El Faro de Silleiro

Galicia tiene un pacto con el Océano: él nos envía nubes de lluvia para que nuestra tierra nunca deje de ser verde y, a cambio, nosotros renunciamos a ver de día el Sol y de noche las estrellas. Es un cambio justo pero duro de llevar. La semana pasada tuvimos por aquí de visita a un señor temporal, que venía a traernos de una vez los atrasos de agua que nos debía el señor de los mares.

Cuando esto ocurre, vivir aquí significa no ver la luz del día, salvo que por tal cosa se entienda un cielo gris plomizo que le quita el color a todas las cosas. No amanece, sino que la noche se vuelve algo más clara durante unas horas. La falta de Sol y la monotonía de la lluvia se acumulan en el alma en forma de congoja. Supongo que es por eso que los gallegos tenemos cierta fama de melancolía.

Este sábado, sin embargo, la mañana nos regaló un espléndido azul. La Ría recuperó su color y la noche se vistió otra vez su traje de luces. Aprovechando la ocasión, ayer decidí irme a Cabo Silleiro, donde la vieja batería de costa sigue retando al mar con sus potentes cañones Vickers, cegados para siempre, y los dedos del faro acarician una y otra vez las olas y las faldas de la Grova.

La Luna, casi llena, iluminaba la espuma entre los escollos, donde las olas hacían resonar su estruendo. Quien no lo haya escuchado es porque no ha oído de verdad la voz del Océano. Es como un terremoto que se avecina sobre la costa una y otra vez, sin llegar a hacer que tiemble la tierra. Recuerdo dormir hace años, en verano, junto a aquel brutal sonido. Acabas por echarlo de menos, pues el griterío del agua termina sonando como una nana sin palabras, que te inunda el alma como el canto de una sirena, un canto que a la vez te agarra y te asusta, y no te deja ir. Es ahí donde nace la morriña.

El cielo, tan oscuro y remotamente azul como la profundidad del piélago, estaba plagado de estrellas. El Cinturón de Orión, como tres niñas que juegan a la comba, se distinguía sobre lo alto de la cima. Los frutos de Varda parecían acompañar con su brillo distante al solitario faro, adornado de luces como una verbena pero silencioso y vacío como el entierro de alguien a quien el mundo ha olvidado.

Todo lo que se ve allí es la figuración de la permanencia. Las montañas miran al mar con vocación de eternidad. Éste se esnafra contra ellas con infinita insistencia desde mucho antes de que nosotros pobláramos estas costas para verlo, y lo seguirá haciendo una vez nos hayamos ido. El faro pasea sus haces una y otra vez sobre la sempiterna pelea, como un Sísifo obligado a arrojar grandes piedras de luz. Y sobre todos ellos, el legado de lejanos astros, que hace un viaje astronómico sólo para ver este lugar.

A su lado, yo soy una mota de polvo, un minúsculo grano arrastrado por el viento y que no durará tantas mareas como verá el faro. Mis problemas y los de todos allí no significan nada. A las montañas no les importan. El mar está muy ocupado moviendo sus aguas. Las estrellas están demasiado lejos. Y el faro, simplemente, mira. ¿Qué mejor sitio que ése para olvidarse de todo por un momento?

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Comentarios (Blog):

  1. Bueno, increíble coincidencia. Ayer también estuve en Cabo Silleiro y el fin de semana que viene estaré allí: viernes, sábado y domingo.
    Eres un poeta

  2. Javier

    ¡Caray Elentir! ¡Qué tío!

    Un abrazo yzETA zETA al carajo. (Esto lo digo para escapar ligeramente de la belleza que encierra tu prosa poética).

  3. Pues que bello relato en prosa.
    ¡Enhorabuena!, Elentir, que bonito ha sido leerlo.
    El cielo, tan oscuro y remotamente azul como la profundidad del piélago, estaba plagado de estrellas. El Cinturón de Orión, como tres niñas que juegan a la comba, se distinguía sobre lo alto de la cima… El mar está muy ocupado moviendo sus aguas. Las estrellas están demasiado lejos. Y el faro, simplemente, mira..
    Mago y también poeta, Elentir.
    🙂
    Un gran abrazo, Martha

  4. ¡Vente pa Murcia, tío! Que te vas a cansar de luz, color y falta de verdor. ¡Toma rima ortopédica! Eso sí, el Mediterráneo es una bañerita refrescante de la que no saldrías en todo el verano, de aguas transparentes en el litoral de mi pueblo, para más señas en la bahía de Mazarrón. Ahora mismo estoy viendo el mar desde mi ventana y ya, en enero, dan ganas de tirarse en plancha. Espera, que voy a mirar la temperatura. Estoy de vuelta: 18 grados a la sombra. Hoy es posible que superemos los 20 o 21 hacia las 4 de la tarde.

  5. En Andazulía tenemos estrellas y estrellaos xD

  6. Montse, yo pensaba que la carretera que sube a los túneles de los cañones ya no se usaba (está echa una pena), pero anoche había un tráfico tremendo por allí. Por lo menos vi media docena de coches y tres motos. ¡Y yo que pensaba que ése era un lugar solitario…! 🙂

    Policronio, soy de la idea de que el mar de verdad es el que puedo ver yo por mi ventana, lo que tenéis en el Mediterráneo es demasiado tranquilo para competir con el Océano. De todas formas, muchas gracias por la invitación. 😉

  7. Antonio

    Si sigue abierto el boquete recomiendo a cualquiera que entre a visitar, con amigos e incluso con la familia, las galerías que llevan a los cañones de cabo Silleiro.
    Es una buena excursión. Llevad linternas.

  8. Yo fui con mis amigos en un par de ocasiones, las galerías subterráneas son una pasada. 😀 Eso sí, la última vez que fuimos, hace ya años, el boquete estaba algo más cerrado, no sé cómo estará ahora. Los edificios están cada vez más destrozados y hace ya mucho tiempo que no me meto en el recinto militar.

  9. Ya sabes Elentir, que las dos últimas veces que he estado en tu tierra, el sol más espléndido me honró todos los días. Y eso también es una gozada 😉

    Precioso relato, desde luego. Y, por cierto, la próxima vez que vaya tengo que ver esas galerías, pues a cabo Silleiro no hace mucho que me acerqué. Te preguntaré para acercarnos.

  10. Bueno, pero eso no vale: estoy convencido de que te viniste con el Sol de Granada metido en el equipaje. 🙂

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