«El lector y el oyente de siempre han sido sustituidos, al menos en parte, por la administración que paga las facturas»

De Ciudadano Kane a Ciudadano Soros: la mutación del control mediático

EngGal Vie 4·9·2026 · 17:04 1

Por Álvaro J. Díaz-Mella

De cuando los periódicos se compraban en el kiosco a cuando dependen del presupuesto público y han vendido su alma y su voz por 30 monedas.

Galicia, mal conectada
Cuando prometer sale gratis

Este artículo jamás lo verás publicado en La Voz de Galicia ni en Faro de Vigo. Cito ambos periódicos porque me han acompañado durante toda la vida como vigués, aunque el diagnóstico es extrapolable a cualquier otra ciudad española. Precisamente por eso, este texto ve la luz gracias al blog Contando Estrelas, un espacio que desde 2004 demuestra que se puede analizar la actualidad y expresar una opinión con total libertad sin haber percibido jamás un solo euro de subvención pública o privada.

La razón es simple: se ha roto la vieja alianza entre quien informa y quien lee. Durante buena parte del siglo XX, la mañana arrancaba con un gesto cotidiano: dejar el importe del diario sobre el mostrador del kiosco, coger las páginas dobladas y abrirlas poco después sobre la mesa del café, mientras de fondo sonaba la radio del local o se intuía el murmullo del televisor del bar. Aquel dinero mantenía un compromiso sencillo entre ambas partes. Si un medio ocultaba información, contemporizaba con el poder o subestimaba la inteligencia del público, la sanción podía ser inmediata: cambiar de emisora, apagar la televisión o dejar de comprar el periódico. El público mandaba porque pagaba.

Hoy miras alrededor en cualquier cafetería y solo ves pantallas encendidas y auriculares. Con la crisis de 2008 y la fuga de la publicidad privada hacia las grandes plataformas digitales, los periódicos se achicaron y las cuentas se descuadraron. Los políticos oportunistas al mando del dinero público vieron de inmediato la coyuntura: acudieron al rescate mediante subvenciones, convenios y publicidad institucional, convirtiendo la apurada situación financiera de los medios en una oportunidad para extender su red de influencia.

Se ha consumado así una mutación en las formas de control de la información. El siglo XX encumbró al magnate de prensa clásico, con William Randolph Hearst como referente real y Charles Foster Kane como su versión cinematográfica. Su fórmula era tosca, pero fácil de identificar: comprar el periódico para influir en la portada y dictar la agenda. El siglo XXI ha perfeccionado otros métodos. Ya no siempre hace falta poseer formalmente las empresas: también se puede influir financiando proyectos, fundaciones, campañas, convenios o iniciativas editoriales. George Soros aparece con frecuencia como ejemplo de ese modelo, aunque financiar una iniciativa y demostrar que el financiador dicta la línea editorial no son exactamente la misma cosa. Salvando todas las distancias de escala y naturaleza, los gobernantes locales han aprendido una lección parecida.

En Galicia, las ayudas públicas a medios son localizables: se publican en el Diario Oficial de Galicia, en la Base de Datos Nacional de Subvenciones y en los registros de convenios y contratación pública. El problema no es la ausencia de datos, sino su dispersión. Para averiguar cuánto dinero público recibe realmente un grupo de comunicación hay que cruzar ayudas a la edición impresa, partidas para internet, contratos de publicidad institucional de cada consellería y convenios de colaboración, sabiendo además que los importes pueden aparecer repartidos entre sociedades mercantiles con nombres distintos.

Una sola convocatoria autonómica de 2024 permite apreciar la importancia de no quedarse con una búsqueda incompleta. La Voz de Galicia, S.A. recibió 550.545,47 euros por la edición en papel y otros 240.723,07 euros por su actividad informativa en internet, hasta alcanzar 791.268,54 euros. Faro de Vigo, S.A.U. obtuvo 220.993,25 euros por la edición impresa y otros 112.161,72 euros por internet, con un total de 333.154,97 euros. Entre ambas empresas sumaron 1.124.423,51 euros en esa convocatoria. La Xunta, además, presupuestó 1.976.777 euros para este programa tanto en 2025 como en 2026, distribuidos entre prensa impresa, radio y medios digitales. Estas cantidades no demuestran por sí solas que la línea editorial de ninguno de los dos medios esté condicionada, pero sí muestran que no estamos ante una ayuda simbólica o excepcional.

Lo grave no es solo que un político pueda llamar por teléfono para intentar dictar un titular. El verdadero problema es que quizá ni siquiera le haga falta. Cuando una empresa sabe que una parte significativa de su facturación depende de recursos públicos, la presión puede funcionar mediante incentivos: no investigar demasiado, no romper determinadas relaciones, no incomodar a la administración financiadora antes de la próxima convocatoria. El periodista no tiene por qué convertirse automáticamente en un lacayo, porque con frecuencia es el trabajador quien menos capacidad tiene para decidir, pero puede quedar integrado en una estructura que protege al financiador. La servidumbre puede instalarse sin una orden escrita.

Cualquier pretensión de justificar estas partidas bajo el pretexto de apoyar la prensa local, la cultura o la difusión del gallego merece ser examinada con lupa. La defensa de la lengua y del pluralismo puede ser una finalidad legítima, pero pierde credibilidad cuando se utiliza para justificar una dependencia permanente de los caudales públicos y se convierte en coartada para sostener una red de intereses que nadie se atreve a auditar a fondo. El problema aparece cuando el apoyo deja de ser excepcional, se vuelve recurrente y termina funcionando como una paga fija con la que determinados grupos completan su presupuesto. En ese momento, el medio puede dejar de vigilar al poder y comenzar a comportarse como su altavoz.

El lector y el oyente de siempre han sido sustituidos, al menos en parte, por la administración que paga las facturas. Y cuando la comunicación depende más del presupuesto oficial que de sus usuarios, los ciudadanos nos quedamos con menos voces dispuestas a pedir explicaciones por nosotros.

Lo veo en mi hijo de 22 años y en tantos jóvenes como él, para quienes la prensa tradicional, la radio o los telediarios simplemente no existen. No compran periódicos, no sintonizan emisoras ni esperan a las nueve de la noche para saber qué pasa en el mundo. Buscan la información de forma directa e inmediata a través de YouTube, TikTok, X o Instagram. Eso no significa que toda la información que circula en esas plataformas sea mejor, más rigurosa o más independiente. Significa que los medios tradicionales han dejado de ser la puerta de entrada obligatoria a la actualidad.

Las instituciones pueden seguir comprando portadas y espacios con dinero público, pero no pueden comprar automáticamente la atención de quien ya les ha dado la espalda. Mientras el poder se felicita por controlar el relato en unos medios cada vez más frágiles, la realidad se le escapa por las pantallas de los jóvenes. Y esa quizá sea la forma más impecable de justicia poética: cuando una sociedad deja de creer en quienes dicen contarle la verdad, ni siquiera el dinero público basta para recuperar su confianza.

Álvaro J. Díaz-Mella
Vigo, septiembre de 2026

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Fuentes de las cifras:

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Imagen: fotograma de la película "Citizen Kane" (1941).

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Comentarios:

  1. Alvaro Diaz-Mella Lopez

    Muchas gracias por la publicación, Elentir.💪🏻🇪🇸

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