«Ambos comparten una profunda desconfianza hacia el poder político»

Ricardo Mella y Miguel Anxo Bastos, dos vigueses incómodos

EngGal Mié 17·6·2026 · 17:50 0

Por Álvaro J. Díaz-Mella

Hace unos meses asistí en Vigo a una conferencia de Miguel Anxo Bastos. Mientras lo escuchaba hablar sobre los límites del poder político, la burocracia y la tendencia de las instituciones a crecer más allá de sus fines originales, me encontré pensando en otra persona nacida en esta ciudad más de un siglo antes: Ricardo Mella.

Vigo se muere. La ciudad de las luces que se apaga
Galicia, ese lugar donde ahora te miran la lengua antes que mirarte a los ojos

Soy sobrino nieto de Mella y llevaba meses releyendo La ley del número, publicada en 1893. Al salir de aquella conferencia tuve la sensación de que ambos estaban participando, desde épocas y tradiciones muy distintas, en una conversación parecida.

No porque pensasen igual. No lo hacían.

Ricardo Mella fue uno de los principales referentes del anarquismo español de finales del siglo XIX. Miguel Anxo Bastos es una de las voces más conocidas del liberalismo contemporáneo inspirado en la escuela austríaca. Sus puntos de partida son distintos y sus propuestas económicas también.

Sin embargo, ambos comparten una profunda desconfianza hacia el poder político cuando deja de actuar como instrumento y empieza a convertirse en un fin en sí mismo.

La España que conoció Mella estaba marcada por el caciquismo, el fraude electoral y un sistema político donde las elecciones servían muchas veces para ratificar acuerdos previamente establecidos. Frente a aquella realidad planteó una idea que sigue resultando incómoda: una mayoría no convierte automáticamente una decisión en justa.

Las mayorías pueden equivocarse. Pueden actuar movidas por intereses inmediatos, por la costumbre o por la influencia de quienes moldean la opinión pública. El simple hecho de votar no elimina esos riesgos.

Leyendo hoy a Mella resulta difícil no pensar en algunos debates actuales. No porque la España de 2026 sea la España de 1893, que afortunadamente no lo es, sino porque ciertas dinámicas parecen reaparecer con distintos nombres.

Bastos suele insistir en algo parecido cuando cuestiona la idea de que cualquier decisión estatal quede legitimada únicamente porque haya sido respaldada electoralmente. Ambos desconfían de la tendencia de las estructuras políticas a adquirir vida propia y a alejarse progresivamente de quienes dicen representar.

Otro aspecto que me llamó la atención al comparar a ambos autores es la importancia que conceden a los límites del poder.

Mella distinguía claramente entre la autoridad derivada del conocimiento y la autoridad derivada del cargo. Respetaba al médico competente, al ingeniero experimentado o al maestro reconocido. Lo que cuestionaba era que ese prestigio otorgase un derecho permanente a dirigir la vida de los demás.

Más de un siglo después, Bastos plantea objeciones parecidas desde una tradición intelectual completamente diferente. Su argumento es que el conocimiento está disperso entre millones de personas y que ningún organismo central posee la información necesaria para organizar eficazmente una sociedad compleja.

Las diferencias entre ambos son evidentes y conviene no ocultarlas.

Mella desconfiaba tanto del Estado como de las grandes concentraciones de capital. Bastos, por el contrario, considera que la propiedad privada y el mercado son herramientas fundamentales para proteger la libertad individual y coordinar la actividad económica.

No estamos ante dos autores que llegan a conclusiones similares porque compartan ideología. Estamos ante dos pensadores que parten de tradiciones muy distintas y que, sin embargo, terminan formulando preguntas parecidas sobre el poder, la representación política y la autonomía de las personas.

Quizá por eso Ricardo Mella sigue teniendo algo que decir más de un siglo después.

Con demasiada frecuencia se le recuerda únicamente como un anarquista gallego. A mi juicio, esa etiqueta resulta insuficiente. Sus reflexiones sobre las mayorías, las instituciones, la concentración de poder o la relación entre gobernantes y gobernados siguen siendo útiles para comprender algunos debates actuales.

Muchas de las preguntas que planteó continúan abiertas.

¿Cuánto poder necesita realmente una sociedad para funcionar?

¿Cómo evitar que las instituciones terminen trabajando para sí mismas?

¿Hasta qué punto las élites políticas, administrativas y mediáticas acaban formando círculos relativamente cerrados?

No tengo respuestas definitivas para esas cuestiones.

Lo único que sé es que, después de releer a Mella y escuchar a Bastos, me parecen preguntas tan vigentes como entonces.

Y cuando un autor sigue obligándote a hacerte preguntas más de un siglo después, probablemente merece ser leído.

Álvaro J. Díaz-Mella
Sobrino nieto de Ricardo Mella

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Álvaro J. Díaz-Mella es un vigués felizmente prejubilado que ya peina canas y tiene demasiadas opiniones sobre lo que ve de nuestra sociedad imperfecta.

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Imagen: openart.ai.

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