El Molino de la Pontella, en Baíña

El sábado al anochecer, y tras visitar la Presa de Baíña -de la que os hablé ayer-, estuve en el molino de agua de la Pontella, que igual que el citado embalse se sitúa en el curso del Río Baíña.

He encontrado muy poca información sobre este molino, pero sí que os puedo hacer un apunte: la zona de Bayona ha estado poblada y en ella se han plantado molinos desde hace al menos 4.000 años, según diversas excavaciones arqueológicas que hay en el lugar. Por lo que respecta al molino de la Pontella, su aspecto parece más moderno que la Casa-Molino de Maquías, en Zamanes, de la que os hablé aquí el pasado día 11. El acceso está cerrado por una reja que se ha convertido en la vivienda de una colonia de arañas. El interior, como podéis ver, ha sido restaurado. El molino está situado en medio de un bosque muy húmedo, aunque hoy en día muy invadido por los eucaliptos. Del molino sale un sendero que parece poco transitado y que corre río arriba en dirección a la presa de Baíña, pero poco más puedo deciros ya que lo avanzado de la hora hacía poco aconsejable recorrerlo más allá de donde hice estas fotos. Además, como me ha pasado otras veces, se me olvidó el cayado y lo eché mucho de menos a la hora de apartar la maleza que dificultaba el paso en algunos tramos del estrecho sendero.

El bosque que rodea el molino dispone de carteles indicadores, un pequeño puente de madera para cruzar el río y unas escaleras también de madera para descender hasta la orilla de la corriente fluvial. Debido a la sequía, y también a causa de la presa -que retiene buena parte del agua que antaño alimentaba al molino-, el río Baíña estaba muy estancado en ese tramo, formando pozas aisladas y oscuras y dejando muda una foresta en la que el agua debe formar su particular sinfonía en los días que baja desde la presa. He de confesaros que me encantan este tipo de bosques, sobre todo a esas horas del atardecer, cuando la luz se cuela como puede entre las hojas. Caminando por ellos se comprenden mucho mejor las numerosas leyendas que se forjaron cientos de años atrás en toda Galicia sobre seres de naturaleza fantástica que recorrían las arboledas para fortuna o -más generalmente- desdicha de los caminantes solitarios. Y es que en un sitio así, a medida que anochece, lejos de la luz artificial de la civilización, la imaginación ha de jugar malas pasadas… Suponiendo que sea cosa de la imaginación, claro.

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