La última vez que ves a alguien

Hay pensamientos que son como las flemas: te quitan la tranquilidad y la paciencia hasta que los echas. Uno de ellos me persigue a mí desde anteayer. Es el inconveniente que tiene ir al gimnasio. Delante de un ordenador se te pasan las horas casi sin pensar, pero en un gimnasio, en los ejercicios y los descansos, es como si el cerebro también estuviese ejercitándose con abdominales, dorsales y demás elementos de la tabla… y así empiezan a aparecer los fantasmas.

Este fantasma bajaba la rampa de un hipermercado de Vigo, hace ya años. Yo subía a su derecha, por otra rampa, empujando un carro de la compra todavía vacío. Cuando pienso cómo será la última vez que veré a alguien, siempre me asalta la imagen de esas dos rampas. Había perdido su pista hace años; amigos en otra hora, nos habían distanciado la vida y otras cosas. Ni siquiera me di cuenta de él hasta que me llamó por mi nombre y le vi. Le dije que subía a hacer la compra, y él, con ese gesto suyo de cómico de los años veinte, me dijo: “pues yo bajo”. Ya nunca más le volví a ver.

Aunque esto no es del todo cierto. Le vi otra vez más. En su cara seguía dibujada aquella sonrisa tragicómica, como si le estuviese gastando una broma a sus amigos y no pudiera contenerse la risa ante el inmediato desenlace de la inocentada. Seguía con esa gracia al borde de los labios cuando pusieron la tapa y se lo llevaron.

A veces me acuerdo de él, como de otras personas que conocí y de las que no he vuelto a saber nada más. Por un momento me pregunto qué estará haciendo, hasta que mi memoria me refresca la escena del tanatorio y mi mente se retuerce al negarse a admitir la idea de la inexistencia, que alguien a quien conocí bien se acabó y ya no puedo hablar sobre él ni pensar en él en tiempo presente.

Anteayer, en el gimnasio, recordaba que él era unos años mayor que yo, pero yo ahora ya tengo más edad que cuando él acabó su paseo aquí abajo. Mi conciencia me reprendió por gozar de un privilegio y aún así encontrar motivos de queja ante cualquier menudencia. Hoy es el primer día que me doy cuenta de la suerte que tengo al poder sentir agujetas en las piernas (hala, ya lo solté).

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Comentarios (Blog):

  1. Sí, yo a veces también pienso en esas cosas. Es una sensación rara, aunque peor aún es, yo creo, el ser consciente (o al menos creer) que no vas a ver a alguien nunca más, ¿no crees? Será que las despedidas me ponen enferma, pero y si además esa despedida es para siempre, peor aún.

  2. Javier

    ¡Carallo, Elentir! Sí sigues por ese camino vas a tener que deshacerte de Edgar. Sí lo que cuentas es cierto, lo siento. De todas formas ese es el fin de todos, esperemos que Dios nos permita alcanzarlo sin dolor.

    Un abrazo.

  3. Maya, desde luego, Maya, saberlo hace el momento mucho más difícil, casi fue mejor así…

    Javier, esto no tiene nada que ver con Edgar, hombre. Para barallar ya me basto yo solo. 🙂

  4. Yo me he prohibido pensar en eso. Terminaría volviéndome loca y estando triste permanentemente.

    Y creo, que los que se han ido, no quieren que estés sufriendo de esa manera.

  5. Chesk, no hay sufrimiento alguno, es sólo una idea que me ha rondado la cabeza estos días. Como ya puse arriba, era un amigo del que me había distanciado hacía años, y aunque suene frío, no lo sentí como sentiría la pérdida de alguno de los amigos o amigas con los que sigo teniendo contacto.

  6. Ha empezado fuerte el otoño ¿eh? Nada como unas tardes de lluvia encerrado en casa para que los recuerdos nos salten al cuello con las historias de los seres queridos ausentes. No es para tanto. Todos hemos venido aquí de paso y nos encontraremos al otro lado en una fiesta eterna. 😉

    Ánimo, y no sucumbas al otoño.

  7. Pero eso va a ser por el otoño, que a algunos elfos les entristece 😉 .

    Creo que esos pensamientos hay que guardarlos un poco atrás en nuestra memoria, por la sensación de vacío que nos producen. Al menos, yo así lo hago.

  8. Carácholas, rapaciños, que no he escrito esto con tristeza ni nada, es una reflexión, nada más (y nada menos). A veces me gusta reflexionar en voz alta (o en letra pixelada), que para eso tengo un blog. 😉

  9. eos

    Eso del gimnasio es peligroso para la salud mental. Fijate que yo fuí dos meses y al final lo dejé… Lo malo es que mi espalda estaba mejor cuando iba 😉

  10. Precisamente la espalda es la razón por la que empecé a ir al gimnasio. Hace dos años empezó a dolerme, cosas de trabajar tantas horas delante de una pantalla (en eso estamos igual tú y yo). Después lo dejé y volvió a dolerme la espalda, así que he vuelto a ir, y todo bien. ¡Fíjate tú lo que tiene uno que hacer por no aguantar a su señora espalda! 🙂

  11. Todos formamos parte del mismo flujo, en realidad nadie se va.

  12. Eh, eh, ¿lo ves como todos nos hemos ido a la tristeza del asunto? 😉

  13. Cerrajero, pues sí que te has puesto trascendental, cachis. Voy a tener que hacer más artículos de este tipo. 8)

    Chesk, si es que sois todos unos melancólicos… ¡parecéis gallegos! :mrgreen:

  14. nesta

    Dios mío, se me ha puesto la piel de gallina con los 2 últimos párrafos… Te admiro x saber expresar lo q sientas, y x hacerlo de forma q puedas provocar emociones, aunq sean reflexiones en voz alta… Gracias a tí!

  15. Hola de nuevo. Me ha gustado mucho tu comentario en ésto coincidimos totalmente así que te he “plagiado” no sin linkearte.
    Saludos
    http://millenio.wordpress.com/2007/10/03/la-ultima-vez-que-ves-a-alguien/

  16. Nesta, gracias a ti por tus amables palabras. 😉

    Augusto, gracias por hacerte eco, te acabo de dejar un comentario en tu blog.

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