Un gran pensador del siglo XIX nació en Francia: Alexis Henri Charles de Clérel, más conocido como Alexis de Tocqueville (1805-1859).
Tocqueville era católico y desde hace mucho tiempo es considerado como uno de los referentes del liberalismo conservador. En su libro "De la démocratie en Amérique" (Democracia en América) advirtió sobre los excesos, abusos y prácticas despóticas en países democráticos, centrándose especialmente en la experiencia americana. La obra se publicó en dos volúmenes, el primero en 1835 y el segundo en 1840.
En el segundo volumen, Tocqueville esbozó las características de lo que se conoce como "despotismo blando", un fenómeno muy actual. Las palabras de Tocqueville fueron proféticas. Recojo estos dos párrafos del Libro Cuarto del segundo volumen de esa obra, concretamente del Capítulo VI, titulado "¿Qué tipo de despotismo deben temer las naciones democráticas?" (traduzco al español desde la edición del libro publicada en inglés por The Pennsylvania State University en 2002, con traducción de Henry Reeve):
"Busco rastrear las características novedosas bajo las cuales el despotismo puede manifestarse en el mundo. Lo primero que llama la atención es una multitud innumerable de hombres, todos iguales y semejantes, que se esfuerzan incesantemente por obtener los placeres mezquinos e insignificantes con los que saturan sus vidas. Cada uno de ellos, viviendo aislado, es como un extraño para el destino de los demás: sus hijos y sus amigos íntimos constituyen para él la totalidad de la humanidad; en cuanto al resto de sus conciudadanos, está cerca de ellos, pero no los ve; los toca, pero no los siente; existe sólo en sí mismo y para sí mismo; y si aún le quedan parientes, puede decirse que, al menos, ha perdido su patria. Por encima de esta raza de hombres se alza un poder inmenso y tutelar, que se encarga exclusivamente de asegurar sus satisfacciones y de velar por su destino. Ese poder es absoluto, minucioso, regular, providente y benévolo. Sería como la autoridad de un padre, si, como esa autoridad, su objetivo fuera preparar a los hombres para la edad adulta; pero, por el contrario, busca mantenerlos en una infancia perpetua: se contenta con que el pueblo se regocije, siempre que no piense en otra cosa que en regocijarse. Tal gobierno trabaja de buena gana por su felicidad, pero elige ser el único agente y el único árbitro de esa felicidad: provee para su seguridad, prevé y satisface sus necesidades, facilita sus placeres, gestiona sus principales preocupaciones, dirige su industria, regula la sucesión de la propiedad y subdivide sus herencias; ¿qué queda sino ahorrarles toda la preocupación de pensar y todas las molestias de vivir? Así, cada día hace que el ejercicio del libre albedrío del hombre sea menos útil y menos frecuente; circunscribe la voluntad a un ámbito más estrecho y, gradualmente, le roba al hombre todo uso de sí mismo. El principio de igualdad ha preparado a los hombres para estas cosas: los ha predispuesto a soportarlas y, a menudo, a considerarlas beneficiosas.
Después de haber tomado sucesivamente a cada miembro de la comunidad en su poderoso dominio y haberlos moldeado a su antojo, el poder supremo extiende entonces su brazo sobre toda la comunidad. Cubre la superficie de la sociedad con una red de reglas pequeñas y complicadas, minuciosas y uniformes, a través de la cual las mentes más originales y los caracteres más enérgicos no pueden penetrar para elevarse por encima de la multitud. La voluntad del hombre no se quiebra, sino que se suaviza, se doblega y se guía: los hombres rara vez son obligados por él a actuar, pero se les restringe constantemente la acción: tal poder no destruye, sino que impide la existencia; no tiraniza, sino que comprime, debilita, extingue y estupefacta a un pueblo, hasta que cada nación se reduce a nada mejor que un rebaño de animales tímidos y laboriosos, del cual el gobierno es el pastor. Siempre he pensado que la servidumbre del tipo regular, tranquilo y gentil que acabo de describir, podría combinarse más fácilmente de lo que se cree comúnmente con algunas de las formas externas de libertad; y que incluso podría establecerse bajo el amparo de la soberanía popular. Nuestros contemporáneos se ven constantemente agitados por dos pasiones contradictorias: desean ser dirigidos y anhelan permanecer libres. Como no pueden destruir ninguna de estas tendencias opuestas, se esfuerzan por satisfacerlas ambas a la vez. Idean una forma de gobierno única, tutelar y todopoderosa, pero elegida por el pueblo. Combinan el principio de centralización con el de soberanía popular; esto les proporciona un respiro; se consuelan por estar bajo tutela al pensar que han elegido a sus propios guardianes. Cada uno se deja guiar porque comprende que no es una persona ni una clase de personas, sino el pueblo en su conjunto, quien sostiene el extremo de su cadena. Mediante este sistema, el pueblo se libera de su estado de dependencia el tiempo suficiente para elegir a su amo, y luego vuelve a caer en ello. Hoy en día, muchas personas se conforman con este tipo de compromiso entre el despotismo administrativo y la soberanía popular; y creen haber hecho lo suficiente por la protección de la libertad individual al someterla al poder de la nación en su conjunto. Esto no me satisface: la naturaleza de aquel a quien debo obedecer me importa menos que el hecho de una obediencia forzada".
Es curioso pensar que este texto fue publicado en 1840, porque 186 años después parece una fiel descripción de un problema que ha ido en aumento en muchos países democráticos, haciendo que el individuo sea cada vez menos libre y más dependiente del Estado.
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Comentarios:
AlbertoAG
Absolutismo parlamentario, raíz de muchos males que aquejan a occidente.
20:21 | 4/05/26
isanchezgil
Sobre esta curiosa característica que describe Tocqueville: «Nuestros contemporáneos se ven constantemente agitados por dos pasiones contradictorias: desean ser dirigidos y anhelan permanecer libres», me gustaría recomendar un libro del filósofo José Antonio Marina, que acaba de publicarse: «La vacuna contra la insensatez: Tratado de inmunología mental (ARIEL, mayo 2026)».
Reproduzco algún parrafito de la portada posterior: «¿por qué caemos en tantas estupideces y atrocidades? ¿Por qué nos dejamos manipular por falsas creencias, teorías conspirativas y prejuicios? José Antonio Marina nos alerta de un peligro invisible pero real: los virus mentales, ideas que infectan y corrompen nuestra inteligencia, distorsionan nuestra memoria, sesgan nuestro juicio y nos vuelven vulnerables a la manipulación política, económica e ideológica».
Igualmente: obra «diseñada para fortalecer el pensamiento crítico, desactivar tópicos que aceptamos como dogmas y entender cómo nuestro cerebro, una obra inacabada de la evolución…»; efectivamente, una de las afirmaciones clave: que nuestro cerebro está aún falto de evolucionar a una posible situación de mayor perfección, lo que hace que «deseemos ser dirigidos, mientras anhelamos ser libres».
Mucho que reflexionar sobre la cuestión, con ayuda de los libros, por supuesto.
23:28 | 4/05/26
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