La historia de los polacos que lucharon en las filas del Ejército de Napoleón

Gloria y remordimiento: los polacos en la Guerra de Independencia de España

Como español que ama y admira a Polonia, hasta ahora he abordado en este blog heroicos episodios de la historia de ese país. Hoy hablaré de uno muy espinoso que implicó a nuestras dos Naciones.

‘Bitwa o Madryt’: una recreación histórica de la Guerra Civil Española… ¡en Polonia!
El mito de las cargas de la caballería polaca contra los tanques en septiembre de 1939

Las particiones de Polonia y la creación del Ducado de Varsovia

Polonia había sido una de las potencias militares más importantes de Europa central durante los siglos XVI y XVII. En 1683, el Rey polaco Jan III Sobieski y sus famosos húsares alados habían sido determinantes en la derrota de los otomanos durante la Batalla de Viena, un hecho clave de la historia europea (de haberse perdido esa batalla, Europa habría sido dominada por el Islam). Sin embargo, en el siglo XVIII la Mancomunidad Polaco-Lituania entró en decadencia. En 1772 se produjo la Primera Partición de Polonia: Rusia, Prusia y Austria se repartieron varias zonas del país. En 1792 llegó la Segunda Partición, y en 1795 la Tercera, con la que Polonia desapareció totalmente del mapa. Muchos polacos pusieron entonces sus esperanzas de recuperar la independencia de su Nación en la Francia revolucionaria, que tenía por enemigos a las potencias que se habían repartido Polonia. Esta esperanza se fortaleció cuando en 1807, cuando Napoleón firmó con Rusia el Tratado de Tilsit, por el que se creó el Ducado de Varsovia, un estado satélite de la Francia napoleónica que abarcaba gran parte del territorio que tenía Polonia antes de las particiones.

Las Legiones Polacas

Miles de antiguos soldados polacos emigraron a Francia e Italia, formando las famosas Legiones Polacas, que combatieron como aliadas de la Francia revolucionaria en las guerras que se sucedieron desde la Batalla de Brescia (Italia), en 1797, hasta la Batalla de Waterloo (actual Bélgica) en 1815. Muy apreciados por Napoleón y con un notable peso dentro de las fuerzas francesas (el único mariscal no francés del Ejército napoleónico fue el príncipe polaco Józef Antoni Poniatowsk), los soldados polacos combatieron al servicio de Francia desde Rusia hasta Haití, pasando por España. Fue precisamente en tierras españolas donde los polacos al servicio de Napoleón alcanzaron su mayor gloria, aunque la campaña también supuso para ellos muy duros momentos y ciertos reparos, ya que luchaban por la soñada independencia de su Patria apoyando a unos franceses que habían invadido una Nación independiente como España.


Un lancero polaco toma prisionero a un español en la Batalla de Somosierra. Cuadro del pintor polaco Juliusz Kossak (1891).

Una especie de gran remordimiento nacional

Como explicó Jan Stanislaw Ciechanowski en “La visión polaca de la Guerra de la Independencia” (publicado en 2006 la revista “El Basilisco”), “la intervención en España se convirtió por una parte en uno de los múltiples símbolos de los éxitos de las armas polacas, y también por otra, en algunos círculos, en una especie de gran remordimiento nacional”, señalando que en sus memorias, la mayoría de los veteranos polacos de la Guerra de Independencia española estaban de acuerdo en que “lucharon contra un pueblo defensor de su libertad e independencia”. Ciechanowski explica, de hecho, que algunos militares polacos “reconocían la causa de los españoles dimitiendo y pidiendo traslados, como el capitán Michal Wyganowski y el coronel Feliks Potocki, jefe del cuarto regimiento de infantería”. A menudo estas dimisiones -y también algunas deserciones- eran provocadas por los llamamienntos españoles a los polacos. Ciechanowski tradujo un texto en polaco publicado por Józef Załuski en su libro “Wspomnienia” (1976), sobre una proclama dirigida por los españoles a los polacos que servían junto a Napoleón:

“¡Polacos! abandonad vuestros colores, el carmesí y lo blanco, colores del honor y sin mancha. Vosotros mismos privados de la libertad, invadís el país ajeno, católico como el vuestro, para sumirle bajo la esclavitud“.

El merecido prestigio de los solados polacos

Napoleón envió a España a 20.000 polacos, entre ellos jinetes de la Guardia Imperial, el Primer Regimiento de Caballería Ligera, la División del Ducado de Varsovia (con tres regimientos de infantería) y la Legión del Vístula (con un regimiento de lanceros ulanos y tres regimientos de infantería), una fuerza compuesta por veteranos de las Legiones Polacas que habían ganado mucha experiencia en la lucha contra los guerrilleros en Italia. Estas fuerzas demostraron en España que el prestigio de los soldados polacos no era gratuito. La Legión del Vístula se hizo famosa en los dos Sitios de Zaragoza (1808 y 1809). En la Batalla de Fuengirola (1810), una pequeña fuerza de 200 artilleros polacos encabezados por el sargento Józef Zakrzewski fue capaz de vencer a una fuerza angloespañola que le superaba en una proporción de 10 a 1.


Polacos y franceses en la cima de Somosierra, con los españoles que hicieron prisioneros. Cuadro “El paso de Somosierra” del pintor francés Horace Vernet.

La heroica carga de caballería de la Batalla de Somosierra

Pero sin duda, el hecho más recordado y más sorprendente lo protagoniz del Tercer Escuadrón del Primer Regimiento de Caballería Ligera, compuesto por 150 jinetes encabezados por Jan Kozietulski: el 30 de noviembre de 1808 cargaron monte arriba en la Batalla de Somosierra, haciendo frente a la artillería y a la infantería española, y logrando alcanzar la cima con numerosas bajas. Esta carga es recordada hoy en día como una de las mayores proezas de la historia de la caballería universal, y por aquella acción Kozietulski fue distinguido por Napoleón con la Legión de Honor. Una placa recuerda hoy en día en Somosierra a los caídos españoles y polacos en aquella batalla.


Jinetes polacos en una recreación de la Batalla de La Albuera de 1811 (Foto: Arsenal.org.pl).

El desagrado de los polacos hacia las atrocidades de los franceses

Por supuesto, no toda aquella guerra fue heroica. Los ocupantes franceses trataron a la población española con mucha crueldad, protagonizando toda clase de crímenes, pillajes, robos y profanaciones. Kajetan Wojciechowski, lancero de la Legión del Vístula, recordaba tiempo después en sus memorias sobre las atrocidades cometidas por los franceses tras su victoria en Zaragoza: “Los palacios, iglesias y conventos estaban en ruina … ¡de la antigua grandeza no quedó nada, aparte del odio sin límite a los franceses, el cual los españoles agonizando dejaban a sus hijos en vez de una bendición!” Lejos de censurar el odio de los españoles, Wojciechowski lo comprendía: “¿Y cómo la nación española no iba a tener motivos para jurar venganza a los franceses?”, se preguntaba. Ante las atrocidades cometidas por los españoles contra los franceses como venganza, el oficial polaco añadía que “los franceses, con su impiedad, libertinaje e indisciplina de entonces las merecieron”.

El Catolicismo fue un punto de encuentro entre españoles y polacos

A los soldados polacos, procedentes de un país profundamente católico, les disgustaban especialmente las profanaciones y saqueos de los soldados franceses contra las iglesias y monasterios. Los polacos llegaron a plantar cara a sus aliados cuando los franceses intentaron saquear una iglesia en Alcalá la Real (Jaén), en 1810, defendiendo los eslavos el templo. La religiosidad católica de los polacos también llamó la atención a los habitantes de Madrid, pues a diferencia de los franceses (formados en el laicismo y la irreligiosidad surgidas de la Revolución de 1789), los polacos iban mucho a las iglesias y solían rezar, lo que hacía que los españoles les mirasen con más benevolencia que a los franceses. Ciechanowski señala, de hecho, que a muchos polacos les salvó la vida el hecho de llevar crucifijos o medallas de la Virgen colgados al cuello, o el hecho de rezar ante la muerte, pues los españoles no tenían compasión con los prisioneros franceses, pero esos gestos de piedad les hicieron perdonar la vida a muchos prisioneros polacos. Tal fue el caso del teniente Joachim Hempel, un lancero polaco herido en la Batalla de Medina de Rioseco (1808). Al ver su uniforme polaco, que sabía rezar en latín y que llevaba colgado un escapulario al cuello (se lo había regalado una joven española), uno de sus captores gritó: “¡Dejadle en paz, es un polaco!” Los españoles le perdonaron la vida y le llevaron a un convento dominico cerca de Valladolid.


Cuadro “Carga de caballería en el valle de Somosierra”, del pintor polaco Wojciech Kossak.

Ayudando en partos y protegiendo a las mujeres

Hubo hechos que contribuyeron considerablemente a mejorar la imagen de los polacos entre los españoles. Ciechanowski cita la ayuda de los eslavos a una parturienta española durante el ataque a Burgos, y otro caso similar en Briviesca (Burgos), donde un oficial polaco que ayudó en un parto se convirtió en padrino del recién nacido, regalando el oficial a la madre del niño dos imágenes religiosas. El ya citado teniente Hempel salvó cerca de Burgos a un hijo de un Grande de España de morir ahogado en un arroyo. La protección que los polacos daban a las mujeres y sus propiedades fueron hechos recibidos con gratitud. El conde Tomasz Łubieński, uno de los protagonistas de la carga de Somosierra, recordaba que al llegar a Orduña (Vizcaya) ordenó incautar los bienes de los habitantes del pueblo, pero al enterarse de que los bienes incautados eran de los más pobres del lugar, ordenó devolvérselos, recibiendo “gratitud y bendiciones” difíciles de describir. En sus memorias escribió sobre los españoles: “Por lo menos yo nunca podía quejarme de ellos, y aunque no siempre me recibían bien, nunca lo hacían mal; después de unos días de conocernos mejor, siempre nos despedíamos amistosamente de los nuevos conocidos. Ciechanowski cita el caso de un canónigo de Zaragoza que intentaba estrechar lazos de amistad con un oficial polaco de los lanceros de la Legión del Vístula, Kajetan Wojciechowski, diciéndole:

¿Por qué los polacos de la misma religión que los españoles, son sin embargo sus enemigos? ¿Si hemos alguna vez invadido a vuestro país, cogido vuestras propiedades y destruido vuestra importancia? Decidlo claramente, ¿porqué os sacrificáis por la causa ajena de una manera tan ciega? ¿No podéis caber cómodamente en vuestra tierra, que buscáis el pan donde los franceses? Entonces venid a nuestra casa, os daremos pan y seréis nuestros hermanos”.

Con toda sinceridad, el oficial polaco recordaba: “Fue difícil responder a las palabras sinceras pronunciadas por el anciano”.


Jinetes polacos hablando con un paisano español durante una misión de reconocimiento. Cuadro del pintor polaco Juliusz Kossak (1875).

Las difamaciones de los franceses hacia sus propios aliados polacos

Paradójicamente, buena parte de la mala fama que tenían los polacos entre los españoles de aquel momento ayudaron a extenderla sus aliados franceses. Ciechanowski explica que en Lorca (Murcia) un soldado francés entró en una casa y violó a la hija del dueño. Éste protestó ante el general Horace François Sébastiani, jefe del Cuarto Cuerpo del Ejército francés. Éste, a pesar de saber que el acusado era un francés -por la descripción que había dado la chica-, mandó llamar al coronel polaco Jan Konopka, “amonestándole y acusando a los polacos de ser unos saqueadores y violadores, lo que iba a forzar a los habitantes al levantamiento”, señala Ciechanowski. “El oficial eslavo, tocado en lo más vivo, ordenó presentarse al regimiento, pero la española no reconoció al culpable y cuando vio a los polacos declaró que su malhechor había sido un francés. Ciechanowski también cuenta otra anécdota ocurrida en el camino de Lorca a Sevilla, cuando el coronel Konopka y su esposa fueron a cenar a la casa de un magnate español. La esposa del oficial polaco se sintió extrañada al ver que no sus anfitriones no les presentaban a sus hijos. La señora de la casa reconoció, entre vacilaciones, que los franceses les habían dicho que los polacos eran unos saqueadores, que lo destruían todo y que eran asiáticos que se comían a los niños. Las difamaciones de los franceses contra sus propios aliados provocaron que cuando éstos llegaron a Sevilla, una delegación de la ciudad pidió al Mariscal Soult que los polacos permaneciesen fuera de la ciudad.

Los testimonios de los polacos sobre los crímenes franceses del 2 de mayo de 1808

Pasados los años, las atrocidades cometidas por los franceses en España aún llenaban de espanto a los polacos que habían luchado en aquella guerra, especialmente las ejecuciones de mujeres y niños españoles. A diferencia de los franceses, los polacos intentaban tratar bien a los prisioneros españoles, e incluso llegaron a salvar a algunos de ser fusilados por los franceses. En algunas ocasiones llegaron a rendir honores a los oficiales españoles capturados. A pesar de ello, las crueldades cometidas por los franceses, y replicadas por los españoles, fueron la nota dominante en esa cruenta guerra. Un jinete polaco, Wincenty Placzkowski, recordaba en sus memorias que el origen de ese odio estuvo en la matanza del 2 de mayo de 1808 en Madrid, afirmando que fue entonces cuando los españoles “se convirtieron en nuestros peores enemigos”. El jinete recordaba así las brutalidades que aquel día: “Fue una imagen horrible, ¡qué llanto y lamentaciones!… Los padres buscan y reconocen a sus hijos, los hijos a sus padres. El marido busca a su mujer, la mujer al marido, el amigo al otro amigo; ¡es difícil describir estos momentos, resultado de la tiranía inhumana! Los lanceros polacos participaron en aquellos hechos, pero el capitán Józef Bonawentura Zaluski recordaba al respecto que la simpatía entre polacos y españoles se consolidó tras aquella fecha, pues mientras los franceses y los mamelucos usaron las armas contra los madrileños, los polacos se habían negado a usar las suyas contra el pueblo.


Recreadores polacos del 4º Regimiento de Infantería del Ducado de Varsovia (Foto: Dobroni.pl)

La admiración de los polacos por la valentía de los españoles

En cuanto a la opinión que tenían los polacos sobre los españoles, era muy dispar y a menudo dependía de la propia situación de los soldados eslavos en esta contienda. Sin duda alguna, la peor opinión se la llevaron los prisioneros de guerra. No obstante, fueron muchos los casos de remordimientos por el hecho de haber combatido a quienes combatían por la independencia de su Patria. El ya citado teniente polaco teniente Joachim Hempel consideraba que la guerra contra los españoles había sido “injusta”. El subteniente Andrzej Niegolewski, que había luchado en la heroica carga de Somosierra, reconoció en sus memorias que los españoles “luchaban por la causa sagrada, es decir la causa de su independencia”. Dezydery Chlapowski, ayudante de campo de Napoleón, dedicó alabanzas a los españoles: “Cada uno de ellos, aunque estuviera herido o descabalgado, se defendía en pie hasta el último golpe, lo que da prueba de que es una nación valiente”. No obstante, Chlapowski distinguía entre el valor del pueblo llano y la actitud de su nobleza: “He conocido a muchos señores españoles y consideré que así como el pueblo es valiente y dispuesto al sacrificio, los grandes (la alta nobleza) son afeminados”. El teniente de lanceros Jan Chlopicki recordaba en sus memorias a una heroína española, llamada Camila, “que como la Virgen de Orleans, llevada por el amor ardiente a la patria, canturreando canciones de guerra, con el estandarte en la mano, inflamaba a los soldados con valentía“.


Una foto que me envía un lector. Placa inaugurada en Zaragoza el 1 de noviembre de 2013 por la Asociación Cultural “Los Sitios de Zaragoza”, en homenaje a los polacos que combatieron allí. La placa dice en español y en polaco: “En recuerdo de los soldados polacos que lucharon con honor en los Sitios de Zaragoza 1808-1809”.

El recuerdo de aquella guerra en la Polonia de hoy

Con la derrota de Napoleón en 1815 también llegó a su fin el Ducado de Varsovia. Significativamente, uno de los más famosos héroes nacionales de Polonia, Tadeusz Kościuszko, veterano de la Guerra de Independencia Americana, se negó a sumarse a las Legiones Polacas, pues le disgustaba el carácter dictatorial de Napoleón y no creía que el Emperador francés respaldase seriamente la soberanía de Polonia. Kościuszko creía que Bonaparte había creado el Ducado de Varsovia como una mera fuente de recursos para su Ejército, algo en lo que no estaba del todo equivocado: el Ducado llegó a tener unas fuerzas de 100.000 hombres, un ejército muy grande para un territorio con 4,5 millones de habitantes. Gran parte de esas fuerzas fueron diezmadas en las campañas de Napoleón, dejando al Ducado seriamente dañado y económicamente en bancarrota. A pesar de ello, aún hoy en día Napoleón sigue siendo admirado en Polonia, tal vez aún más que en Francia, pues los polacos le consideran como un poderoso valedor de su independencia. El himno nacional de Polonia, la Mazurka de Dąbrowski, es el único himno nacional del mundo que cita a Bonaparte, concretamente en su tercera estrofa:

“Cruzaremos el Vístula, cruzaremos el Varta,
Seremos polacos.
Nos ha dado ejemplo Bonaparte
Cómo debemos vencer.”

En la Plaza del Levantamiento de Varsovia, en Polonia, se inauguró en 2011 un busto dedicado al Emperador francés, obra del escultor Michał Kamieński. La ubicación del monumento no es casual, ya que entre 1921 y 1957 esa plaza recibió el nombre de Plaza de Napoleón.

Sirva esta entrada como homenaje a los españoles y a los polacos que lucharon con honor en la Guerra de Independencia.


Recreadores españoles, polacos y franceses rinden homenaje a los caídos en la Batalla de Somosierra, en 2016 (Foto: Asociación Histórico-Cultural Poland First to Fight).

Bibliografía:

(Imagen principal: Cuadro ‘La Batalla de Somosierra’ del pintor polaco January Suchodolski, 1860).

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Comentarios (Blog):

  1. Marcial

    Qué artículo más interesante, Elentir. Enhorabuena.
    Supongo que los polacos pensarán de manera parecida respecto a la participación de españoles en la División Azul, aunque no pasaran por Polonia más que de paso.
    Cosas de la Historia.

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