Desde hace años vengo comentando aquí el sesgo de muchos medios a la hora de clasificar las distintas opciones políticas.
Lo habitual en muchos medios es hablar de "extrema derecha" para calificar a partidos conservadores pero no usar nunca la expresión "extrema izquierda", salvo que haya que calificar así a gente muy violenta y prácticamente marginal. Estaríamos, así pues, ante una paradoja: la que intenta convencernos de que hay una derecha extrema pero no una izquierda extrema, al menos en el arco parlamentario. Obviamente, en los medios izquierdistas ese sesgo es evidente: para ellos, un izquierdista es un ser angelical que nunca merece ser calificado como extremista, aunque sea violento, intolerante y apoye a regímenes autoritarios.
Más allá de ese sesgo mediático, ¿qué son en realidad la extrema izquierda y la extrema derecha? Porque evidentemente, hay posturas extremistas en ambos lados del mapa político. Por supuesto, la propia división entre izquierda y derecha es una convención política, por lo que habría respuestas a esa pregunta para todos los gustos. En cualquier caso, un extremista es alguien que lleva su ideología hasta posiciones extremas, asumiendo la idea de que el fin justifica los medios. Medios que incluirían la violencia o la defensa de regímenes autoritarios.
En este sentido, una persona no es extremista por cuestionar los consensos ideológicos de otros sobre cuestiones muy discutibles. Creo que es necesario advertir esto porque con demasiada frecuencia se usan palabras como "extrema derecha" o "ultra" para descalificar a quienes simplemente no comparten las tesis ideológicas progresistas, asumidas en muchos casos por partidos centristas. Por ejemplo, rechazar el aborto no es una forma de extremismo: es una posición absolutamente legítima. De hecho, es mucho más legítimo y razonable defender la vida que defender el acto de matar a bebés por nacer. Quienes deberían ser calificados como extremistas son los que defienden esa atrocidad, no los que la rechazan.
En cualquier caso, la justificación de la violencia con fines políticos es un signo inequívoco de extremismo, y poco importa el pretexto ideológico que cada uno busque para defender las agresiones a los que opinan de una forma distinta. En España hemos tenido ministros izquierdistas justificando agresiones a rivales de derechas, pero curiosamente para muchos medios los extremistas son los agredidos y no los agresores ni quienes justifican esas agresiones. Es algo absurdo. Creer que tienes derecho a agredir a otros por discrepar te convierte en un extremista siempre. No importa las excusas que busques. El "antifascismo" es una de las más habituales, y consiste en calificar falsamente a la víctima de cualquier agresión como "fascista" para justificar esa violencia. Es algo muy habitual en la izquierda.
Otra forma de reconocer a un extremista es su apoyo a dictaduras. Creer que tus ideas son mejores que las ideas de los demás es algo muy legítimo. Creer que esas ideas deberían ser impuestas por un régimen autoritario es algo propio de fanáticos. El año pasado hice un repaso a los partidos españoles con presencia parlamentaria que defienden a dictaduras: son seis y los seis son de izquierdas. Curiosamente, muy pocos medios los califican como "extrema izquierda", mientras que muchos medios califican como "extrema derecha" a partidos democráticos que no apoyan a dictaduras y que no justifican la violencia.
Otra nota distintiva habitual del extremismo consiste en demonizar a personas por ciertas características que no implican ser culpables de haber hecho nada malo: la nacionalidad, la religión, la raza, la clase social, el sexo, la orientación sexual... La izquierda siempre ve racismo, xenofobia, islamofobia, machismo y homofobia en la derecha, a menudo por el mero hecho de asumir posiciones críticas con la inmigración ilegal, por criticar los dogmas del Islam o por contradecir la ideología de género, posiciones que son del todo legítimas.
Por el contrario, históricamente ha sido muy habitual en la izquierda la criminalización de millones de personas por ser cristianas o por su clase social, una estigmatización que ha servido para justificar masacres con mucha frecuencia. Ahora mismo son muy habituales en la izquierda los discursos de odio contra los judíos, los hombres y las personas de ciertos países, como Israel o Estados Unidos. De hecho, hoy es más fácil encontrar antisemitas de izquierda que de derecha, y la fobia a personas por su nacionalidad ha dado lugar a actos de xenofobia como el ocurrido en Vigo en 2025 contra turistas israelíes, con el aplauso de muchos izquierdistas. Tampoco debemos olvidar las olas de insultos izquierdistas contra los ancianos de ciertas regiones españolas, cuando en esos lugares el resultado electoral no era del agrado de la izquierda.
Así pues, la extrema derecha existe y la extrema izquierda también. De hecho, esta última se siente más legitimada para promover la violencia, la intolerancia, el autoritarismo y el odio a los demás, porque lleva muchos años arrogándose el derecho a decirnos a los demás lo que debemos opinar, bajo la amenaza de ser calificados como "fascistas" si discrepamos, un señalamiento que a menudo es el preludio de una paliza contra el señalado. Esto ya ha ocurrido demasiadas veces como para que algunos sigan negándose a condenar ese método demonización de la discrepancia que es impropio de una democracia, ya que niega uno de sus pilares, que es el pluralismo político e ideológico.
Cualquier alerta contra el odio y el extremismo sugiriendo que sólo existe en la derecha, como viene ocurriendo en los discursos de socialistas y comunistas en España, no suele ser otra cosa que un intento de disfrazar el odio y el extremismo de una parte considerable de la izquierda, una trampa que implica, a menudo, asumir que si existe violencia, odio e intolerancia en la izquierda es porque sus víctimas se lo merecen, una posición que bajo el pretexto de combatir el extremismo, está promoviendo un extremismo igual de nefasto o incluso peor, ya que a menudo identifica falsamente a sus víctimas como extremistas para justificar el odio, la intolerancia y la violencia contra ellas.
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Foto: Engin Akyurt.
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Comentarios:
JuanCarlosCasillas
Análisis tan certeros son los que me hacen visitar periodicamente sitios como este. Los comparto totalmente. Siento que recopila muchos de los pensamientos (y sentimientos) que me subcitan esos «dardos» que nos lanzan ladinamente tantas veces.
3:55 | 17/03/26
isanchezgil
Este artículo, que tan certeramente dibuja la situación actual, me ha hecho recordar un dicho que oí y leí en Alemania hace ya tiempo: „Und willst du nicht mein Bruder sein, so schlag ich dir den Schädel ein“ : Si no quieres ser mi Hermano, entonces te romperé el cráneo”, es una frasecita, con rima, que al parecer, acuñaron los revolucionarios de 1848 y que después repitió Hitler en una de sus entrevistas.
La derecha actual no tiene nada que ver con la derecha de hace 80 años, ya que su evolución, realizada a la par con las derechas de todo el mundo civilizado, hace que ya no se pueda hablar de derecha extrema, al contrario de lo que pasa con la izquierda, que sigue encastillada en los mismos planteamientos que tenían los izquierdistas del Frente Popular.
Pero además, el cariz corrupto que ha adquirido esta izquierda que sufrimos que solo se ocupa de saquear todo lo que se le pone por delante, la hace aún menos creíble para la gente con sentido común. Es la causa de que. a nivel mundial, se esté dando este desplazamiento hacia la derecha que observamos en todos los países civilizados (por supuesto, no incluyo islamistas y Brics en general).
1:31 | 18/03/26
Flanker
Llamar (por parte de los zurdos rojos y de no pocos de los azules) extrema derecha a VOX es grotesco.
11:21 | 18/03/26
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