Frente a quienes quieren liquidar nuestras libertades en aras de la igualdad

Una defensa políticamente incorrecta de la desigualdad (es decir, de nuestra libertad)

“Enemigo a las puertas” (2001) es una excelente película bélica que, además, incluye una escena que con una encomiable simplicidad reduce a escombros todo el pensamiento socialista.

Lo que pocos cuentan: el origen ideológico totalitario del actual feminismo de género
Cómo el marxismo cultural de la Escuela de Frankfurt inventó la persecución al disidente / Roniel Aledo

“Siempre habrá ricos en amor y pobres en amor”

En esa escena vemos al comisario político Danilov lamentarse del fracaso de los dogmas marxistas, en los que creía ciegamente. Un fracaso del que se ha dado cuenta por su propio fracaso amoroso: “El hombre nunca cambiará. Nos hemos esforzado tanto en construir una sociedad equitativa donde no hubiera nada que envidiar al vecino… Pero siempre hay algo que envidiar. Una sonrisa, una amistad, algo que no tenemos y de lo que queremos apropiarnos. En este mundo, incluso en el soviético, siempre habrá ricos y pobres, gente con esperanza y desesperados, ricos en amor y pobres en amor.”

El anzuelo de la igualdad: pescando a la gente para un régimen de terror

La igualdad fue desde sus inicios uno de los grandes reclamos propagandísticos del socialismo. En el “Manifiesto comunista”, Marx y Engels hablaron contra “las desigualdades irritantes que claman en la distribución de la riqueza”. En “El estado y la revolución”, Lenin fue aún más claro:

Democracia significa igualdad. Se comprende la gran importancia que encierra la lucha del proletariado por la igualdad y la consigna de la igualdad, si ésta se interpreta exactamente, en el sentido de destrucción de las clases. Pero democracia significa solamente igualdad formal. E inmediatamente después de realizada la igualdad de todos los miembros de la sociedad con respecto a la posesión de los medios de producción, es decir, la igualdad de trabajo y la igualdad de salario, surgirá inevitablemente ante la humanidad la cuestión de seguir adelante, de pasar de la igualdad formal a la igualdad de hecho, es decir, a la aplicación de la regla: “de cada uno, según su capacidad; a cada uno, según sus necesidades”.”

Esta teoría de Lenin se tradujo, en la práctica, en una brutal dictadura que se sirvió de los más horrendos métodos de represión, tortura y asesinato para someter a los disidentes. En su aplicación, el socialismo marxista siempre ha ejercido el poder por medio de dictaduras, reduciendo a escombros las libertades individuales en aras de la igualdad. La utopía de un mundo nuevo e igualitario en el que nadie tendría más ni sería más que otro engatusó a millones de personas y sirvió como excusa para multitud de atrocidades. La idea es que merecía la pena sacrificar la libertad y la propiedad para lograr un mundo nuevo sin desigualdades. Pero ¿era factible ese mundo nuevo?

No nos ofrecen una sociedad mejor, sino una sociedad inhumana

Para responder a esa complicada pregunta deberíamos antes contestar a esta otra: ¿es posible transformar al hombre en un “ser perfecto”? En una sociedad formada por “seres perfectos” no existirían la envidia, la codicia, el crimen ni los celos. Nadie desearía lo que tienen otros. Nadie querría ser más que los demás. Pero además, y si seguimos el concepto de perfección del socialismo, nadie querría superarse a sí mismo para no ser más que otros. No existiría el riesgo, y no sólo en la economía, sino también en las relaciones sociales. Declararte a una chica es correr el riesgo de no ser correspondido y de que te rompan el corazón. Una sociedad de “seres perfectos” tendría que ser una sociedad controlada en todos los aspectos: una sociedad robotizada e inhumana. Y es que la naturaleza humana es racional pero también emocional. Si sólo nos moviésemos por mera lógica no existirían el amor, el heroísmo, el espíritu de servicio y de sacrificio, el afán de cooperación, la amistad, el honor, la lealtad… El comunismo creyó que una sociedad así era posible. Y para lograrla intentó someter la naturaleza humana por medio de la violencia, reduciendo a cenizas las libertades individuales y llevándose por delante a muchas víctimas de ese experimento político. El resultado fue una cifra terrible: 100 millones de muertos.

La igualdad en el pensamiento liberal

El pensamiento liberal enunció el principio de la igualdad ante la ley. En la Constitución Española, por ejemplo, aparece formulado de la siguiente forma en su Artículo 14: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.” Este principio legal pretende evitar las injusticias, pero su aplicación estricta sería imposible. De hecho, en todos los estados democráticos el principio de igualdad ante la ley está lleno de excepciones. Un niño no tiene los mismos deberes legales que un adulto. Un discapacitado o un anciano pueden recibir ayudas inaccesibles a los demás. Las madres gozan de una protección especial porque son ellas quienes traen las nuevas vidas al mundo. Dicho sea de otra forma: el pensamiento liberal enunció un principio que aplicado en sentido estricto sería incompatible con una sociedad civilizada. La diferencia entre el liberalismo y el comunismo es que el primero no intentó violentar la naturaleza humana para aplicar una lectura fundamentalista de ese principio, consciente de que una ideología no puede estar por encima de la realidad ni ir contra la naturaleza humana. Sin embargo, a finales del siglo XX esa concepción razonable del Derecho se rompió.

El marxismo cultural: intentando destruir a Occidente sin que se dé cuenta

En la década de 1970 hizo su irrupción una corriente de pensamiento surgida del marxismo: la ideología de género. Su creadora, Shulamith Firestone, pretendía aplicar la tesis marxista de la lucha de clases a las diferencias entre sexos: “Asegurar la eliminación de las clases sexuales requiere que la clase subyugada (las mujeres) se alce en revolución y se apodere del control de la reproducción”, escribió en “La dialéctica del sexo” (1970). Así mismo, los pensadores de la Escuela de Frankfurt -siguiendo las líneas marcadas por el dirigente comunista Antonio Gramsci- ejercieron una notable influencia para proyectar el marxismo cultural en Occidente, bajo diversos disfraces. El más conocido de todos es la corrección política, una doctrina según la cual ha de evitarse en el lenguaje toda expresión que pueda resultar ofensiva o discriminatoria para cualquier colectivo social. Lo que trascendía detrás de esas nuevas corrientes marxistas es un intento de debilitar las raíces culturales judeocristianas de Occidente -a menudo sin que los propios occidentales se diesen cuenta de ello-, y la forma de hacerlo era plantear la utopía socialista de la igualdad bajo nuevas apariencias, pero con el mismo resultado: la destrucción de las libertades.

La ‘no discriminación’: hacia una nueva sociedad de delatores

Es así como se han ido haciendo familiares conceptos como la “no discriminación” como una obligación que se debe imponer no sólo al Estado, sino también a los particulares en su vida privada, una pretensión que tendría peligrosas consecuencias, pues cualquiera podría ser denunciando por tomar una decisión que alguien considerase una discriminación. Por ejemplo, que te guste esta chica y no aquella otra -o un chico- podría convertirte en “discriminador” y llevarte a ser denunciado. Tendríamos una sociedad de delatores, algo muy parecido a lo que pasaba en la URSS o en la RDA. Hoy parece algo propio de una novela distópica, pero no lo es: una ley así la intentó instaurar la socialista Leire Pajín en 2011, causando un gran revuelo (la derrota electoral del PSOE ese mismo año impidió que la norma llegase a aprobarse). Sin embargo, la pepera Cristina Cifuentes copió buena parte del sentido de aquella ley en la que promovió el año pasado en Madrid. De hecho, tanto en la ley de Pajín como en la de Cifuentes se invierte la carga de la prueba: el acusado debe probar su inocencia, algo propio de regímenes totalitarios. Una vez más, en nombre de la igualdad están quebrantando nuestros derechos más básicos.

El regreso de la censura y de los delitos de opinión

La ideología de género se está imponiendo mediante las mismas formas. Hacer una campaña con un bus que afirme una evidencia biológica, publicar un libro denunciando las imposiciones de género o escribir un obra para cuestionar esa ideología es ahora motivo de persecución en nombre de una definición perversa de la igualdad, ante la cual se lanzan a una pira derechos como la libertad de educación, la libertad de expresión y la libertad de pensamiento. Curiosamente, los mismos que dicen abominar de la censura y de los delitos de opinión los están imponiendo en aras de la “igualdad de género”, como si fuese algo de lo más natural. Hay que decir que esta nueva ofensiva totalitaria está teniendo un enorme éxito si tenemos en cuenta que hasta personas, partidos y medios que se dicen anticomunistas han acabado asumiendo esas nuevas tesis ideológicas surgidas del marxismo cultural, unas tesis que -igual que hace 100 años- prometen un mundo nuevo en el que todos seremos felices y absolutamente iguales. Un paraíso socialista cuya construcción merece el sacrificio de las libertades individuales e incluso de la misma naturaleza humana. Algunos no han aprendido nada del último siglo de historia.

La necesaria defensa de una sociedad desigual, es decir, libre

Aunque suene políticamente incorrecto -dicho sea de otro modo: aunque incomode a los partidarios de ese tramposo igualitarismo-, hoy más que nunca es necesaria la defensa de la desigualdad, es decir, de nuestra libertad. Por supuesto, con desigualdad no me refiero a bendecir el racismo ni ninguna forma de odio o de violencia contra cualquier minoría. Todos somos igual de dignos por nuestra condición humana, sean cuales sean nuestras circunstancias. Esto es algo que no formuló ni el liberalismo ni el comunismo: lo enunció el Cristianismo, y precisamente por esa destrucción de nuestras raíces culturales cristianas, ese concepto cristiano de la igualdad se está tergiversando y sustituyendo por un proyecto totalitario. Más allá de nuestra igualdad en dignidad, la realidad es desigual. La naturaleza nos hace diferentes: hay hombres y mujeres, altos y bajos, gordos y delgados, sanos y enfermos, niños y viejos… Y por supuesto, el mero hecho de vivir en una sociedad humana significa que todos tenemos formas muy diversas de asomarnos al mundo: hay optimistas y pesimistas, cautelosos y arriesgados, cariñosos y fríos, tranquilos y nerviosos… Yo no quiero vivir en un mundo donde todos pensemos lo mismo, sintamos lo mismo y digamos lo mismo por miedo a ser castigados por una casta política de iluminados. Prefiero el mundo real, imperfecto y libre a la promesa de un mundo idílico, perfecto e igualitario, pero sin libertad. Tenemos que abrir los ojos y darnos cuenta de que están intentando imponer en nuestra democracia, por la puerta de atrás, lo que ya impusieron en las dictaduras comunistas de forma más descarada. Si no reaccionamos, en breve ya no se conformarán con amedrentarnos mediante la censura o las multas: lo intentarán con cosas peores. Basta con conocer la historia para darse cuenta de ello.

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Comentarios (Blog):

  1. Luis Carlos

    ¿Has oído hablar del mediotraje “2081” basado en el relato “Harrison Bergeron”?

  2. No lo conocía, me he enterado por tu comentario de Facebook. Una acertada visión de a dónde nos lleva la corrección política, me temo…

  3. pacococo

    Te ha salido completo, tan completo que no se me ocurre nada que decir.

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