Por Álvaro J. Díaz-Mella
Mamá. Papá. Probablemente sean dos de las primeras palabras que aprendimos y dos de las que más veces pronunciamos durante nuestra infancia. Son tan sencillas que apenas pensamos en ellas, pero están ligadas a nuestros primeros recuerdos, a la casa en la que crecimos, a quien nos llevaba de la mano, nos consolaba o nos esperaba al volver del colegio. Como sigamos así, llegará un momento en que habrá cada vez menos niños para pronunciarlas y, con el paso de las generaciones, menos adultos que lleguen a ser llamados mamá o papá. Quizá ahí, en algo tan simple y tan profundamente humano, se entienda mejor nuestra crisis de natalidad que en cualquier estadística.
Mis padres tuvieron cuatro hijos: mis tres hermanas y yo. Yo tuve uno. Durante muchos años esa diferencia no me dijo gran cosa. Hoy sí. Alargué mi soltería hasta los 41 años y me casé el 28 de septiembre de 2002. Recuerdo perfectamente que estaba muy nervioso delante del cura y, cuando llegó el momento de prometer fidelidad a mi mujer, le prometí felicidad. El sacerdote no me corrigió; pareció hacerle gracia aquel lapsus y la ceremonia continuó. Nuestro hijo nació en julio de 2004 y, algún tiempo después, hablamos de tener otro. Mi mujer, ocho años más joven que yo, me respondió con bastante retranca que no quería convertirse en una joven viuda. Nos reímos, la vida siguió adelante y ese segundo hijo nunca llegó. Hoy, con la perspectiva que dan los años, reconozco algo que entonces no pensaba demasiado: me habría gustado tener más hijos, y sospecho que detrás de las cifras de natalidad hay muchas historias que, sin ser iguales a la mía, terminan de una forma parecida.
No cuento esto porque mi familia demuestre ninguna teoría demográfica, pero cuando miro lo ocurrido en Galicia desde finales de la década de 2000 descubro que nuestra pequeña historia se parece demasiado a la de toda una sociedad. En 2008 nacieron aquí 23.175 niños; en 2024 fueron 13.350, más de un 40 % menos. La fecundidad se encuentra en 0,95 hijos por mujer, muy lejos de los 2,1 asociados al reemplazo generacional y, en 2025, según los datos provisionales disponibles, mientras nacían alrededor de 13.556 niños, morían 33.456 personas: casi 20.000 de diferencia en un solo año.
Quizá el dato más revelador sea otro. Las encuestas indican que muchos españoles quieren tener más hijos de los que finalmente tienen y, en la Encuesta de Fecundidad del INE de 2018, casi tres de cada cuatro mujeres declaraban querer al menos dos. Por eso resulta demasiado fácil despachar el problema diciendo que los jóvenes ya no quieren tener hijos. La pregunta verdaderamente interesante es otra: ¿qué ha ocurrido entre la familia que muchas personas imaginan y la que finalmente consiguen formar?
Hay una canción del grupo quebequés Mes Aïeux, Dégénérations, que siempre me ha llamado la atención. Fue escrita al otro lado del Atlántico, pero podría estar hablando de Galicia. Recorre generaciones de antepasados que trabajaron la tierra, descendientes que terminaron desprendiéndose de ella y otros que vuelven a soñar con tener un pequeño pedazo propio. Algo parecido sucede con la familia: generaciones con muchísimos hijos van dando paso a otras cada vez más pequeñas hasta llegar a alguien que acaba soñando con una gran mesa rodeada de niños. Cambiemos Quebec por Vigo y la historia resulta inquietantemente familiar.
Nuestros abuelos conocieron pobreza, emigración, trabajos agotadores y unas condiciones de vida que nadie sensato desearía recuperar. Las mujeres tenían muchas menos oportunidades y libertades, aunque desempeñaron tradicionalmente un papel central en la casa, la familia y, en muchos lugares, también en la economía doméstica. Aquella imagen de una Galicia casi matriarcal puede resultar exagerada en sentido histórico, pero contiene una realidad reconocible: muchas casas gallegas giraban alrededor de una mujer.
Su incorporación plena al mercado laboral supuso independencia económica, oportunidades profesionales y capacidad de elección. El problema fue que cambiamos el modelo familiar mucho más deprisa de lo que cambiamos el modelo laboral. Se nos presentó aquella transformación como perfectamente compatible con la vida familiar gracias a una palabra que llevamos décadas repitiendo: conciliación. Y es ahí donde, a mi juicio, aparece una de las grandes farsas de nuestro tiempo, no porque las mujeres trabajen fuera de casa, sino porque nunca construimos una conciliación familiar y laboral verdaderamente satisfactoria.
Para demasiadas familias, conciliar sigue significando hacer encaje de bolillos para recoger a los niños, recurrir diariamente a los abuelos, pagar guarderías o cuidadores, reducir una jornada o sacrificar oportunidades profesionales. Hemos conseguido que ambos progenitores trabajen, pero no necesariamente que puedan compatibilizar el trabajo con la crianza. Conciliar no debería consistir simplemente en encontrar un lugar donde dejar a nuestros hijos mientras trabajamos, sino en disponer de tiempo para estar con ellos.
A ello se suman la vivienda, los salarios, la precariedad y una emancipación cada vez más tardía. Las grandes decisiones se van aplazando: primero los estudios, después el trabajo, la vivienda, la pareja y, finalmente, los hijos. Cuando llega el momento de pensar en el segundo o en el tercero, a veces el calendario ha empezado a decidir por nosotros; lo sé porque, en alguna medida, a mí me ocurrió.
También han cambiado nuestras relaciones. La separación y el divorcio forman hoy parte de las trayectorias vitales con una normalidad desconocida para la generación de nuestros abuelos. Eso no significa que los divorcios sean la causa de la baja natalidad ni que aquellos matrimonios fueran necesariamente mejores, pues muchos permanecían unidos por dependencia económica, presión social o falta de alternativas. Pero parece razonable preguntarse hasta qué punto la formación más tardía de parejas estables, las rupturas y la necesidad de reconstruir una vida sentimental influyen en una decisión que exige pensar a largo plazo: tener hijos.
En este contexto, llama la atención que la Xunta de Galicia, a través de su Plan Gallego de Reproducción Humana Asistida, contemple la preservación de óvulos en la sanidad pública para mujeres de entre 30 y 35 años que decidan retrasar la maternidad por motivos personales. Como avance médico, la vitrificación puede ser extraordinariamente útil; como respuesta pública a las dificultades que llevan a posponer la maternidad, me parece el enésimo parche autonómico. Si una mujer quiere ser madre pero lo aplaza porque no puede acceder a una vivienda, carece de estabilidad laboral o no consigue conciliar, quizá deberíamos actuar prioritariamente sobre esos obstáculos en lugar de acostumbrarnos a gestionar sus consecuencias.
No existen explicaciones sencillas. Malta, por ejemplo, combina una de las legislaciones sobre aborto más restrictivas de Europa con la fecundidad más baja de la Unión Europea. Ninguna ley, subvención, guardería o desgravación fiscal puede por sí sola explicar ni solucionar un fenómeno tan profundo. La natalidad habla de economía y políticas públicas, pero también de nuestra forma de vivir, de relacionarnos, de entender el compromiso y de las prioridades que establecemos mientras creemos que todavía tenemos todo el tiempo por delante.
Las consecuencias tampoco se reducen a las pensiones o a la sostenibilidad del Estado del bienestar. Una sociedad con menos hijos acaba teniendo también menos hermanos, tíos, sobrinos y primos, y con ellos se reducen esas redes familiares que durante generaciones estuvieron ahí cuando alguien enfermaba, envejecía, perdía un trabajo o simplemente necesitaba compañía. Tener o no tener hijos pertenece, naturalmente, al ámbito de decisión de cada persona, pero cuando millones de decisiones individuales producen una sociedad en la que apenas nacen niños, las consecuencias terminan afectándonos a todos.
Hoy no puedo cambiar lo que hice entonces, ni sé qué habría ocurrido de haber elegido otro camino. La vida no permite recorrer dos caminos para comparar después los resultados; solo sé que hoy me habría gustado tener algún hijo más sentado alrededor de mi mesa. Quienes ahora tienen veinte o treinta años todavía están escribiendo esa parte de su historia, y nuestra obligación como sociedad no consiste en decirles cuántos hijos deben tener, sino en procurar que quienes quieran formar una familia puedan hacerlo sin que una vivienda imposible, un sueldo insuficiente, unos horarios incompatibles o el paso inexorable del tiempo terminen decidiendo por ellos.
Quizá así, dentro de treinta años, haya menos personas mirando hacia atrás y pensando en los hijos que no tuvieron. Y seguirán existiendo niños para quienes dos palabras tan antiguas y sencillas como mamá y papá sean también las primeras de su propia historia.
Álvaro J. Díaz-Mella
Vigo, agosto de 2026
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Imagen: Grok.
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Comentarios:
jomeca
Gran artículo, Álvaro, que suscribo de principio a fin. Recibe un saludo.
19:47 | 18/08/26
Alvaro Diaz-Mella Lopez
Muchas gracias, Elentir, por publicar este artículo y por abrirme de nuevo las puertas de Contando Estrelas. Un placer compartir estas reflexiones con tus lectores.
23:04 | 18/08/26
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