Desde hace años, la izquierda viene ostentado una hegemonía ideológica en muchas universidades que ha acabado generando monstruos.
Hace poco conocimos el caso de Jason Arday, un profesor de la Universidad de Cambrigde que cometió plagio y mintió sobre diversos logros académicos y deportivos que le llevaron a convertirse, a la edad de 37 años, en el profesor negro más joven de esa institución académica británica. Arday fue hallado muerto en su piso en el sur de Londres, nueve días después de haber presentado su dimisión en medio del escándalo. Los hechos parecen indicar que Arday no soportó la presión y decidió quitarse la vida. Es un muy triste final para un caso de engaño en el que él no era el único ni el principal culpable.
El engaño de Arday no habría sido posible si ciertas universidades no hubiesen decidido someterse a una ideología perversa que considera que el rigor académico debe ser sacrificado en los altares de la correción política y una distorsionada idea de la diversidad, según la cual se debe prescindir del principio de igualdad cuando se valora el trabajo de personas "racializadas", un término acuñado por la izquierda para referirse a todas las personas que no son de raza blanca.
Obvia decir que en el Reino Unido hace muchos años que hay profesores universitarios negros que han conseguido sus plazas por sus propios méritos, mediante el esfuerzo y la búsqueda de la excelencia, sin recurrir a ningún tipo de favoritismos. Creer que las personas de otras razas deben beneficiarse de un trato de favor para obtener el mismo resultado que los blancos indica una mentalidad profundamente racista, una mentalidad según la cual una persona negra o asiática no puede conseguir por sí misma el mismo resultado académico que un blanco, y que por eso necesita una ayuda extra.
Es pasmoso ver que la izquierda ha defendido esa tesis racista mientras se jactaba de defender la "igualdad". Sin este engaño, casos como el de Arday nunca habría existido, pero muchos se han dejado embaucar por una ideología que cree que las personas deben ser valoradas y juzgadas por su raza y no por sus méritos, acusando a los blancos de "privilegiados" simplemente por el color de su piel y haciendo creer a las personas de otras razas que son víctimas de un racismo estructural por el que deben ser compensadas, aunque nunca hayan sufrido ningún tipo de discriminación por el color de su piel.
Uno de los principios básicos de la democracia liberal es la igualdad ante la ley, que establece que nadie puede ser discriminado por su raza, entre otros posibles motivos. La izquierda lleva muchos años tergiversando ese principio, degradando la democracia y alimentando conflictos raciales donde no los había, llevando a la sociedads a una situación grotesca en la que ese principio de igualdad ha sido pisoteado de forma inmisericorde. Esa izquierda racista es la responsable de casos como el de Jason Arday, que ha tenido un final trágico. Un final que evidencia algo más que el terrible resultado que supone para una persona haber vivido una gran mentira cuando ésta queda expuesta ante todo el mundo. Lo que estamos viendo ahora es la implosión de esa izquierda racista, provocada por sus propias y aberrantes tesis. Algún día, la sociedad debería exigirle a esa izquierda responsabilidades por el terrible coste humano de sus majaderías.
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Foto: Christian Sinibaldi/The Guardian.
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