«Se preguntó cómo se llamaría el hombre y de dónde vendría...»

Samsagaz Gamyi y el sureño muerto: una reflexión de Tolkien para tiempos de guerra

Como ya sabéis los que lleváis tiempo leyendo este blog, “El Señor de los Anillos” es mi obra literaria favorita, por muchos y muy variados motivos.

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Entre esos motivos está que esa obra de J.R.R. Tolkien tiene muy buenos pasajes para meditar sobre ciertas cosas, entre ellas la guerra. Tolkien no escribió sobre ella desde la imaginación: luchó en la Primera Guerra Mundial como oficial en el Ejército Británico, y vivió uno de los episodios más espantosos de esa contienda: la Batalla del Somme. Por ello, en su obra se conjugan a partes iguales su pasión por la literatura épica y también la huella que le dejó aquella horrenda matanza.

En el capítulo IV del Libro IV, en “Las dos torres”, hay un episodio que siempre me llamó la atención. Frodo Bolsón y Samsagaz Gamyi llegan con Gollum hasta Ithilien. Allí se encuentran con hombres de Gondor y contemplan la emboscada que la compañía de Faramir hace a una columna de haradrim, también conocidos como sureños, un pueblo aliado de Mordor. Es entonces cuando Sam (que es mi personaje favorito de esa obra) protagoniza la siguiente escena:

“Sam, dominado por la curiosidad, salió del escondite y se unió a los guardias. Subió gateando un trecho y se ocultó en la fronda espesa de un laurel. Por un momento alcanzó a ver unos hombres endrinos vestidos de rojo que corrían cuesta abajo a cierta distancia, perseguidos por guerreros de ropaje verde que saltaban tras ellos y los abatían en plena huida. Una espesa lluvia de flechas surcaba el aire. De pronto, un hombre se precipitó justo por encima del borde de la loma que les servía de reparo, y se hundió a través del frágil ramaje de los arbustos, casi sobre ellos. Cayó de bruces en el helechal, a pocos pies de distancia; unos penachos verdes le sobresalían del cuello por debajo de la gola de oro. Tenía la túnica escarlata hecha jirones, la loriga de bronce rajada y deformada, las trenzas negras recamadas de oro empapadas de sangre. La mano morena aprisionaba aún la empuñadura de una espada rota.

Era la primera vez que Sam veía una batalla de hombres contra hombres y no le gustó nada. Se alegró de no verle la cara al muerto. Se preguntó cómo se llamaría el hombre y de dónde vendría; y si sería realmente malo de corazón, o qué amenazas lo habrían arrastrado a esta larga marcha tan lejos de su tierra, y si no hubiera preferido en verdad quedarse allí en paz…”

Peter Jackson incluyó esta escena en su versión cinematográfica de la obra de Tolkien, pero ese pensamiento de Sam lo puso en boca de Faramir.

Me he acordado de ese pasaje leyendo algunas reacciones en las redes sociales a la muerte de generales rusos muertos en la invasión de Ucrania. Reacciones de alegría, e incluso algún insulto a los fallecidos. Me parecen abominables los crímenes de guerra que está cometiendo Rusia en Ucrania, y a pesar de ello no me veréis celebrar la muerte de ningún soldado ruso. Algunos de esos generales tenían más o menos mi edad. Tal vez tengan esposa e hijos. Las vidas de sus familias han quedado destrozadas para siempre por los delirios de grandeza de un tirano.

Lo mismo puedo decir de las imágenes de muchos soldados rusos capturados por los ucranianos. Muchos de ellos son simples críos. Chavales de 19 años que podrían estar saliendo un fin de semana a bailar con sus novias, pero que han sido enviados a invadir otro país por la ambición de un tipo de casi 70 años. Entiendo que los ucranianos que están luchando por defender a su país reaccionen con alegría cuando vencen a los invasores en un combate, pero no entiendo que gente que está contemplando esta carnicería desde sus casas, a miles de kilómetros, vea la muerte de seres humanos como algo de lo que alegrarse. Esto es la vida real. No es una película o un videojuego.

La guerra es una de las cosas más horribles que le puede pasar a un país. Tolkien lo sabía, y por eso puso esos pensamientos en la mente de Sam, un hobbit que era, ante todo, la personificación de la bondad. No sé cuánto durará esta guerra, si acabará pronto o vendrá otra peor, pero me gustaría animar a quienes me leéis a intentar que esta tragedia humana no acabe envenenándonos de odio a todos. Es horrible que una guerra siegue vidas, pero la lógica amargura que eso provoca será aún peor si además dejamos que la guerra corrompa nuestras almas.

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Comentarios:

  1. FaramirGL

    Amén.

  2. El Peregrino Gris

    Muy bien dicho.

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