La extrema izquierda lleva muchos años señalando como "fascistas" y "nazis" a todos los que no comparten sus tesis ideológicas.
Sin embargo, las posiciones entre la ultraderecha (la de verdad, la que odia a los judíos y añora dictaduras) y la ultraizquierda son cada vez más difíciles de distinguir en algunos aspectos importantes del debate político, pero muy especialmente en la política internacional. Después de años de exposición a las patrañas de los medios de propaganda del Kremlin, ambos extremos se han convertido en un granero de hinchas de Putin y ahora también hinchas de la dictadura iraní, hasta tal punto de que los límites entre ellos ya están totalmente desdibujados.
En el caso de Rusia, unos ven en Moscú a la vieja capital mundial del anticapitalismo comunista y otros ven en ella a la Tercera Roma, su nueva referente en la lucha contra un "globalismo" que les hace odiar más a las democracias liberales que a una dictadura mafiosa en la que los discrepantes suelen acabar detenidos y muertos.
En el caso de Irán, el denominador común de ambos extremos es el mismo: el antisemitismo. La ultraizquierda ha acabado reemplazando a la ultraderecha antisemita como la gran promotora del odio a los judíos en Occidente, un odio disfrazado de "antisionismo" para que parezca menos malo, aunque en el fondo se trata de la misma basura: odiar al judío por su raza o por su pueblo. El antisemitismo de la ultraizquierda ya viene de lejos: Karl Marx lo plasmó en un panfleto judeófobo en 1844 que cualquier nazi podría firmar sin dudarlo.
En estos últimos días, en las redes sociales están apareciendo entusiastas de la dictadura iraní movidos especialmente por el odio a los judíos, un odio puramente enfermizo y que no sólo ha llevado a muchos fanáticos a justificar el asesinato de cientos de judíos (niños y bebés incluidos) en el ataque terrorista de Hamás el 7 de octubre de 2023. Ahora también justifican la masacre de 12.000 manifestantes en Irán simplemente porque Israel es enemigo de los autores de ese horrendo crimen. Un infame cóctel de antisemitismo y geopolítica se ha convertido en una excusa para que extremistas de un lado y de otro apoyen a los más horrendos criminales del mundo.
Creo que debemos sacar enseñanzas de ese acercamiento entre ambos extremos. La tradicional división entre derecha e izquierda puede explicar muchas cosas, pero en ciertos debates se queda muy corta. En casos como Rusia o Irán no es de izquierdas o derechas de lo que hablamos, sino de civilización o barbarie. Hay personas que eligen la barbarie porque identifican la civilización con el capitalismo o el globalismo, a los que ellos atribuyen todos los males. A gente así hay que tenerla lo más lejos posible. Me importa un rábano si entre ellos hay personas que defienden algunas ideas que coincidan con las mías, porque fanáticos capaces de defender a criminales como Putin o Jamenei acaban ensuciando cualquier otra causa a la que se suman.
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Comentarios:
isanchezgil
Desde principios del siglo XX, ambas tendencias surgen como hermanas gemelas, produciendo fascismo y comunismo que, en esencia, son solamente la plasmación del odio hacia la democracia liberal, a la que Churchill defendía por ser la mejor de todas las posibilidades políticas.
No pierden el tiempo ultraderecha y ultraizquierda para mostrar sus posturas antidemocráticas y, por ende, antisemitas y proislámicas. Es lo que son, y lo que siempre han sido. Lo que molesta a todo ese atajo de borregos que se creen que son de izquierda (y por tanto buenos y justos) porque votan a partidos que dicen ser de izquierda, y que son solo una mezcla de tiranía y antireligión cristiana.
La izquierda, cuando surgió después de la revolución francesa, los llamados socialismos utópicos, solo pretendían mejorar la vida de las clases menos favorecidas, que, tanto en el siglo XIX como en la primera mitad del XX, lo pasaban ciertamente mal. El socialismo fake, también llamado «socialismo científico» (invento del supuesto historiador Carlos Marx) no es más que un intento de instaurar la tiranía y el despotismo de sus antecesores, los jacobinos de la revolución.
La buena suerte de Lenin, que a sangre y fuego triunfó instaurando un comunismo que duraría 70-80 años, hizo que todos los demás tiranos y asesinos siguieran por su misma senda (ejemplo, los «revolucionarios» de la España del 34 y el 36). Al final, ese comunismo ruso colapsó, habiendo destruido el estado y todas sus salvaguardas, y dejando un país en manos de las mafias más soeces. Su heredero es Putin.
Y también estas ultraderechas y ultraizquierdas de que habla el artículo.
2:30 | 15/01/26
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