Madrid (2)

He estado este sábado en Madrid, durante 10 horas. Ha sido mi estancia más corta en la capital. Llegué en avión al mediodía -el vuelo original de Spanair fue anulado sin explicaciones y llegué tarde en otro de Iberia- y me fui en el último vuelo, después de atravesar una parte de la terminal que estaba desierta, salvo por la cola de viajeros que nos íbamos a Vigo.

Reconozco que ésta es una ciudad que me provoca sentimientos encontrados. Tengo recuerdos muy bonitos asociados a ella, pero a la vez me produce un tremendo desasosiego. Me confieso un provinciano, un paleto, como cada uno quiera llamarlo, ¿para qué negarlo? Vivo en una ciudad de más de 300.000 habitantes asomada a una preciosa Ría, rodeada de montañas. Salgo a la ventana y veo el mar. Llego en diez minutos a las playas y a los bosques, es a fin de cuentas un marco agradable y acogedor para vivir. Todo queda cerca, y te puedes encontrar rincones solitarios desde los que disfrutar del paisaje. Sin embargo, en Madrid todo es amplísimo, de un tamaño desmesurado, es una ciudad de masas donde la soledad no existe, sólo la individualidad. Este sábado tardé más de una hora en llegar a Barajas, cuando en Vigo tardo diez minutos en llegar al aeropuerto. La Terminal 4 de Barajas (se han pasado varios pueblos con el tamaño) he tardado al menos 20 minutos en atravesarla para llegar a mi puerta de embarque. En Vigo, en uno o dos minutos recorres todo el aeropuerto.

Madrid ofrece un montón de oportunidades a cualquier persona emprendedora, pero no está hecha para mí. Siempre bromeo con mis amigos madrileños diciéndoles que de quién fue la idea de construir una ciudad tan lejos del mar… Bueno, supongo que me cuesta vivir lejos de mi amigo acuático, y no sólo por la falta de humedad y porque cada vez que voy a la capital se me secan las manos, la nariz y los ojos. Aquí, en Vigo, el mar es nuestra referencia en muchos sentidos, no sólo en lo que a orientación respecta. En Madrid no encuentro referencias, es como si la ciudad diese vueltas a mi alrededor.

En fin, de este breve viaje al menos he sacado algunos momentos curiosos. En el vuelo de ida fui charlando con una anciana, madrileña de nacimiento pero viguesa de adopción. Me sorprendió comprobar como alguien de allí mantiene vivas sus raíces, al mismo tiempo que se ha convertido ya en una persona dependiente de este mar que nos atrapa el corazón a los gallegos de la costa. Ya en el camino de vuelta a Barajas, en el Metro, coincidí con un señor de Aragón que se dirigía a Chile -“allí es invierno y me voy a celebrar la Navidad”, me decía con su acento maño- y con una chica canaria que llegaba tarde a su vuelvo a Tenerife y que estaba toda preocupada por si lo perdía (espero que haya llegado a tiempo, iba muy justa). Entre el señor aragonés y yo la fuimos animando y orientando. La línea del Metro de Barajas estaba cortada y el apuro nos hizo coincidir y empezar a charlar. Fue curioso. Madrid es un mar de individuos que vienen y van, sin hablarse. Un apuro te hace romper esa barrera de silencio, y ahí estuvimos tres provincianos desorientados en la capital, buscando desesperadamente cómo salir de allí y entablando una momentánea amistad fruto de la casualidad, casi con la total seguridad de que jamás nos volveremos a encontrar… En fin, ay, Madrid, Madrid…

P.D.: es de justicia decir que la foto de Madrid no es mía.

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