Por Álvaro J. Díaz-Mella
Cada mañana, al abrir la ventana de mi casa, lo primero que veo es el Teatro-Cine Fraga. Resulta curioso. Después de toda una vida viviendo en Vigo, he acabado frente a uno de los edificios que mejor simbolizan la historia cinematográfica de la ciudad. Y, sin embargo, hacía años que apenas iba al cine.
Hace unos días decidí romper esa rutina. Fui yo solo a ver la última película de Spider-Man. No me gustó demasiado. Sin embargo, hubo algo que sí me reconfortó. La sala estaba llena de padres con sus hijos y de pandillas de adolescentes que reían, comentaban la película y hacían planes para después. Durante unos instantes tuve la sensación de estar contemplándonos a nosotros mismos muchos años atrás. Salí del cine con la certeza de que aquella tarde había recuperado una costumbre que llevaba demasiado tiempo abandonada.
Hay ciudades que también crecen dentro de nosotros. No porque cambien sus calles, sino porque cada etapa de nuestra vida queda unida para siempre a un lugar concreto. Cuando pienso en mi infancia y en mi adolescencia, inevitablemente vuelvo a los cines de Vigo. No evoco únicamente las películas. Vuelvo, sobre todo, a la persona que era cuando las veía.
Nací en diciembre de 1961, cuando Vigo vivía la época dorada de sus salas cinematográficas. A mediados de los años sesenta llegó a reunir alrededor de una veintena de cines funcionando simultáneamente entre el centro y los barrios, una concentración extraordinaria para una ciudad de su tamaño. Pero aquello fue mucho más que una abundancia de pantallas. Los cines formaban parte de la vida cotidiana de varias generaciones de vigueses y terminaron convirtiéndose en escenarios donde crecimos, hicimos amigos y acumulamos recuerdos que aún hoy permanecen intactos.
Mis primeros recuerdos están ligados al cine parroquial. Iba de la mano de mis padres y, por muy poco dinero, disfrutábamos de una sesión doble, una naranjada y alguna chuche de las de entonces. Primero llegaron las películas de Disney. Después aquellas interminables sesiones dobles de romanos, de artes marciales o de vaqueros italianos que tanto nos fascinaban siendo niños. A esa edad, todo parecía inmenso: la oscuridad de la sala, el tamaño de la pantalla y la emoción de esperar a que comenzara la película convertían una tarde cualquiera en una aventura.
Poco después llegaron las primeras salidas con los compañeros del colegio. Ya no hacía falta que nos acompañaran los mayores. Quedar para ir al cine bastaba para sentirnos un poco más independientes. La película importaba, por supuesto, pero también todo lo que la rodeaba.
Con la adolescencia cambiaron los escenarios, aunque no el ritual. Los grandes estrenos nos esperaban en el Fraga, el Tamberlick, el Odeón, el Cinema Radio, el Cine Vigo, el Ronsel y tantas otras salas que daban personalidad a Vigo. También cambiaron las películas y, quizá sin darnos cuenta, nosotros cambiamos con ellas. Llegaron Tiburón, La guerra de las galaxias o El exorcista. Algunas nos hicieron soñar; otras nos impresionaron mucho más de lo que estábamos dispuestos a reconocer. Confieso que El exorcista me dejó tantas noches en vela que todavía hoy, cuando alguien la menciona, vuelve a mi memoria aquella primera vez que la vi en una gran pantalla.
No existían los teléfonos móviles ni los grupos de WhatsApp. Si querías quedar con los amigos había que llamar al teléfono fijo de su casa y confiar en que contestara él, y no sus padres. Después llegaba el paseo hasta el centro, las conversaciones sobre qué película elegir y la inevitable cola delante de la taquilla. Aquella espera también formaba parte del plan. Mirábamos los carteles, comentábamos los estrenos y hacíamos planes para después. Sin darnos cuenta, la película ya había empezado.
Y cuando terminaba, la tarde todavía continuaba. Frente al Fraga estaba el Blue Hut y, pocos años después, el Corner Hut se convirtió en otro de esos lugares inseparables de nuestra juventud. Todavía recuerdo el primer perrito caliente que comí y, más adelante, la primera hamburguesa. Hoy pueden parecer recuerdos insignificantes, pero entonces formaban parte de un mismo rito. No quedábamos para comer una hamburguesa; quedábamos para ir al cine, y la hamburguesa llegaba después.
Con el paso de los años fueron cerrando unas salas y apareciendo otras formas de disfrutar del cine. La televisión llegó a los hogares, luego el vídeo, luego las plataformas. Cada novedad hizo más cómodo ver películas en casa. Sin embargo, entre tanto progreso también desapareció algo difícil de reemplazar. Vigo no perdió únicamente salas de cine. Fue perdiendo, casi sin darse cuenta, una forma de vivir la ciudad. Aquellos cines no eran solo edificios donde se proyectaban películas. Eran lugares de encuentro. Allí coincidían familias enteras, grupos de amigos, parejas jóvenes y vecinos del mismo barrio. El cine formaba parte de la vida de Vigo tanto como sus plazas, sus cafeterías o sus calles comerciales.
Yo mismo apenas iba ya al cine. La comodidad pesa. También la inmensa oferta de las plataformas, que permiten ver casi cualquier película en cualquier momento sin salir de casa. Existe, además, otra razón, quizá más importante. Antes bastaba una llamada al teléfono fijo para quedar con los amigos. Hoy todos seguimos siendo amigos, pero cada uno tiene su familia, su trabajo, sus horarios y sus propias obligaciones. Coincidir resulta mucho más difícil.
Por eso aquella tarde salí solo hacia el cine. Y creo que volveré a hacerlo. Me he propuesto volver al cine con la regularidad que había perdido. Probablemente muchas veces elegiré una sesión en versión original en los Multicines Norte. Me habría gustado compartir ese plan con alguno de aquellos amigos de juventud, pero así es la vida.
Quizá la verdadera nostalgia no consista en echar de menos los cines que desaparecieron, sino la etapa de nuestra vida que vivimos dentro de ellos. Todavía podemos conservar algo de aquel espíritu. Mientras siga entrando en una sala oscura y se apaguen las luces, seguiré sintiendo, aunque solo sea durante un instante, la misma ilusión del niño que iba de la mano de sus padres al cine parroquial. Y mientras vea a otros niños entrar con sus padres o a grupos de adolescentes ocupar sus butacas con la misma ilusión que nosotros teníamos entonces, sabré que, de alguna manera, la historia continúa.
Porque, al final, el cine fue también el escenario donde muchos vigueses escribimos una parte de nuestra vida.
Álvaro J. Díaz-Mella
Vigo, agosto de 2026
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Foto: HombreDHojalata / Wikimedia. El antiguo Teatro Cine Fraga, en Vigo.
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