Por Álvaro J. Díaz-Mella
Hay una frase que muchos gallegos habrán escuchado alguna vez: «Se murió Pepe Cuiña y en Galicia se dejaron de hacer carreteras». Como ocurre con tantas expresiones populares, probablemente exagera, pero no nace de la nada. Refleja una percepción muy extendida: durante décadas Galicia impulsó una gran red de carreteras, pero todavía arrastra importantes proyectos sin terminar.
Durante una temporada, mi mujer trabajó en Cee. Cada mañana, saliendo de Vigo a las seis de la madrugada, tenía que recorrer los 136 kilómetros que la separaban de su lugar de trabajo. Al terminar la jornada, debía regresar a casa. Casi cuatro horas diarias al volante solo para ir y volver.
A menudo hablamos de autovías, presupuestos o kilómetros construidos. Pero una carretera no se mide únicamente por el asfalto que acumula, sino por el tiempo que devuelve a las personas: el que un trabajador gana para su familia, el que permite a una ambulancia llegar antes, el que ayuda a una empresa a ser más competitiva o facilita que un estudiante llegue a su centro educativo.
Galicia necesita completar la red iniciada en el siglo pasado para comunicar mejor sus cuatro provincias.
Sería injusto negar los avances. Hoy disponemos de una red de autovías impensable hace cuarenta años. El Eje Atlántico conecta con eficacia La Coruña, Santiago, Pontevedra y Vigo, y las comunicaciones con Madrid y Portugal han mejorado de forma extraordinaria. Sin embargo, las conexiones interiores siguen lejos de ese nivel. Precisamente por eso resulta más difícil comprender que algunas de las carreteras más importantes sigan pendientes.
La prueba comienza cuando abandonamos las grandes autovías. Es entonces cuando aparecen las diferencias. Orense y Lugo, separadas por apenas 94 kilómetros, requieren todavía hora y media de viaje. Lo mismo ocurre para recorrer poco más de 90 kilómetros entre Lugo y Vivero por carretera secundaria, penalizando el desarrollo de la costa lucense.
Pero unas buenas comunicaciones no dependen solo de las carreteras. También necesitan un transporte público capaz de competir con el vehículo privado. Un trayecto de 18 kilómetros entre Vigo y Playa América puede llevar casi una hora en autobús. La semana pasada, mi hermana necesitó cincuenta minutos y dos autobuses para recorrer solo 7,2 kilómetros hasta el Hospital Álvaro Cunqueiro. Un desplazamiento tan corto dejó de ser únicamente un problema de transporte. Afectó también al acceso a la sanidad y a su calidad de vida.
El transporte público solo mejorará cuando permita llegar antes, con menos transbordos y horarios adaptados a la realidad cotidiana. Las infraestructuras y los servicios de transporte deben diseñarse pensando en los desplazamientos reales de las personas, no en límites administrativos. El bloqueo crónico del transporte metropolitano en el sur de Galicia es el mejor ejemplo de cómo el localismo político perjudica al usuario.
El Eje Atlántico es uno de los mayores aciertos de las últimas décadas, pero queda mucho por hacer. Proyectos como la A-56 o la A-76 avanzan a ritmo mínimo, y buena parte de las carreteras que recorren el rural ofrecen prestaciones impropias del siglo XXI.
La responsabilidad está repartida. El Estado gestiona las principales autovías, la Xunta las autonómicas y las diputaciones la extensa red provincial que usan a diario los vecinos del interior. Los gobiernos del pasado impulsaron buena parte de lo que hoy utilizamos y también dejaron obras pendientes. Las responsabilidades históricas no sustituyen a las presentes. Quien hoy dirige el Ministerio de Transportes debe explicar por qué proyectos como la A-56 o la A-76 siguen sin avanzar. En noviembre de 2025, el propio Ejecutivo reconoció ante el Congreso el escaso avance de las obras en la N-540, veinte meses después de su inicio. En definitiva, conviene evaluar a cada administración por las obras que empieza, termina o deja pendientes.
Hoy resulta más fácil obtener titulares con un gran festival que terminando una carretera. Un concierto genera impacto inmediato; una carretera requiere años, pero devuelve tiempo, seguridad y oportunidades durante décadas.
Gobernar consiste en tomar decisiones cuyos beneficios disfrutarán las siguientes generaciones. Galicia dispone de la capacidad técnica y la experiencia para culminar las grandes conexiones pendientes. El reto no es volver a empezar, sino terminar lo que quedó a medio camino para que el lugar donde nace o vive un gallego no determine sus oportunidades ni el tiempo que pierde cada día.
Porque, al final, la mejor carretera no es la que suma más kilómetros, sino la que devuelve más tiempo a la vida de las personas.
Álvaro J. Díaz-Mella
Vigo, 2026
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Álvaro J. Díaz-Mella es un vigués felizmente prejubilado que ya peina canas y tiene demasiadas opiniones sobre lo que ve de nuestra sociedad imperfecta.
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Foto: Elentir.
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Comentarios:
isanchezgil
Pues con Puente como ministro de las carreteras, no solo los gallegos, sino todos los españoles lo tienen difícil. En Galicia manda el PP desde hace un montón de tiempo. ¿Ha servido para algo?
23:42 | 3/07/26
Flanker
Lástima que VOX no tenga implantación en Galicia y quite las mayorías absolutas peperas, porque se está viendo que las alianzas PP-VOX van a ser muy positivas en las Comunidades Autónomas donde han cuajado.
Ésa es la única alternativa posible al socialcomunismo.
9:09 | 4/07/26
Alvaro Diaz-Mella Lopez
Muchas gracias por la publicación, Elentir.💪🏻🇪🇸
22:16 | 4/07/26
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