Comprometerse con los problemas que nos plantean los tiempos es la primera forma de caridad


He encontrado en el suplemento Iglesia de Libertad Digital un excelente artículo de Juan Souto Coelho, miembro del Instituto Social León XIII. Como tiene relación con el artículo que publiqué ayer, copio lo que sigue:

La Iglesia, para ser libre, debe ser independiente, pero no puede ser indiferente ante la evolución de los asuntos públicos –políticos– ni puede ser neutral ante los problemas que se plantean. Y el actual momento político es especialmente grave y delicado. A muchos, dentro de la Iglesia, puede parecer que lo más prudente es estar callado, guardar silencio, no vayan a pensar que la Iglesia se mete en política, donde no le corresponde. (…)

La Iglesia no puede rehusar la misión de emitir valoraciones morales sobre los acontecimientos que afectan a la vida de los ciudadanos, particularmente a la vida de los católicos. A la Iglesia no se pide que aporte las soluciones inmediatas y prácticas; se la demanda la reflexión, la palabra de acompañamiento, que señale lo que pueden ser los gestos de misericordia, justicia, concordia entre todos. Si se calla, malamente vamos a saber cuál es la palabra que tiene para ser escuchada y cuáles son los gestos del amor de Dios que señala. (…)

La nueva España se hace rompiendo con valores y principios constitucionales fundamentales, que son también valores y virtudes morales: se han roto los principios de unidad y de solidaridad; se desprecia el principio de subsidiariedad y se ofende a la sociedad civil; se ataca el principio de legalidad, se controla el principio de la libertad inherente a la persona, y se devalúan sus derechos fundamentales, al anteponer los supuestos derechos de las naciones o nacionalidades… La evolución que se está imprimiendo a esta comunidad humana está contaminada por esta maldad de fondo.

Gracias a Dios, el vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española, el Cardenal Antonio Cañizares, volvió a hablar, entre otras cosas, de la unidad de España como un valor moral a proteger, esencial para la convivencia y la solidaridad, en el presente y en el futuro de España, como comunidad humana y como comunidad política. (…)


Confieso que estoy encontrando actitudes entre algunos cristianos que no dejan de sorprenderme. Decía Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación, que “comprometerse con los problemas que nos plantean los tiempos es la primera forma de caridad”. El propio Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que “el amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad”, y que el servicio del bien común exige de los ciudadanos “que cumplan con su responsabilidad en la vida de la comunidad política”, lo cual “entraña el derecho, a veces el deber, de ejercer una justa crítica de lo que les parece perjudicial para la dignidad de las personas o el bien de la comunidad”.

Sin embargo, se ha instalado en España una idea adulterada de lo que es la caridad en su proyección de cara a la comunidad en la que vivimos. Entiendo que este fenómeno surge en buena medida por la presencia de amplias comunidades de fieles que sostienen planteamientos ideológicos nacionalistas, por ejemplo en el País Vasco y Cataluña. Muchos católicos nacionalistas consideran que el patriotismo, que es una virtud, no va con ellos porque sostienen una ideología que les sitúa en una patria que ni siquiera existe, ni en el presente ni en la historia.

Yo no me considero un patriota con la idea que algunos tienen de esa palabra. Para mí, de acuerdo con una concepción cristiana, el patriotismo es el lógico y necesario amor, preocupación e inquietud por la propia comunidad, por la patria de uno. No entiendo ni comparto que determinadas tesis ideológicas, abiertamente insolidarias y excluyentes, supongan una especie de bula que exime a ciertos fieles de considerarse llamados a preocuparse siquiera por esa unidad consistente en los principios de igualdad y de solidaridad. Yo no digo que España sea eterna ni un dogma. Es una forma de convivencia, eso sí, que cuenta con muchos siglos de historia y que no se puede extinguir así como así, y mucho menos forzando o quebrantando las normas democráticas que nos obligan, por igual, a todos los ciudadanos españoles, provocando un directo perjuício al bien común.

Entiendo que hay católicos nacionalistas que están más cómodos sin tener a nadie que les recuerde estas cosas. Ya lo hemos comprobado, por ejemplo, con las embestidas de Josep Antoni Durán Lleida, líder de UDC, contra la Conferencia Episcopal y contra la Cadena COPE por sus justificadas críticas al nuevo Estatuto catalán. Lo que no se puede pretender es que, además de hacernos sufrir el abuso, se pretenda que los demás callemos ante esto que ocurre, incluso la jerarquía eclesial. Y entiendo menos todavía que en este intento, se pretenda matar al mensajero tapando la boca y haciendo callar -a menudo, y para colmo, en nombre de la caridad- a quien denuncia en justicia esta situación, incluso a costa de levantar calumnias, difamaciones, insidias, intentos de desprestigio, presiones y ataques contra quien se atreve a salirse de la pauta nacionalista.

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