Hay diversas formas de elaborar un discurso político. La más noble de todas es apelar a la razón con criterios de verdad y justicia.
Personalmente siempre he admirado a aquellos políticos que no caen en la demagogia, políticos que son capaces de asumir el a veces difícil reto de asumir posiciones impopulares pero necesarias, políticos que tienen el valor de dirigirse a su público no diciéndole todo lo que quiere oír, sino sobre todo lo que necesita escuchar.
Tal vez la propia lógica de la democracia favorece a ese tipo de políticos. A fin de cuentas, muchos de ellos se ven en la tesitura de tener que convencer a un público que a menudo prefiere ser halagado que admitir explicaciones complejas. En el mundo actual hay notables excepciones. Por ejemplo, en Argentina Javier Milei lo tenía todo en su contra para defender planteamientos contrarios a un estado elefantiásico en un país que llevaba décadas escuchando discursos peronistas, es decir, socialistas. Pero finalmente tuvo éxito, porque supo hacer entender la necesidad de impedir que el Estado devore a la sociedad en un pueblo que hasta entonces había creído en el Estado desde la óptica de la más absoluta dependencia.
A la hora de valorar el éxito de las tesis socialistas en muchos países hay que reconocer un hecho: la izquierda ha tenido mucho éxito a la hora de propagar la "lucha de clases", esa tesis marxista que consiste en dividir a la sociedad en "buenos" (los pobres) y "malos" (los ricos), fomentando la envidia para que finalmente unos charlatanes de la política lleguen al poder y arruinen a toda la sociedad.
En ese discurso la izquierda nunca apeló a la razón, ni a la verdad ni a la justicia: apeló a las más bajas pasiones. La izquierda apeló al odio y a la envidia contra una clase social con la misma eficacia con la que los nazis apelaron al odio y a la envidia contra los judíos. Un político serio y honrado sabe que no hay recetas mágicas ni fáciles para solucionar problemas difíciles. Un político sin escrúpulos prefiere buscar chivos expiatorios a los que culpar de todos los problemas. Esa opción siempre ha demostrado ser un atajo fácil para obtener el favor de mucha gente que desconoce de qué forma se crea la riqueza y, con ella, el empleo y la prosperidad de todos.
Yo soy una persona de clase media. Trabajo como autónomo y siempre he procurado ser ahorrador por lo que pudiese pasar el día de mañana. Sinceramente, no siento ninguna envidia ni resentimiento contra los ricos, porque la creación de riqueza suele implicar algo que muchos olvidan: asumir serios riesgos. Me reconforta saber que hay gente que afronta el riesgo de invertir su dinero para generar riqueza y empleo, pues gracias a eso genera un bien para toda la sociedad.
Por supuesto, entre los ricos hay malas personas, igual que las hay entre los pobres. Hay gente que cree en la idea de que obtener beneficios está por encima de la dignidad de los trabajadores, y también hay trabajadores que creen que es legítimo torpedear a su empresa asumiendo un esfuerzo mínimo o escaqueándose del trabajo en cualquier oportunidad. Sin embargo, también hay empresarios que asumen muchos sacrificios por sus empleados, igual que hay muchos asalariados que asumen muchos sacrificios por sus empresas.
Hace muchos años, cuando estudiaba filosofía en bachillerato, me advirtieron contra las generalizaciones por lo injustas que son. Tan falso es decir que un empresario es un millonario avaricioso y sin escrúpulos, como decir que los trabajadores son vagos y resentidos. En la sociedad hay de todo y a las personas hay que valorarlas por sus hechos, no por su clase social. Creo que no es muy difícil de entender.
Cuando un político habla mal de "los ricos" está haciendo una generalización, es decir, cometiendo una injusticia, y eso se hace con mucha frecuencia para fomentar la envidia y para acceder a un atajo muy burdo para llegar al poder. Hay personas que lo justifican todo en aras de una estrategia política, pero hay que recordar que el fin no justifica cualquier medio. Fomentar la envidia en una sociedad contribuye a degradarla ética y moralmente. Hacer eso, además, para obtener ventajas frente a tus rivales suele indicar una actitud muy peligrosa en política: la de aquellos que creen que todo vale.
El socialismo y el comunismo nos han demostrado ya las consecuencias de esas apelaciones a la envidia. Generalmente sirven para universalizar la pobreza y conseguir que los únicos realmente ricos sean los miembros de la élite socialista o comunista, a costa de sumir al resto del pueblo en la miseria y la opresión. Por ello, cuando un político habla mal de "los ricos", el resto de la sociedad debería alarmarse, porque detrás de esa demagogia, detrás de ese señalamiento contra chivos expiatorios, lo que la izquierda suele esconder es una falta de escrúpulos a la hora de hacer política que suele tener nefastas consecuencias para todos. Y por supuesto, lo que es aplicable a la izquierda también es aplicable al centro y a la derecha, porque ningún político está libre de caer en esa tentación.
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Imagen: Grok.
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Comentarios:
AlbertoAG
Y luego dicen los rojos que no tienen nada que ver con la Falange.
23:02 | 12/11/25
isanchezgil
Creo que, además de cuando hablan mal de los ricos, nos deberíamos alarmar aún más cuando vemos y oímos por la TV a una individua que se llama Belarra y es diputada en el Parlamento hablando de que hay que reventar a la derecha.
Está claro que se avecina un cambio político que va a sentar mal a toda esta panda de gentuza, y por eso van tomando posiciones. En el momento en que gobiernen otros que no sean sus compinches, van a estar montando ataques a todo el que se mueva, como ha ocurrido últimamente en Pamplona con Vito Quilez y en Barcelona con Marcelo Gullo.
Tenemos otra vez la kale borroka a las puertas. Veremos lo que hacen los que gobiernen en el futuro: emplearán medidas disuasorias efectivas? o harán como hizo el inefable Rajoy???
1:47 | 13/11/25
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