Junto con otras regiones españolas, Galicia tiene la desgracia de verse afectada por la existencia de movimientos secesionistas.
Al igual que en otros sitios, la ideología de ese movimiento se puede resumir en el odio a España y a la lengua española. Llevo décadas leyendo y escuchando discursos separatistas y no he visto ni un solo argumento mínimamente serio y convincente sobre qué ganaría Galicia separándose del resto de España. Lo que hay en esos discursos, por el contrario, es la errónea creencia de que tener una lengua regional o ciertas peculuaridades culturales es motivo suficiente para apoyar la idea de que Galicia deje ser parte de España, un completo absurdo que recibe el rechazo de la amplia mayoría de los gallegos.
Como ocurre con otros nacionalismos, el secesionismo gallego apoya gran parte de sus dogmas en la falsificación del pasado, una falsificación que tiene al patrimonio lingüístico de Galicia entre sus principales víctimas. Existe abundante documentación que demuestra que en Galicia se vienen hablando dos lenguas, el castellano y el gallego, desde la Edad Media. Los dos idiomas dejaron de ser meros dialectos del latín vulgar para convertirse en lenguas en esa época, de modo que el idioma español tiene tanto arraigo en Galicia como el gallego.
El problema que ese hecho supone para el nacionalismo gallego es evidente. Los secesionistas basan gran parte de sus dogmas en la lengua y la presencia del español les estorba. Más fastidioso aún para ellos es el hecho de que hoy el español sea la lengua más hablada en Galicia, después de numerosos esfuerzos para desplazarla. El gallego es una lengua preciosa que está sufriendo los efectos de la intolerancia nacionalista, que ha conseguido generar rechazo hacia aquello que intenta imponer con métodos propios de antidemócratas.
Los métodos habituales del nacionalismo gallego incluyen el insulto contra todos aquellos que no encajamos con sus ideas. Esto ya no sólo incluye el mero hecho de discrepar de su ideología en mayor o menor medida: para ser insultado por un separatista gallego te basta con hablar en español, que es -repito- la lengua hablada por la mayoría de los gallegos. Desde hace unos años, el separatismo viene estigmatizando a cualquier gallego que habla en español de una forma típica de un movimiento fascista, calificando a los hispanohablantes como malos gallegos, colonos, inmigrantes y cosas por el estilo, o despreciando y ridiculizando el idioma español bajo la estúpida idea de que "suena mal", un patético intento de acomplejar a los gallegos que hablan en esa lengua, muy parecido al patético intento de otros, años atrás, por acomplejar a los gallegohablantes. Al final, el separatismo gallego imita y copia los métodos de ese fascismo al que tanto dice odiar.
Como es habitual en ciertos movimientos políticos, los repetidos fracasos electorales del brazo político del sepatatismo sólo han servido para acentuar esas actitudes intolerantes, una deriva alimentada también por el hecho de que gran parte del separatismo gallego milita además en un extremismo izquierdista ya de por sí propenso al fanatismo. En estos últimos años hemos visto cosas tan bochornosas como el BNG (Bloque Nacionalista Galego, que tiene un escaño en el Congreso, otro en el Senado y 19 en el Parlamento de Galicia) aplaudiendo públicamente a una organización calificada como terrorista por la Unión Europea, una escena que se repite año tras año. En la pasada década, el BNG votó en contra de mociones de condena del grupo terrorista Resistencia Galega en más de medio centenar de municipios. Unos posicionamientos puramente bochornosos.
La representación simbólica de ese extremismo es la colocación de la estrella roja sobre la bandera gallega, una mezcla que a los separatistas les encanta, pues leyendo sus proclamas te das cuenta de que quieren convertir a Galicia en algo parecido a la Albania comunista de Enver Hoxha, un estado hermético dirigido por una secta extremista empeñada en reprimir al pueblo para impedir cualquier discrepancia. En realidad, la estrella roja comparte espacio con la esvástica nazi en el podio de los símbolos totalitarios que han servido para decorar algunos de los mayores genocidios de la historia. Los que no hayáis nacido en Galicia podéis entender, así pues, el asco que nos provoca a muchos gallegos ver nuestra bandera regional manchada con ese pegote totalitario.
Teniendo en cuenta todo lo anterior, a nadie le debería sorprender el hecho de que cada vez más gallegos estamos hartos de ese fanatismo nacionalista, que ya no se conforma con intentar hacernos la vida imposible a los que nacimos y vivimos aquí, sino que también se ha marcado como objetivo promover la turismofobia, atacando una de las principales fuentes de ingresos de muchas empresas gallegas simplemente porque la llegada de gentes de otras partes de España y del mundo choca con ese propósito de convertir a Galicia en una réplica de la Albania comunista. Por supuesto, esa intolerancia separatista hacia los turistas no es representativa del pueblo gallego ni de lejos. Galicia siempre ha demostrado ser una tierra hospitalaria: lo que hace el separatismo es algo profundamente antigallego.
|
No te pierdas las novedades y contenidos que te interesan. Únete gratis a Contando Estrelas en Telegram: Pulsa aquí para unirte |
Opina sobre esta entrada: