del cambio climático. El que podríamos llamar “óptimo de Nordhaus” se situaría en un aumento de 7’2ºF (4ºC) desde la era preindustrial (o sea, como la temperatura ya subió 1’2º desde entonces, unos 2’8º más que la actual) en 2100. Dejar las cosas como están -escenario “business as usual”-, seguir aumentando emisiones sin freno, etc., nos llevaría a un calentamiento aún más fuerte, que debemos evitar. Pero dejarse llevar por el pánico e intervenir masivamente para conseguir un calentamiento inferior -suprimiendo en 20 años los combustibles fósiles, imponiendo por decreto energías renovables, etc.- tendría un coste astronómico, superior al de las décimas de calentamiento recortadas. Un calentamiento de 2’8º entre 2020 y 2100 tendría, según Nordhaus, un coste del 2’9% del PIB mundial en 2100; Nordhaus añade un margen de seguridad de un 25%, por si hay variables negativas no computadas en el modelo: nos iríamos entonces al 3’6%. Esto significa: con un calentamiento de 2’8º respecto a la temperatura actual, la humanidad será en 2100 mucho más rica que ahora, pero, en el peor de los casos, un 3’6% menos de lo que hubiera podido ser si no hubiese habido calentamiento.

Eso –3’6 puntos de PIB en 2100- es lo que nos jugamos en la cuestión del cambio climático. No la supervivencia de la humanidad o la continuidad de la vida en la Tierra, como se oye decir por doquier (Congreso de los Diputados incluido).

Las predicciones clima-apocalípticas sobre hundimiento de la producción agrícola son tan disparatadas como las de Paul Ehrlich, que en The Population Bomb (1968) pronosticó que miles de millones de personas morirían de hambre en los 70 y 80 (en realidad, la “revolución verde” de Norman Borlaug –“escéptico climático”, por cierto- incrementó el rendimiento agrícola más rápido que la población). La propia FAO reconoce que, pese a la subida de temperaturas, la producción mundial será en 2080 un 41% más abundante que la actual (si no hubiese calentamiento, en vez de un 41%, habría sido un 44% superior: una vez más, lo que nos jugamos son 3 puntos de rendimiento agrícola, no la supervivencia). Por supuesto, habrá que adaptar cultivos, desplazar a zonas más frías los más vulnerables al calor, etc. Innovar y adaptarse: lo que lleva haciendo la humanidad desde el Neolítico.

¿Cómo alcanzar el óptimo de Nordhaus? La estrategia actual de supresión rápida de los combustibles fósiles e imposición masiva de energías renovables resultará ruinosa, piensa Lomborg (es la estrategia que inspira la Ley de Cambio Climático a punto de ser aprobada por el Parlamento español). La imposición del coche eléctrico, por ejemplo, nos va a costar una fortuna en subsidios o pago directo (precio medio: 40.000€), consiguiendo sólo una reducción de 26% de emisiones por vehículo(sí, la fabricación de un coche eléctrico requiere más energía -y por tanto emisiones- que la de uno de gasolina, y la electricidad con la que lo recargaremos habrá sido producida también, típicamente, con emisiones de CO2). Un coche de gasolina emite 34 Tm de CO2 en diez años; uno eléctrico, 26.

Sobre todo, las energías renovables no son suficientes porque son intermitentes (sólo funcionan cuando el sol brilla o el viento sopla) y no se ha encontrado un método eficaz para almacenarlas. También, son muy poco densas energéticamente (es decir, hacen falta enormes extensiones de instalación solar o eólica para conseguir la misma energía que produce una pequeña central nuclear), lo cual añade costes de transmisión (hay que conducir a la red la electricidad producida por esas instalaciones dispersas), además de implicar un fuerte impacto visual y ecológico (hay ya especies de aves en peligro de extinción por la acción guillotinadora de las aspas eólicas).

Las renovables disparan el precio de la electricidad y no dan la talla en aseguramiento del suministro: Alemania, líder en renovables, se ha visto obligada a reabrir centrales de carbón (las más contaminantes), por el peligro de apagones. La Oficina Federal de Auditoría ha reconocido que la seguridad del suministro alemán no está garantizada. Tras gastar 500.000 millones de euros en “giro energético” entre 2010 y 2025 (proyección), Alemania tiene una electricidad que casi dobla en precio a la francesa y triplica el promedio norteamericano.

Y todo, para conseguir una reducción de sólo cinco puntos (84% en 2000, 79% en 2019) de los combustibles fósiles en su consumo total de energía. Pues bien, el modelo alemán es el que se está proponiendo al resto de Gobiernos, con una entusiasta España a la cabeza: aquí, el PNIEC ordena que las renovables absorban para 2030 el 42% consumo total de energía, cuando entre 2000 y 2019 apenas pasaron del 6% al 17%; además, un tercio de ese 17% es energía hidráulica, no solar/eólica.

La Unión Europea y el Gobierno español nos venden la fábula de que el “giro energético” (fuera combustibles fósiles, fuera la energía nuclear, a fondo con las renovables) nos va a salir gratis; o, más psicodélico aún, que nos enriquecerá creando millones de “empleos verdes”. Es mentira. “Decir que la política climática [tal como está planteada] es buena para el clima y también para la economía es un cuento infantil. Es falso. Cualquier informe serio prevé costes extraordinariamente grandes, simplemente porque cambiar la infraestructura energética en la que hemos basado los dos últimos siglos de crecimiento económico resultará muy, muy caro” (False Alarm, p. 109). Más caro que los daños que pudieran resultar del cambio climático. Nos alejamos del “óptimo de Nordhaus”.

Arruinarnos llenando nuestros países de placas solares y turbinas eólicas ineficientes NO es la solución. Pero Lomborg no propone el quietismo: hay que hacer OTRAS COSAS para contener las emisiones de forma que la subida de temperatura en 2100 no exceda los 2’8ºC. ¿Qué cosas?:

1) Un impuesto realista sobre las emisiones de CO2 que estimule a las empresas a buscar tecnologías alternativas (resultaría mucho menos gravoso que la batería de “impuestos verdes”, subvenciones millonarias a las energías renovables, etc.). Si la “fiscalidad verde” sobrepasa el nivel correcto, perjudica la competitividad empresarial, empobreciéndonos a todos. Lomborg, basándose en el modelo de Nordhaus, estima que el impuesto debería situarse en 36$ (30€) por Tm de CO2 (0’05$ por litro de gasolina), y ser incrementado progresivamente hasta llegar a los 270$ por Tm en 2100. El modelo de Nordhaus predice que, con una presión fiscal de ese nivel, y si se aplicara el impuesto simultáneamente en todos los países, la humanidad alcanzaría el pico de emisiones de CO2 hacia 2050, descendiendo a continuación, lo cual permitiría mantener el aumento de temperatura dentro del margen deseado.

2) Multiplicar la inversión en investigación y desarrollo, en busca de alternativas REALES a los combustibles fósiles (las energías solar y eólica, al menos en su estado actual de desarrollo, no lo son). Para los políticos resulta más apetitoso electoralmente hacerse la foto junto al último parque fotovoltaico inaugurado, pero sería más inteligente invertir en investigación de nuevas tecnologías. La costosa investigación en fracking, por ejemplo, ya permitió abaratar la extracción de gas, lo cual ha tenido efectos ambientales beneficiosos, permitiendo cerrar centrales de carbón (el gas natural emite la mitad de CO2 que el carbón). Lo más importante a efectos de reducción de emisiones es conseguir que China y la India cierren sus tremendamente contaminantes centrales de carbón: el gas natural es una primera alternativa. Pero también debe perfeccionarse y extenderse la energía nuclear, frívolamente paralizada o abandonada (y precisamente, por presiones ecologistas). La nuclear es ya la energía más segura con gran diferencia, medido en número de muertes por TWh (Chernobil ha sido el único accidente nuclear mortal; en Fukushima no murió nadie por radiación). Debe invertirse en el desarrollo de nuevos reactores que abaraten costes y permitan la reutilización de los residuos como combustible: es la línea de la TerraPower de Bill Gates. Otro campo prometedor de investigación son las tecnologías de captura y almacenamiento de CO2, aún no rentables, pero que podrían llegar a serlo. Así como nuevas baterías lo suficientemente potentes para almacenar de forma útil la energía producida a deshoras por las placas solares y turbinas eólicas.

3) Como válvula de seguridad -sobre todo, para el caso de que las peores predicciones catastrofistas tuvieran razón y existan tipping points que disparen exponencialmente el calentamiento más allá de cierto umbral- Lomborg cree necesario investigar la “geoingeniería” o regulación de la temperatura mundial mediante intervenciones humanas en la estratosfera. Es la única técnica que permitiría reducir rápidamente la temperatura si nos enfrentásemos a un escenario verdaderamente apocalíptico. La erupción del volcán Pinatubo en 1991 eyectó cantidades enormes de dióxido de azufre que, al quedar en suspensión, redujeron la insolación de la Tierra en un 2’5%, provocando un descenso de temperatura de 0’6ºC durante 18 meses. La idea sería reproducir artificialmente lo que consigue naturalmente una erupción, proyectando partículas a las capas superiores de la atmósfera. Lomborg piensa que habría que acudir a ello sólo en caso de emergencia, pero debe investigarse desde ya.

4) Finalmente, la adaptación: lo que lleva haciendo el homo sapiens desde hace decenas de miles de años, en las que sobrevivió a desafíos climáticos mucho más tremendos -las glaciaciones- con una tecnología mucho más primitiva. Adaptación significa desarrollar cultivos más resistentes al calor, pintar las ciudades de blanco (en Andalucía sabemos de eso) para que reflejen la insolación, reforestar (los bosques son sumideros de CO2)… La adaptación más costosa será la defensa de las costas frente a una subida del nivel del mar que, en el peor de los casos, sería de unos 70 cms. Es uno de los escenarios de espanto más explotados por los apocalípticos, que olvidan que los diques están inventados desde hace siglos, y que 110 millones de personas viven ya bajo el nivel del mar (no sólo en Holanda sino también, por ejemplo, en la región vietnamita de An Giang). La protección costera, según los casos, no consistirá en construcción de diques, sino el “beach nourrishment” (añadir arena a las playas) y otras técnicas. Por lo demás, los clima-apocalípticos llevan 30 años prediciendo la desaparición de islas del Pacífico como Tuvalu, y lo cierto es que están ganando superficie por el proceso de acreción.

El razonable mensaje de Lomborg es: Hay que hacer algo en relación al cambio climático. Pero no lo que hemos hecho hasta ahora. Y, antes que nada, debemos redimensionar el problema en sus justos términos. La exageración apocalíptica puede terminar funcionando como profecía autocumplida si arruinamos la economía suprimiendo de golpe los combustible fósiles o si convencemos a los jóvenes de abstenerse de la reproducción “por el bien del planeta” (en realidad, el envejecimiento de la población va a suponer a medio plazo, sobre todo en Occidente, un problema más grave que el del calentamiento).

Foto: Speaking.com.

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Comentarios (Blog):

  1. Agamemnón

    Excelente artículo, condensado con datos fehacientes, propuestas factibles y un optimismo moderado aunque bien justificado. Desgraciadamente, lo más seguro es que sea desdeñado con la etiqueta de “negacionista” sin ni siquiera leerlo.

  2. Diego

    Una central nuclear equivale a 150 parques eólicos (si hace viento)

  3. Rosa

    Muy buen articulo. Gracias. Yo no tengo miedo.
    Gracias

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