Hace ya ocho años que expliqué aquí el momento y el propósito del nacimiento del llamado antifascismo en la década de 1930.
Básicamente, el dictador comunista soviético Stalin utilizó el antifascismo para demonizar a los socialdemócratas, que por entonces eran grandes rivales de los comunistas en la Alemania de entreguerras. Stalin calificó a los socialdemócratas como "social fascistas", desatando contra ellos una campaña de odio y de violencia que contribuyó a desestabilizar la República de Weimar y facilitó el ascenso al poder del nacional-socialismo. El parecido entre ambos movimientos totalitarios eran tan grande que muchos comunistas alemanes acabaron afiliándose al Partido Nazi. Finalmente, para dejar claras las similitudes entre ambas corrientes antidemocráticas, la Alemania de Hitler y la URSS de Stalin acabaron aliándose para invadir Polonia en 1939, demostrando lo que realmente les unía: el odio a la democracia.
Durante la Guerra Fría, el comunismo utilizó el "antifascismo" para demonizar a los países libres, presentándolos como herederos del fascismo por el mero hecho de no haber accedido a dejarse imponer dictaduras comunistas. Eso explica uno de los mayores actos de cinismo de esa ideología totalitaria: el hecho de bautizar como "Muro de Protección Antifascista" al Muro de Berlín, creado para impedir que la gente huyese de una brutal dictadura, la instaurada por la URSS en Alemania Oriental. Entre 1961 y 1989, unas 140 personas fueron asesinadas en nombre de ese "antifascismo" cuando intentaron cruzar el muro para alcanzar la libertad.
El fascismo es hoy un fenómeno puramente marginal, afortunadamente. Por eso, la extrema izquierda se inventa fascistas y los señala donde no los hay. A la izquierda no le importa que el objetivo de su odio sea un auténtico fascista o no. De hecho, la amplia mayoría de las personas agredidas por los llamados "antifascistas" no son fascistas ni remotamente. Muchas de ellas son, simplemente, personas que han hecho algo tan legítimo en una democracia como es discrepar de cualquiera de los dogmas ideológicos de la izquierda.
Así pues, el "antifascismo" es en realidad un disfraz para que la izquierda más extrema ejerza de forma violenta su intolerancia hacia las opiniones distintas, una intolerancia que a menudo se vuelve con especial saña contra algunos izquierdistas. Recordemos, por ejemplo, la brutal represión contra los comunistas trotskistas del POUM por los comunistas estalinistas del PCE durante la Guerra Civil Española, que incluyó el asesinato del líder del POUM, Andreu Nin, mediante un proceso brutal ya utilizado por la Cheka, la sanguinaria policía política de la Rusia comunista: arrancarle al reo la piel a tiras.
La técnica es muy simple, de esa simpleza propia de los totalitarios: tú discrepas en algo de la izquierda más fanática, eres señalado como "fascista" y entonces ya te conviertes en un objetivo potencial de una agresión o un asesinato. No importa que detestes el fascismo y sus métodos (unos métodos violentos, por cierto, idénticos a los de la extrema izquierda). Ser señalado gratuitamente como "fascista" te convierte en alguien que, para la izquierda, se merece una paliza. Es una forma de impedir debates que es inadmisible en una democracia. De hecho, con esa forma de demonizar y coaccionar al que discrepa, la izquierda se comporta exactamente como los fascistas a los que dice odiar.
Esta forma de censurar todo tipo de discrepancia está llegando a extremos propios de las dictaduras más paranoicas. Los motivos para ser señalado como "fascista" por la izquierda se han ampliado tanto y de una forma tan absurda que mucha gente ya se ha hartado y ha perdido el miedo a esos extremistas que acusan a los demás de "odio" y de "intolerancia" cuando precisamente eso es lo que ellos mismos profesan.
Con todo, la paranoia y la intolerancia de los antifascistas pueden ser dirigidas a un fin provechoso para toda la sociedad. De hecho, y con ese propósito, me he animado a escribir este artículo. Doy por hecho que ninguna clase de razonamiento ni argumentación moral, ética o histórica sirve de nada con quien sostiene una tesis irracional y violenta según la cual la izquierda (o una parte de ella, ya que no toda la izquierda dice lo mismo) tiene la razón en todo y quien discrepa se merece un puñetazo, una patada o algo mucho peor.
Así pues, me animo a sugerir un método más rápido para que los antifascistas puedan identificar y neutralizar a peligrosos fascistas: compren un espejo, mírense en él y podrán ver al fascista que tienen más cerca, que son ellos mismos. Si después de eso tienen ganas de agredir a ese fascista del espejo, siempre pueden hacerlo dándose cabezados contra una pared. Háganlo intentando no molestar a los vecinos, que no tienen la culpa de vivir al lado de unos lunáticos.
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Imagen: Grok.
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