Maldito sea el odio


Estos días estoy asistiendo con tristeza a los acontecimientos desencadenados tras la publicación de unas caricaturas sobre Mahoma en un periódico danés. Hacer mofa de los sentimientos religiosos de los musulmanes me parece una demostración de intolerancia, de estulticia y de odio que no deberían admitirse en un medio democrático. La libertad de expresión no está para amparar los insultos, el escarnio y las ofensas gratuítas a las creencias de los demás. Que algunos diarios europeos hayan decidido publicar esas caricaturas como forma de defender la libertad de expresión es un acto que me llena de vergüenza ajena.

La respuesta de muchos musulmanes, además, ha añadido un torrente de odio a la mecha prendida por los caricaturistas daneses. El odio ya se ha cobrado una víctima, un sacerdote católico que ha sido asesinado este fin de semana en Turquía mientras rezaba, de rodillas. Este caso me ha recordado al sacrificio del propio Cristo: un inocente que entrega su vida para redimir los pecados de los demás.

En fin, de lo que sí puedo sentirme orgulloso es de ser católico. Me ha parecido ejemplar la actitud de la Santa Sede al respecto. Sin odio. Benedicto XVI ha dado una demostración de lo que formulaba en su primera y por el momento única encíclica, Deus Caritas est.

Sobre estos sucesos, lejos de emitir un lamento, me gustaría invitar a una reflexión. En Europa se está fomentando el laicismo y se antepone una idea muy concreta y restritiva de la libertad frente al hecho religioso, un planteamiento que antepone incluso el ‘derecho al insulto’ (si es que tal cosa existe) sobre el respeto hacia los demás y hacia sus creencias. A mí me enseñaron de pequeño que libertad era la posibilidad de tomar uno sus propias decisiones, asumiendo sus consecuencias, esto es, con responsabilidad. También me enseñaron que la expresión de las propias opiniones no justifica de ningún modo el insulto gratuito y con intención de ridiculizar a quien piensa de otra forma. Todos -o casi todos- nos saltamos alguna vez estas enseñanzas (muy mal hecho), pero que lo hagan personas adultas con grandes responsabilidades a su cargo, y que haya además quien lo defienda de forma sistemática como la expresión de un derecho, me parece digno de repulsa.

Por otra parte, tenemos que Europa ha dejado de creer en sí misma, reniega de sus raíces cristianas y pretende dar por bueno cualquier pensamiento por el mero hecho de ser formulado por más o menos personas. El relativismo se ha institucionalizado hasta extremos esperpénticos. Como nada es bueno ni malo, asistimos a menudo a la vulneración de derechos humanos de lo más elementales sin que pase nada. En nuestro propio país, más de 85.000 seres humanos inocentes fueron eliminados sin juício previo ni oportunidad de defenderse, sin que haya revueltas en las calles ni grandes protestas ante un genocidio como ése. Tampoco hay grandes manifestaciones por el hecho de que a uno le multen por no poner el letrero de su tienda en catalán, porque a uno le nieguen la posibilidad de escolarizar a sus hijos en el idioma de todos los españoles o incluso porque a una emisora de radio pretendan amordazarla por criticar un proyecto político alineado con la izquierda y el nacionalismo. ¿Es ésta la España democrática que votaron nuestros padres en 1978? ¿Es ésta la España que queremos dejar a los que vendrán después de nosotros?

Esta dejación del compromiso que adquirió Europa durante siglos sobre la base del humanismo cristiano, la misma base sin la cual no habrían sido formulados jamás los derechos humanos, ha dado lugar a que se crezca el ala más radical de una confesión religiosa en la que están latentes muchos resentimientos históricos, muchas posibilidades de violencia y una gran amenaza para las libertades y para la democracia en todo el mundo. Ante todo ello, Occidente -en especial Europa- lleva años optando mayoritariamente por la táctica del apaciguamiento, la misma táctica que fracasó contra el totalitarismo nazi en 1938, cuando Francia y Gran Bretaña le pusieron a Hitler en bandeja de plata la región checa de los Sudetes, en el convencimiento de que claudicar ante esa exigencia del régimen nazi daría a cambio un poco de tranquilidad a las democracias europeas. Y es que las democracias europeas, entonces, estaban dispuestas a renunciar a lo que fuese con tal conseguir eso que mucha gente parece buscar ansiosamente hoy en día: “que pasen de mí”, que los problemas ajenos no le impidan a uno disfrutar “a tope” de la vida, que el sufrimiento de los demás no nos afecte ni nos conmueva. Apuñalar el amor, en fin, en cuanto que preocupación sincera y gratuita por el bien del otro.

Me pasma hasta qué punto no hemos aprendido nada de la historia, y seguimos dispuestos a sacrificar las libertades y los derechos de millones de personas a cambio de conservar una falsa calma en nuestro rincón patrio. A ver cuánto van a tardar algunos en darse cuenta de que no habrá libertad mientras muchos países -europeos e islámicos- sigan educándose en el odio o en la indiferencia ante quienes fomentan el odio y pisotean las libertades, mientras se siga alimentando a las futuras generaciones, en fin, en el olvido de ese amor que predicaba Jesús de Nazareth.

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