Una estupidez que ha sido usada a veces para erradicar o prohibir un idioma

«Tu idioma suena mal»: la estupidez nacionalista que muchos han asumido

EngGal Lun 18·8·2025 · 18:03 2

Hay muchas personas que no se consideran a sí mismas nacionalistas pero que, de forma inconsciente, han asumido dogmas nacionalistas.

Los topónimos en español de Galicia, la hispanofobia y el periodismo basura
Las frases racistas e hispanófobas de Sabino Arana, fundador del Partido Nacionalista Vasco

Esto se observa con mucha frecuencia en los debates lingüísticos y, concretamente, en los debates relativos a los topónimos que se dan en las redes sociales. Hay muchas personas que desprecian los topónimos en español alegando que suenan mal o ridiculizándolos por sus sonidos. Generalmente, esas ridiculizaciones se centran (aunque no exclusivamente) en el sonido aspirado de las letras G y J en español, como si ese sonido fuese algo feo o que supone un esfuerzo para el hablante.

La paradoja es que muchos de los que critican ese sonido aspirado de las letras G y J en los topónimos a la vez usan con normalidad palabras con esos sonidos, ya que hablan el idioma español sin problemas y este idioma está plagado de palabras con sonidos aspirados. Es decir, que en realidad esas personas están ridiculizando su propio idioma, ya que muchas de ellas tienen el español como lengua materna.

¿Qué puede llevar a una persona a hacer algo así? La respuesta es fácil: el nacionalismo. Ridiculizar los sonidos de un idioma para justificar la eliminación de topónimos en ese idioma es un argumento nacionalista muy habitual, y un argumento bastante estúpido, por cierto, pero que algunas personas han acabado repitiendo sin rechistar después de haberlo leído o escuchado muchas veces. Estamos, sin duda, ante un ejemplo de hasta qué punto algunas personas se dejan lavar el celebro por los argumentos más ridículos del nacionalismo por mera repetición, por miedo a contradecir un discurso dominante o simplemente para no ser objeto de mofa por parte de los nacionalistas.

No es la primera vez que ocurre algo así. En Irlanda, los invasores ingleses ridiculizaron el idioma gaélico de una forma parecida, denostando su pronunciación y mofándose de sus hablantes. Esa ridiculización era una forma de justificar la prohibición de una lengua. Recordemos que el Parlamento inglés prohibió el irlandés en los Estatutos de Kilkenny de 1366, alegando que "muchos ingleses de dicha tierra, abandonando el idioma, las costumbres, el modo de montar a caballo, las leyes y los usos ingleses, viven y se gobiernan según las costumbres, la moda y el idioma de los enemigos irlandeses".

Así mismo, en el Reino de Prusia ocurrió algo parecido con el polaco tras la tercera y última partición de Polonia (1795), que dejó parte de ese país en manos prusianas. Nuevamente, ridiculizar un idioma era una forma de justificar su prohibición y el proceso de germanización forzada al que varias generaciones de polacos fueron sometidas hasta 1918, cuando Polonia recuperó su independencia. Los ecos del desprecio prusiano por el idioma polaco llegaron hasta el nazismo, dando lugar a la prohibición de la enseñanza en esa lengua durante la ocupación alemana de Polonia entre 1939 y 1945.

En algunas ocasiones, la ridiculización de un idioma tiene relación con una situación de diglosia, que es una forma de bilingüismo en la que una de las dos lenguas goza de un prestigio social y la otra es desprestigiada. Esto ocurrió durante mucho tiempo con el idioma gallego, que era injustamente visto por muchos como una lengua de campesinos y de personas incultas, y también ocurre hoy con el español en Cataluña, donde el nacionalismo ha adoptado los peores desprecios contra la lengua de Cervantes, incluyendo afirmaciones racistas contra sus hablantes.

Esas afirmaciones no son nuevas. Recordemos los alegatos del nacionalista vasco Sabino Arana contra los españoles, a los que despreciaba con una mezcla de racismo y elitismo clasista, o las soflamas racistas del nacionalista gallego Castelao, que calificaba a los andaluces de "raza nómada y mal avenida con el trabajo" y tachaba a castellanos y extremeños como "canalla mestiza de gallegos y moros". A fin de cuentas, el nacionalismo excluyente es una ideología detestable que es incapaz de reivindicar lo propio sin despreciar lo ajeno. Los nacionalismos separatistas que hay en España son un claro ejemplo de ello.

Por supuesto, creer que una lengua suena mal es una cuestión puramente subjetiva. Tener la costumbre de hablar de forma cotidiana en una lengua, o simplemente escucharla con frecuencia, contribuye a hacer familiar su sonoridad. Yo tengo una gran colección de música en muchos idiomas, incluso en algunos con una pronunciación que ciertamente es extraña para cualquier hispanohablante que no conozca esas lenguas, como el finés, el polaco, el ucraniano, el hebreo o el yidis. Por supuesto, hablo español y gallego y una gran parte de mi colección es precisamente de música tradicional gallega.

Escuchar música en otros idiomas (reconozco que uno de mis favoritos es el italiano) te sirve para desintoxicarte de las estupideces nacionalistas y para darte cuenta de que se pueden decir bellas palabras con pronunciaciones muy variadas, de la misma forma que algunos pueden soltar las mayores tonterías creyendo que el idioma en que las pronuncian es mejor que los demás, simplemente porque es el suyo.

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Foto: Mark Rasmuson.

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Comentarios:

  1. isanchezgil

    Siempre ha habido idiotas en el mundo y, desgraciadamente, hoy hay muchísimos. Una de las muestras de la idiotez supina es el nacionalismo, entendido como valoración de lo mío a costa de despreciar lo de enfrente, y la muestra más patente de ese nacionalismo es el desprecio a las lenguas, tengan éstas mayor o menor difusión.

    La lengua es la creación del cerebro para expresar los pensamientos, y para poder comunicarlos a otros. Es el medio de comunicación por antonomasia, y no se la puede despreciar, porque, sin ella, el hombre no sería un ser social, y esa es su naturaleza más básica.

    No voy a seguir filosofando, pero sí debo decir que el conocimiento de una lengua es una riqueza, y que cuantas más lenguas se conozcan y se aprecien, más ricos serán los seres humanos. Porque se trata de eso: de humanidad.

    No seamos idiotas. Ya sabeis lo que decía Mark Twain: “Nunca discutas con un idiota. Te rebajará a su nivel y te ganará por su experiencia”.

  2. CarlosMAP

    Pues lo llevan mal los pobres nacionalistas a los que tanto les molestan los sonidos aspirados (técnicamente fricativos velares sordos, expresado en términos fonéticos). Supongo que, entre otros casos, les chirrían palabras como Sanjenjo, pero pronuncian una especie de Sansenso, porque abundan los que tienen dificultades para pronunciar la peculiar fricativa palatal sorda que en gallego se representa con la grafía ‘x’. Uno se puede reír mucho oyéndoles pronunciar Sanxenxo.

    Y no hablemos de ese fenómeno fonético tan peculiar y popular en amplias áreas de Galicia, la «geada», que convierte Galicia en «Jalicia», grelo en «jrelo»… con una aspiración tan singular que solo los viejos y la gente de las aldeas saben pronunciar. No sé si esa aspiración, que erróneamente se atribuye a influencia del castellano, la desprecian por su equivocado origen o la adoran como una singularidad más del gallego, o les fastidia porque les revienta ese gallego artificial y normativo que quieren imponer.

    Y ya puestos con la fonética, uno de los rasgos más característicos del sistema vocálico de las lenguas romances —a excepción del castellano— es la distinción entre ‘e’ abierta, que en castellano se convirtió en diptongo ‘ie’, y ‘e’ cerrada. No se pronuncia igual la e de ves (vienes) que la de ves (de ver). «Non che é o mismo un oso que un oso», decía una tía mía, matizando las aberturas vocálicas para diferenciar entre el animal y el hueso, porque a la o le ocurre lo mismo que a la e. De esa diferencia, tan peculiar en el gallego, se han olvidado los nacionalistas porque ni la distinguen ni saben seguramente que existe. Pero pronuncian oyos, payeiro, veyo, con flagrante yeísmo, como en castellano, olvidados de la ll, de articulación lateral, que morirá definitivamente con nuestros padres y abuelos, tanto en gallego como en castellano.

    Disculpas por esta clase de fonética. No he podido evitarlo. Todo sea para poner en evidencia, una vez más, la imbecilidad de los destructores de lenguas vivas e inventores de lenguas muertas.

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